🇪🇸 Anna Netrebko en Barcelona


Anna Netrebko
debutó en el Liceu en una versión en concierto de Iolanta de Chaikovski, con la compañía del Mariinski bajo la batuta de Valery Gergiev. Y fue impresionante. También dio un concierto en el Palau de la Música, muy bueno, acompañada por su marido Yusif Eyvazov y, aunque el concierto fue anunciado como de ambos (sin programa concreto y sin director), agregó al excelente barítono inglés Christopher Maltman y a su joven compatriota, el director Denis Vlasenko.

Yusif Eyvazov, Anna Netrebko y Christopher Maltman en Barcelona

Netrebko se lució en las arias de Don Carlo, La Wally y Gianni Schicchi y en sus dúos de Otello y Andrea Chenier (con Eyvazov), y de Macbeth y La viuda alegre (con Maltman). Los tres cerraron la primera parte, dedicada a Verdi, con el trío que concluye el primer acto de Il trovatore. En este último y en el dúo del final del tercer acto de Macbeth, la labor de Netrebko fue de altísimo nivel. Su Leonora fue extraordinaria. También la gran aria de la reina Elisabetta, ‘Tu che le vanità’, le resultó adecuada, pero se percibe también que todavía no ha cantado el papel (lo hará pronto). Nunca ha sido en escena Desdemona o Lauretta, y tampoco es verosímil que lo haga en el futuro. Pese a sus bellas notas en piano (incluida una sostenida hasta el hartazgo en el último ‘pietà’ de Schicchi que hizo bramar al respetable) la voz es ahora demasiado oscura y pesada para ambos papeles. 

La Wally (’Ebben ne andrò lontana’) fue sensacional como ejecución, pero el personaje debe madurar mucho más que el de Don Carlo. El dúo final de Chénier resultó espectacular, pero su personificación de Hanna Glawari tuvo más de señora simpática que de diva de la opereta vienesa. Tampoco Maltman convenció en su Conde Danilo. El barítono decidió sumarse al canto exuberante que lo rodeaba, aunque con voz bella, oscura y poderosa conquistó al público con ‘Pietà, rispetto, onore’ y ‘Nemico della patria’, además de las páginas ya mencionadas, así como el gran dúo del cuarto acto de La forza del destino con el tenor. 

Eyvazov fue el de menos volumen y de escasa calidad tímbrica. Cantó el recitativo de su aria de Luisa Miller con final desafinado, medias voces blanquecinas y un fraseo siempre monótono y fastidioso que resultó aún más molesto en su “Adiós a la madre” de Cavalleria rusticana. Y ni qué decir del “Adiós a la vida” de Tosca: he oído en vivo protagonistas de Alvaro mucho peores que el suyo (con semejante papel no es difícil que ocurra), pero la inexpresividad de Eyvazov fue insufrible (conste que hablo en primera persona, porque no estoy expresando el parecer de la mayoría). 

Vlasenko, sin orden cronológico ni congruencia estilística, dirigió la obertura de Nabucco entre las piezas de Otello y Don Carlo, así como el preludio de Macbeth entre el aria del cuarto acto y el dúo del tercero, y el intermezzo de Cavalleria entre el “Adiós a la madre” y el dúo de Lehár, y no se distinguió particularmente. La orquesta sonó casi siempre fuerte, salvo en el Intermezzo, que parecía un momento inerte: los alientos y metales sonaron bien, pero las cuerdas de vez en cuando pusieron una cuota de suspenso. 

Casi olvidaba el único bis concedido: ‘O sole mio’ de De Capua, cantado por los tres artistas.