Rodelinda en Nueva York

Rodelinda en Nueva York
Brandon Chosed (Flavio), Adam Plachetka (Garibaldo) y Elza van den Heever (Rodelinda) en el Met © Ken Howard

Marzo 11, 2022. Fuera de toda discusión, merece ser celebrado el regreso de la ópera de Georg Friedrich Händel Rodelinda, regina de’ Longobardi, al escenario del Met, título con el cual la compañía neoyorquina intenta congraciarse, volviendo a la carga sobre el barroco, un repertorio que nunca ha logrado imponerse en esta casa. 

El principal sostén del éxito de esta reposición fue la experimentada dirección musical de Harry Bicket, quien en total sintonía con la partitura handeliana ofreció una lectura precisa, matizada, detallista y de extremo rigor estilístico. Asimismo, de la labor del reputado director inglés debe subrayarse su particular atención por coordinar y obtener el mejor rendimiento tanto de los músicos de la orquesta como de cada uno los cantantes.

Como la protagonista, Elza van den Heever le puso mucho empeño y logró ir de menos a más en un repertorio que no es el suyo y donde no pareció sentirse para nada cómoda. De voz opulenta, expresiva en el decir y bien proyectada, la soprano sudafricana impuso un canto vibrante que, cincelado con excelentes recursos expresivos, retrató con eficacia los cambios psicológicos de la protagonista: su lucha interna entre el poder y los sentimientos; así como entre el amor conyugal y el miedo a perder a su hijo. 

Iestyn Davies (Bertarido) y Anthony Roth Costanzo (Unulfo) © Ken Howard

Por su carácter y convicción, su lamento ‘Ombre, piante, urne funeste’, donde Rodelinda exige a Grimoaldo que mate a su hijo Flavio si se quiere casar con ella, resultó uno de los momentos de mayor impacto emotivo de la noche y uno de los más celebrados por un público, muy predispuesto al aplauso. Convenció menos en las agilidades, en la zona aguda —muchas veces estridente y metálica— y en la adecuación estilística de su canto, donde mostro arranques más propios del verismo que del barroco. A cargo del personaje de Eduige, brilló con luz propia la mezzosoprano americana Sasha Cooke, quien delineó con una voz de bello color, una técnica irreprochable y una línea de canto impecable, una elegante y aguerrida hermana del rey. 

En lo que respecta a las voces masculinas, la gran figura de la noche fue el contratenor inglés Iestyn Davies, quien compuso un carismático y convincente Bertarido, de apabullantes recursos vocales y expresivos, una voz de enorme sonoridad, flexibilidad y que condujo con suprema elegancia, cuidadoso estilo y precisas ornamentaciones. Aclamadísimo, su ‘Vivi tiranno…’ fue conmovedor por intención, fraseo perfecto y humanidad.

El poco gratificante personaje del leal Unulfo, estuvo muy bien servido por el siempre eficiente contratenor americano Anthony Roth Costanzo, quien sacó buen partido de sus arias y concibió un muy bien plantado y desafiante noble lombardo. Una excelente elección resultó Paul Appleby como el usurpador vacilante y luego arrepentido Grimoaldo. Personaje que, escrito fundamentalmente en la zona central, fue campo propicio para que el tenor pudiese hacer gala de su voz de riquísimo lirismo y de un seductor canto legato de delicada y noble hechura. No se quedó atrás el bajo-barítono checo Adam Plachetka, quien con una voz amplia y homogénea —que condujo con destreza tanto en su caudal como en su expresión—, concibió un cínico y calculador conspirador Garibaldo de gran autoridad. 

A cargo de la vertiente visual, Stephen Wadsworth aprovechó el gigantesco escenario del Met para presentar una monumental y lujosa puesta en escena con decorados hiperrealistas que se desplazaron lateral y verticalmente, ofreciendo nuevos y diferentes marcos escenográficos para el desarrollo de la acción. La cuidada dirección de los cantantes denotó mucho gusto, sentido teatral y minucioso estudio previo. El lujoso vestuario firmado por Martin Pakledinaz agregó suntuosidad y glamour por doquier a un espectáculo que se vendió como pan caliente.