?? Rusalka en Madrid

Escena de Rusalka en el Teatro Real de Madrid © Monika Rittershaus

Noviembre 25, 2020. En los más de 22 años transcurridos desde la reapertura del Teatro Real, la ópera checa ha sido uno de los caballos ganadores. Varias óperas de Leoš Janáček vivieron su estreno en Madrid en este corto periodo de su historia, y la inclusión de Rusalka en esta temporada ha sido parte de este retornar al repertorio centroeuropeo, apostando al caballo favorito.

Esta ópera de Antonín Dvořák se ha convertido en una de las preferidas del público; se trata sin duda la más conocida del compositor nacido en Bohemia en 1841 (entonces parte del Imperio Austro-Húngaro) y es la obra de madurez de un maestro. 

Las sirenas, criaturas de poderosa atracción erótica, fueron comunes en la literatura romántica centroeuropea, y Dvořák sucumbió a su llamada. Desde luego, es una ópera que un aficionado debería apreciar por completo, pues su valor va mucho más allá de la célebre “Canción de la luna”. Y para aumentar la expectación entre el público madrileño, si es que cabe —ya que vivimos con la espada del coronavirus sobre nuestra vida diaria—, la nueva producción del Teatro Real, en coproducción con la Semperoper de Dresde, el Teatro Comunale de Bolonia, el Gran Teatre del Liceu de Barcelona y el Palau de les Arts de Valencia, lleva la firma de Christof Loy, cuya propuesta escénica de Capriccio, aplaudida en este teatro el año pasado, dejó un grato sabor de boca. 

En esta ocasión, el fino trabajo de Loy despista a la mayoría del público al prescindir en la escenografía (Johannes Leiacker) de bosques, lago y palacio, y al utilizar un vestuario (Ursula Renzenbrink) propio de una compañía teatral. El espacio es pues un grisáceo vestíbulo de un teatro donde hay una taquilla, una cama, un vano en forma de arco al fondo, una roca en mitad de esta arquitectura y, sobre todo, una frialdad que entumece todo. La iluminación blanquecina (Bernd Purkraber), casi sin matices, subraya esa frialdad. Todo se mueve como reloj suizo. Bailarinas, personajes chaplinescos y de la commedia dell’arte evolucionan con precisión y en el segundo acto, en el palacio, se representa maravillosamente una orgía coreográfica como metáfora de la vida en la corte. Quizá este es el momento, junto con el final de la ópera, visualmente más lírico. Se escurrió como agua entre los dedos la posibilidad de un mayor impacto emocional. Me pareció demasiado envoltorio para el regalo. 

La “Canción de la luna”, interpretada impecablemente desde la cama, pasó sin encender el corazón del público (yo no sentí grandes emociones, aunque puede que el problema fuera solo mío). Esta noche, Rusalka fue interpretada por la soprano lituana Asmik Grigorian, una extraordinaria cantante y portentosa actriz con una voz lírica homogénea, bien timbrada y muy bien emitida. El tenor Eric Cutler, como el Príncipe, también brilló en lo vocal y escénico a pesar de llevar muletas por el accidente e intervención quirúrgica que padeció pocos días antes del estreno. Su interpretación, más acentuada en la pasión y efusividad, esconde un poco el lado lírico del personaje. Fue curioso ver sobre el escenario a Rusalka en muletas, por ser en esta propuesta una bailarina lisiada, y al Príncipe también en muletas, por prescripción médica. 

La veterana Karita Mattila fue una Princesa extranjera de fuerte presencia escénica y caudal de voz un tanto mate pero contundente; y la mezzosoprano Katarina Dalayman, también veterana, fue una contundente y voluntariosa Ježibaba. El bajo Maxim Kuzmin-Karavaev fue un sonoro y oscuro Vodník. Las tres ninfas (Julietta Aleksanyan, Rachel Kelly, Alyona Abramova) empastaron impecablemente. Cercano y convincente, el barítono Sebastià Peris (El cazador). Con el resto de cantantes, intérpretes de personajes secundarios, se completó un espléndido reparto que habría podido haber alcanzado mayores cotas artísticas si la puesta en escena hubiese dado un poco más de calor y/o color. 

La Sinfónica de Madrid, bajo la cuidada dirección de Ivor Bolton, ofreció la expresividad que sobre el escenario hizo falta. El coro titular del teatro, preparado por Andrés Máspero, con la entrega y el buen hacer a los que nos tienen acostumbrados. Ojalá y Rusalka no tarde nueve décadas en volver a visitar Madrid.

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