🇺🇸 Salome en Atlanta

Jennifer Holloway (Salome) y Nathan Berg (Jochanaan)

Febrero 2, 2020. La Ópera de Atlanta presentó una ópera-noir, con muchas libertades, en la versión de Oscar Wilde. Se dice que Herodes el Grande, rey de la provincia romana de Judea, dividió su comarca en tres partes para dividirla entre sus hijos Herodes Arquelao, Herodes Antipas y Felipe. Este último se casó con su prima hermana Herodías y tuvieron una hija, pero la madre abandonó a su esposo para irse con su cuñado Herodes Antipas. Aparece Jochanaan, el Bautista, quien acusa a Herodías de incesto porque Jochanaan le había dicho a Herodes que no estaba dentro de la ley el que tuviera como consorte a la esposa de su hermano. Herodías, enfurecida, convence a su esposo de que encarcele al Bautista. Es ella quien convence a su hija Salomé de que baile para el rey y condene a muerte al Bautista.

Vimos una producción un tanto extraña donde la acción se desarrolla en lo que parece ser otra galaxia y donde los reyes están protegidos por guardias con metralletas que parecen terroristas. Aparece una enorme luna que bordea una cisterna donde está encadenado el Bautista. Hay que usar un poco la imaginación para tratar de entender lo que se está insinuando, pues es demasiado fantasioso. Al principio todo parece absurdo, pero al transcurrir la trama el interés del espectador aumenta y se va adentrando en ese morbo. 

Tomer Zvulun —director de la Ópera de Atlanta que ha hecho una gran labor transformando esta compañía regional en una institución más sofisticada— se atrevió a mostrar la morbosidad y depravación de los personajes en esta ópera macabra con una Salome de un aspecto angelical, vestida en diáfanas gasas color celeste y acompañada por otras bailarinas semejantes a ella, también con blonda cabellera y vaporosa indumentaria, como clones. La danza de los siete velos resultó aburrida. 

Muy acertado, el uso de una escenografía cóncava de Erhard Rom, donde se adquiere una perfecta acústica que proyecta las voces directamente al público sin que se pierda ningún matiz. También, muy bien usada la iluminación en forma sencilla y directa, por parte de Robert Wierzel, que permite el desplazamiento visual, cómodo a los ojos. La orquesta, bajo la dirección de Arthur Fagen, ofrece un excelente intercambio de los instrumentos, donde a veces discuten entre sí y se alejan de la línea vocal, como si estuvieran peleando con los cantantes. Captó muy bien lo diabólico de la trama.

Muy bien seleccionado estuvo el elenco encabezado por la soprano dramático Jennifer Holloway, quien se ha adueñado de este papel. Es una joven sin prejuicios, ninfómana, cruel y manipuladora, que no desperdicia oportunidad para lograr sus caprichos. El bajo Nathan Berg interpretó a Jochanaan, dueño de una gran técnica, pero algo insípido, junto a los otros personajes tan espeluznantes. Fue interesante ver cómo le agregaron eco a su voz cuando se encuentra dentro de la cisterna. La mezzosoprano Jennifer Larmore cantó el rol casi secundario de Herodías con experiencia y aplomo. Su vestuario fue poco convencional. El tenor Adam Diegel, en el papel de Narraboth, quien se suicida al no poder enamorar a Salome, tiene buena voz. El supuestamente “cruel” Herodes Antipas, encarnado por el tenor Frank van Aken, es dueño de una voz demasiado melodiosa que no convenció como ser diabólico.

Fue un gran acierto la presentación de esta ópera tan absurda y bien interpretada. Algo distinto a las puestas en escena tradicionales, pero que no cae en el mal gusto con un tema tan tétrico. La Ópera de Atlanta la presentó en un solo acto, sin intermedio.