Abril 4, 2026. En el Teatro Regio de Turín se representó por primera vez una de las óperas más significativas del teatro musical del siglo XX: Dialogues des carmélites (Diálogos de carmelitas) de Francis Poulenc(1899-1963). La obra maestra de Poulenc se inspiró en un evento histórico: la ejecución, el 17 de julio 1794 en París, durante la última y más feroz fase del régimen del terror, de dieciséis monjas carmelitas que se negaron a renunciar a sus votos religiosos, y que luego se hicieron conocidas como las mártires de Compiègne.
Este trágico evento inspiró en 1931 una novela en lengua alemana y posteriormente en 1947, el guión de una película para la cual los diálogos fueron elaborados por el escritor francés Georges Bernanos. El éxito obtenido llevó al editor Ricordi a encargar a Poulenc la transposición musical precisamente de ese texto, que el compositor utilizó casi en su totalidad, realizando pocas intervenciones personales. Por tanto, la primera representación de la ópera tuvo lugar en Italia el 26 de enero de 1957 en el Teatro alla Scala, en versión rítmica italiana, bajo la dirección de Nino Sanzogno y con la presencia de voces célebres de la época como Virginia Zeani, Gianna Pederzini, Leyla Gencer y Gigliola Frazzoni en los roles principales.
En Turín se presentó con el célebre espectáculo dirigido por Robert Carsen, presentado originalmente en la Nationale Opera & Ballet de Amsterdam en 1997 y que posteriormente ha sido representado en muchos teatros del mundo con las escenografías curadas por Michael Levine, los vestuarios de Falk Bauer,la iluminación del propio Carsen y de Cor van den Brink,las coreografías de Philippe Giraudeau y la dramaturgia de Ian Burton. Para describir este montaje, no se puede prescindir de la genial y clamorosa escena final (‘Salve Regina’), en la que la brutalidad de la decapitación en la guillotina de las carmelitas trasciende a través de una danza hierática y catártica con las protagonistas vestidas de blanco y sol en el escenario, que realizan movimientos escuetos, estilizados y repetitivos, en una dimensión ritual que nos permite llevar la mirada más allá de la oscuridad de la muerte, proyectándonos a una dimensión ultraterrena luminosa y heroica de redención y rescate.
El director de escena la definió justamente como “una danza hacia la luz” y, en vez de resaltar el brutal realismo del momento, Carsen supo captar la esencia, adentrándose en lo más profundo del alma humana. Por lo tanto, sobre el escenario desnudo se desarrolló un espectáculo de rara potencia expresiva (espectáculo dirigido por Christophe Gayral con Carsen, quien de todos modos vino a Turín para seguir personalmente la reposición), que es un espectáculo hecho de nada y de todo, de pura dirección al servicio del teatro musical, sin ornamentos ni artificios, con un uso virtuoso del espacio escénico y notable capacidad en la dirección de los cantantes. La ausencia de elementos escénicos permitió además que la historia se consumara en un espacio vacío, esencial, casi abstracto, pero precisamente esta indefinición permitió al director canadiense hacerlo real y verdadero, precisamente por ser absoluto.
Carsen trabaja con gran maestría a sus personajes, captando su fuerza interior, ética y moral, logrando así comunicar de manera directa y sin filtros. Al director le interesa indagar la relación del hombre con lo trascendente, pero sin poner en escena ningún símbolo de la religión cristiana (como sería natural en la historia narrada por el libreto) y logró emocionar tanto al creyente como al ateo. Con los años, esta producción se ha convertido en un verdadero paradigma, probablemente la mejor para las Carmelitas y quizás también la más lograda del director. También esta vez, al finalizar el espectáculo, los espectadores quedaron profundamente emocionados y conmovidos.
El componente musical se destacó por su excelencia. Yves Abel guió la ejecución musical con una clara impronta del siglo XX, enfatizando ritmos y disonancias más que privilegiar mezclas tímbricas quizá seductoras pero vacías en sí mismas. Su lectura, caracterizada por un paso seguro y una cautivadora tensión narrativa, se mostró clara y lúcida. Es importante señalar que el director de orquesta canadiense posee un profundo conocimiento no solo de esta ópera, sino específicamente de esta producción, ya que dirigió su estreno en 1997.
En una producción como esta, el elenco vocal debe mostrar coordinación, afinidad y gran conjunción. Estos requisitos se cumplieron plenamente en Turín. Todos los intérpretes colaboraron con eficacia hacia un único objetivo; el de suscitar emociones profundas y conmover. Hay que evidenciar particularmente los excelentes desempeños vocales de los cantantes que contribuyeron al notable resultado de esta producción, especialmente a la frágil e inquieta Blache interpretada por Ekaterina Bakanova,la turbada y desgarradora Madame de Croissy de Sylvie Brunet-Grupposo, la carismática Madame Lidoine de Sally Matthews (si bien esta última intérprete presentó algunos sonidos un poco forzados en los agudos), la autoritaria Mère Marie de Antoinette Dennefeld y a la sincera y delicada Sor Constance de Francesca Pia Vitale.
Del reparto masculino hay que señalar la prueba de Jean-François Lapoint (Marquis de la Force), Valentin Thill (Chevalier de la Force) y Krystian Adam (el Capellán), quienes ofrecieron interpretaciones extremadamente creíbles y participativas. Finalmente, un aplauso merecido y bien ganado va para la nueva y muy preparada directora del Coro del Teatro Regio, Gea Garatti Ansini.El notable éxito de la producción fue decretado al final del espectáculo por un público visiblemente conmovido.


