Pro Ópera

Die Schweigsame Frau en Berlín

Mayo 21, 2026. “¿Cree usted que alguna vez, en cualquiera de mis actos, me guía la idea de ser ‘alemán’? ¿Acaso supone que Mozart era conscientemente ‘ario’ cuando componía? Solo reconozco dos tipos de personas: las que tienen talento y las que no lo tienen.” Eso escribió Richard Strauss a su libretista Stefan Zweig el 17 de junio de 1935.

La carta fue interceptada por la Gestapo (la policía secreta de la Alemania nazi) y las consecuencias para el compositor fueron serias, pero su fama lo salvó de muchas y más serias. No tardó mucho para que las autoridades hicieran notar a Strauss su desacuerdo. En Julio de 1935 un emisario de Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda, llegó a la casa de Strauss en Garmisch Partenkirchen (una hora en auto al sur de Múnich) y le exigió la renuncia a su puesto de presidente de la Reichsmusikkammer. 

Strauss se sentía muy expuesto en un ambiente tan antisemita. Su hijo se había casado con una mujer judía, su primer libretista (Hugo von Hofmannstahl) era medio judío, la casa editorial que publicaba sus partituras era judía y eso creó una atmósfera tan extrema que Strauss y su familia se mudaron a Vienna en 1942 bajo la protección del Gauletier (gobernador del Reich) en esa ciudad, Baldur von Schirach (quien había sido líder de las Juventudes Hitlerianas).

Die Schweigsame Frau (La mujer silenciosa) es una obra muy curiosa y llena de significados. La obra original de Ben Jonson (1572-1637), sobre la cual se basó Zweig para crearla, se llamaba Epicœne, or The Silent Woman (publicada en 1609), pero en lugar de ser una mujer, era un joven disfrazado. Teatralmente es una idea ingeniosa, pero los cambios de Zweig son acertados y mucho más adaptables a una ópera. Con Zweig todos los personajes son simpáticos, todos tienen algo que los redime, no hay maldad. Habrá enredos y complots, pero al fin tienen un resultado feliz. Es la menos neurótica de las obras de Strauss, y eso se debe a la pluma de Zweig. 

Hay algo también muy importante, que no se debe dejar de lado: el “elefante en la habitación”, por decir, y es la conexión entre Strauss y el judío Zweig en un momento en que Alemania estaba bajo el gobierno del partido nazi. Pero Strauss aprovechó su fama y triunfó al insistir en que el nombre de Zweig apareciera como libretista. Adolf Hitler mismo autorizó el estreno en la Semper Oper de Dresde, aunque luego de tres funciones, a fines de junio de 1935, la obra no fue vista más en Alemania. 

De hecho, es una de las óperas menos vistas de este gran compositor y, sin duda, pertenece al periodo maduro de Strauss, después de la muerte de Hofmannstahl (en 1929). La fácil inspiración de sus obras previas, que Strauss una vez describió —“como una vaca dando leche”— era ahora un sonido menos inmediato, los bronces más gruesos, la orquestación más densa. Pauline de Ahna, la temible esposa de Strauss, lo describía como “reescritura de notas”. 

Strauss fue siempre un hombre de teatro, sabía cómo manejar las situaciones dramáticas y si en ciertos casos y para ciertos espectadores la acción decae, siempre tiene una escena final memorable. Capriccio y Arabella, para mencionar dos muy exitosas, y así también La mujer silenciosa. 

“¡Qué hermosa es la música, pero más hermosa es cuando termina!”, exclama Sir Morosus al comienzo de la escena final de que culmina con “¡Cállate!”, una escena deliciosa, inocente, de buen humor y por sobre todo humana en un ambiente de brutalidad circundante. Aparte del personaje central, Aminta (la mujer silenciosa) es cantada por una soprano de coloratura, y por una vez la tesitura asignada al tenor (Henry) no es estratosférica y cruel. 

Aparte de Sir Morosus, el personaje central, el resto trabaja como un equipo bien sincronizado, arreglando y dehaciendo enredos. Jan Philipp Gloger es un director bien conocido en Berlín y sus producciones son entretenidas. La puesta en escena de Gloger es moderna, por lo que los personajes aparecen más desfachatados y con menos escrúpulos, dejando que la acción siga su curso con el libreto y así se ve la transformación de Aminta (en este caso “Timidia”), que va desde activa participante en el engaño a estar más preocupada por las consecuencias de lo que le está haciendo a Sir Morosus. Pero no habrá problemas: eso lo sabemos de antemano gracias al estupendo libreto de Zweig. 

Una obra de este tipo requiere personajes de peso (no necesariamente gordos), y los hubo. Desde el impecable y siempre excelente bajo inglés Peter Rose, que destacó un fraseo impecable, una caracterización llena de exquisitos detalles, ora irascible, ora amable y por fin en paz consigo mismo y con el mundo que lo rodea. (Si solo Zweig hubiera encontrado su paz interior también… pero eso es otra historia, y muy trágica.) 

Es siempre interesante ver a Evelyn Herlitzius en escena, sea lo que fuere que interprete: creó una figura inmensa como Frau Zimmerlein (la ama de llaves), viendo cómo su deseo de ser más pasaba cada hora a ser menos. Su frustración era evidente y al mismo tiempo cómica. Samuel Hasselhorn fue un divertido, bien cantado y muy activo Schneidebart (el barbero); Siyabonga Makumbo un muy bien cantado Henry Morosus (sobrino del titular), de voz bella y redonda. 

La soprano americana Brenda Rae cantó la alta tesitura de Aminta con desparpajo, seguridad y muy buen fraseo. Un rol vocalmente en el molde de Zerbinetta (de Ariadne auf Naxos), pero sin la pirotecnia. Serafina Starke estuvo excelente como Isotta, Rebecka Wallroth igualmente como Carlotta, Dionysios Avgerinos fue un truculento Morbio, al igual que Manuel Winckhler y Friedrich Hamel como Vanuzzi y Farfallo, respectivamente. 

La escenografía de Ben Baur triunfó por la simplicidad: habitaciones que se mueven de izquierda a derecha mostrando diversos espacios adonde se dirige la acción con facilidad y sin complicaciones. ¿Qué más se puede decir? 

Christian Thielemann mostró una vez más por qué Daniel Barenboim lo llamó a ser director de la Staatsoper de Berlín. La orquesta sono como si Strauss mismo la hubiera preparado: brillante, sin cubrir a los cantantes y dando rienda suelta al volumen cuando era necesario. Este fue un espectáculo que recomiendo a todos aquellos que viajen a Berlín y se encuentren con este título en el repertorio. Una maravilla. No es el Strauss de Der Rosenkavalier, pero es igualmente válido y emocionante.

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