Después de casi 15 años de ausencia del repertorio del Teatro Real, Eugene Onegin de Piotr Ilich Chaikovski volvió a dicho recinto operístico en nueva producción de Christof Loy que conmemoró el 225 aniversario del nacimiento de Alexander Pushkin, autor de la novela homónima original. Anunciada como una propuesta minimalista cuyo propósito era centrar la atención del público en la profundidad emocional de cada personaje, se contó con jóvenes cantantes que explotaron al máximo sus dotes histriónicas y vocales para lograr una representación fresca y de gran intensidad dramática.
Gustavo Gimeno dirige a la Orquesta Sinfónica de Madrid y al coro del Teatro Real en esta función encabezada por el barítono ucraniano Iurii Samoilov, la soprano rusa Kristina Mkhitaryan, el tenor ucraniano Bogdan Volkov, la mezzosoprano rusa Victoria Karkacheva, la mezzo sueca Katarina Dalayman y la mezzo italiana Elena Zilio.
Es bien sabido que, a pesar del título de la ópera, la verdadera protagonista es Tatiana, la joven e inocente chica que se enamora de Onegin y que tiene dentro de la obra una evolución muy interesante, marcada por la música de Chaikovski. Kristina Mkhitaryan interpreta de manera impresionante a la joven Larina, con una voz rica, de timbre oscuro, pero con tintes de lirismo e intensidad dramática a flor de piel. Cada frase, cada gesto, cada mirada está perfectamente justificada y delineada por Mkhitaryan para crear una interpretación creíble de Tatiana. Desde su timidez e inseguridad en el primer acto, pasando por su euforia y su desmedido enamoramiento mientras escribe la carta a Onegin, hasta llegar a la Tatiana más madura y controlada del último acto, la soprano rusa crea un personaje creíble.
Tchaikovsky’s Eugene Onegin at Madrid’s Teatro Real—with Kristina Mkhitaryan
Como Onegin, el barítono Iurii Samoilov tuvo que enfrentarse a la visión un poco extrema del personaje que le encomendó Loy, como un joven descarado e irrespetuoso que desde su llegada a la casa Larina no duda en coquetear con las sirvientas frente a Tatiana y su familia y que flirtea con Olga de una manera muy vulgar. Solo en su escena con Lensky antes del duelo vemos un lado más sensible y noble de Eugene. Samoilov tiene una voz de barítono muy ligera, casi podríamos llamarlo baritenor. Actúa muy bien y tiene muy buena presencia escénica, pero hay veces en que su fraseo es un poco irregular y tiene la tendencia a que se pierdan algunas frases cuando canta pasajes donde debe articular rápidamente las palabras. Sus mejores momentos vocales son su aria en el primer acto, cuando responde a Tatiana sobre la carta que le envió, y su escena final donde tanto Samoilov como Mkhitaryan entregan todo para plasmar la desesperación de ambos personajes.
Teatro Real: Eugene Onegin (Trailer) – YouTube
El otro triunfador de la función, junto con Mkhitaryan, es el tenor ucraniano Bogdan Volkov, uno de los mejores Lensky de la actualidad. Su voz es muy bella, de timbre lírico y agudos brillantes; desde que entra y canta ‘Ja lyublu vas, Olga’, escuchamos un canto elegante y lleno de emotividad. Su fraseo en la famosa aria ‘Kuda, kuda’ es exquisito, flotando notas y cantando con una mezza voce impecable. Su actuación también es muy completa porque muestra la sensibilidad de Lensky sin exagerar, dándole esa aura de artista incomprendido y contrastando muy bien su nobleza con la actitud pedante e irresponsable de Onegin.
Lensky’s Aria (“Kuda, kuda”) – Bogdan Volkov
Una de las fallas de la puesta de Loy es precisamente durante el aria de Lensky, en donde hace que Onegin esté presente y que lo esté constantemente abrazando y rondando para que escuchase todo lo que Lensky dice. Ilógico que luego llegue Zaretski y diga que están esperando a que llegue si ya está ahí. Olvidémonos de que el duelo se lleve a cabo al aire libre. Aquí se lleva a cabo en un cuarto vacío en donde las Larina y varios sirvientes presencian la muerte de Lensky.
Siguiendo con los intérpretes, tenemos a Victoria Karkacheva como Olga, cantando con una voz aterciopelada y bella presencia escénica. Loy no le da muchas opciones para interpretar a la pequeña de las Larina y la mezzo rusa tiene que optar por interpretarla como alguien superficial. Afortunadamente, se luce vocalmente en su aria del primer acto donde puede, de alguna manera, darle un poco de matices a su personaje.
Katarina Dalayman es una Madame Larina de voz grande y todavía canta con potencia y buen gusto. A sus 85 años, la veterana mezzosoprano italiana Elena Zilio interpreta a Filipyevna con aplomo y ternura a la vez, con una voz que todavía resuena e impone. El bajo ruso Maxim Kuzmin-Karavaev canta la famosa aria del Príncipe Gremin en el último acto, interpretándolo como un hombre maduro, pero todavía atractivo. Su emisión es redonda y sus graves resuenan muy bien, además de poseer muy buen fiato.
La dirección orquestal de Gimeno al frente de la Orquesta Sinfónica de Madrid y al coro del Teatro Real es vibrante y ayuda muy bien a que fluyan las escenas. Solo hay un pequeño problema de coordinación entre el coro y la orquesta en el principio del acto II, pero nada que demerite la excelente actuación de los músicos.
La puesta de Loy tiene sus pros y sus contras: da un retrato más detallado y depurado de Tatiana, Onegin y Lensky, y se nota una muy cuidada dirección de personajes por parte del regista alemán, pero abusa del uso de extras que interpretan a la servidumbre de las Larina y sus invitados en la fiesta, haciendo que la atención recaiga a veces más en ellos que en los roles principales. Hay también una falta de intimidad en varias de las escenas en donde, en vez de que estén uno o dos personajes a solas, tenemos la constante presencia de los extras que distraen y contaminan la escena. Loy incluye en el primer acto a una pareja de sirvientes que empiezan teniendo un flirteo enfrente de Tatiana y, terminando el acto, después de que el chico se acuesta con la chica, se muestra ella rogándole ya habiendo perdido su honor, como mensaje a Tatiana de lo que puede pasar con Onegin. Esto es una buena idea pero lo malo es que Loy introduce en todas las escenas de grupo a parejas acariciándose y departiendo de una manera que hace pensar que todo era un degenere desenfrenado.
Otro punto que se diluye en esta puesta atemporal es la división de clases tan marcada cuando se escenifica en la Rusia del siglo XIX. No vemos el campo, luego la casa de las Larina como ejemplo de la clase media rural para luego pasar a ver la Rusia Imperial en el último acto. Todo se lleva a cabo en el mismo espacio, solo diferenciado por el acomodo de sillas y mesas y luego la ausencia de mobiliario. Como es típico en las puestas de Loy, el vestuario es casi siempre blanco y negro con algunos tintes de gris. Solo el vestido rojo de Tatiana da un poco de color en el acto final. Y como también ya se ha hecho costumbre entre los registas actuales, olvidémonos de ver algún tipo de baile durante la Polonesa que abre el tercer acto.
A pesar de algunas fallas de la puesta, la gran actuación del elenco en general y la ejecución musical de la orquesta hacen de este Eugene Onegin una versión fresca y muy grata de la obra maestra de Chaikovski.



