Agosto 14, 2026. El asedio de Corinto de Gioachino Rossini ocupa un lugar fundamental tanto en la evolución del compositor nacido en Pésaro como en la historia de la recuperación moderna de su obra. Estrenada en el Théâtre de l’Académie Royale de Musique de París el 9 de octubre de 1826, esta tragédie lyrique representa la primera gran incursión de Rossini en el teatro francés y, al mismo tiempo, una profunda transformación de Maometto II, estrenada en Nápoles en 1820.
Para adaptarla al gusto y a las convenciones de la escena parisina, Rossini no se limitó a traducir o modificar superficialmente la partitura original: amplió, sustituyó y reelaboró numerosas páginas, incorporando las exigencias espectaculares, corales y declamatorias de la tradición francesa. El resultado anticipa de manera evidente el lenguaje de la grand opéra.
La trama de Le siège de Corinthe narra la caída de Corinto ante las tropas otomanas, con tintes sentimentales. En medio de la guerra, Pamira, hija del gobernador griego, descubre que Mahomet II, el líder de los turcos, es el hombre al que ama. Él intenta convencerla de abandonar la ciudad y marcharse con él, pero Pamira decide permanecer junto a su pueblo y defender su patria. Cuando los turcos finalmente conquistan Corinto, los griegos se niegan a rendirse y prefieren morir antes que vivir bajo el dominio enemigo. Pamira se une a ellos y su historia de amor termina en tragedia.
La relación de esta obra con el Rossini Opera Festival (ROF) resulta especialmente significativa. Se montó en 2000 utilizando la edición empleada para el estreno parisino. Una edición crítica de Damien Colas Gallet se presentó en 2017. En este 2026, coincidiendo con el bicentenario de su estreno parisino, Le siège de Corinthe regresó como título inaugural de la 47.ª edición del festival y como única nueva producción en esta edición.
La ingeniosa puesta en escena de Davide Livermore traslada el conflicto entre griegos y otomanos a una época moderna, pero cargada de elementos de actualidad y tecnología. Corinto aparece como un museo en la actualidad lleno de restos de la antigua Grecia, mientras los invasores turcos se presentan como turistas contemporáneos que fotografían, consumen y trivializan la cultura que encuentran a su alrededor.
A medida que avanza la obra, el espacio diseñado por Livermore junto a Eleonora Peronetti y Paolo Gep Cucco se deteriora, se llena de basura y objetos cotidianos, simbolizando la destrucción de la cultura griega. Una gran ayuda visual llega de las proyecciones digitales de D-Wok —un clásico en las producciones de Livermore— que transforman progresivamente el paisaje en una sucesión de visiones y completan el contexto escénico de forma superlativa en una pantalla de altísima definición al interno de una caja. Los vestuarios de Gianluca Falaschi participan activamente en esta contraposición: muestran a los griegos con el cliché visual de la Antigüedad, mediante túnicas blancas, mientras los turcos aparecen vestidos como dandies, pero vulgares y sin educación.
La experta batuta de Carlo Rizzi afrontó la compleja partitura con seguridad, propuestas acertadas y una dirección precisa, manteniendo siempre el control y la tensión dramática. El manejo de las dinámicas fue superlativo, al igual que los tempi, siempre precisos, mientras el volumen demostró las tablas del concertador milanés. Cabe destacar, además, su impresionante conocimiento del estilo belcantista, perceptible desde la obertura hasta la caída del telón. La Orquesta del Teatro Comunale di Bologna respondió con notable precisión y solvencia ante una partitura especialmente exigente. También destacó el Coro del Teatro Ventidio Basso, preparado por Pasquale Veleno, por su contundencia, homogeneidad y fuerza escénica. Sus integrantes contribuyeron decisivamente a crear las grandes escenas colectivas de la obra.
Vasilisa Berzhanskaya fue la gran protagonista como la confundida pero heroica Pamira, destacando por una voz amplia, potente, oscura y especialmente rica en los registros medio y agudo. Los sobreagudos de la soprano rusa, también canoros y bien colocados, sobresalieron respecto al resto del elenco en los concertantes. Dignas de mención son asimismo sus coloraturas, limpias y entonadas. En su aria ‘Du séjour de la lumière’ se lució con sonidos delicados y un virtuosismo seguro y contundente.
Como Mahomet, Adrian Sâmpetrean, con una autoridad vocal suficiente, mostró una voz amplia y de emisión elegante, aunque de color algo velado. El personaje invasor del bajo rumano no busca tanto la exhibición de poder vocal como una caracterización más humana y contenida. Su mejor momento llegó en el dúo con Pamira del segundo acto. Su actuación fue buena y en general cumplió con creces.
Para Maxim Mironov, Néoclès representó un desafío particularmente interesante. El rol no es para un tenor ligero con agilidades convencionales, sino de una vocalidad estrechamente vinculada con la tradición francesa, en la que la elegancia de la línea, la declamación y la nobleza tienen una importancia fundamental. El tenor ruso cumplió con creces en el desarrollo del personaje, con excelente dicción del francés y una voz bella. Por desgracia, su volumen es limitado y se pierde en los concertantes. Mironov canta con elegancia y conocimiento, pero en determinados momentos habría sido deseable una mayor expansión sonora.
El otro tenor de la obra: Cléomène, fue interpretado con considerable solidez por Matteo Roma. Su intervención se apoyó especialmente en el carácter declamatorio del papel y en una voz tenoril sonora, con un centro cada más robusto y sombreado. Roma posee una vocalidad que parece especialmente adecuada para los papeles de carácter declamatorio. Igualmente destacable fue su actuación: a pesar de su juventud, interpretó con solvencia el rol de un adulto mayor.
Simón Orfila confirmó su autoridad como Hiéros. El bajo español, veterano del universo rossiniano, tuvo que esperar hasta el final del tercer acto para interpretar su escena heroica, un auténtico derroche de virtuosismo. La escena le permitió desplegar la nobleza y potencia de su instrumento vocal, así como su capacidad de actuación. Su exhortación a los guerreros griegos al martirio adquirió una dimensión patriótica y combativa, resuelta con firmeza y claridad gracias a su evidente experiencia en el repertorio belcantista.
Por su parte, Anna-Doris Capitelli ofreció una Ismène de lujo. Su intervención, aunque secundaria en términos dramatúrgicos, se distinguió por la calidad vocal y la seguridad estilística. De voz bella, elegante y dúctil, Capitelli demostró estar plenamente integrada en un reparto de notable homogeneidad. Los tenores Giuseppe De Luca y Tianxuefei Sun completaron el elenco como Omar y Adraste, respectivamente, cumpliendo sus cometidos con profesionalidad. Ambos contribuyeron, en cualquier caso, a mantener la solidez del conjunto.
El público del Auditorium Scavolini, que a pesar de aparentar no tener una buena acústica, sorprende por cómo esta no se percibe de manera evidente al no tratarse de un teatro clásico, respondió tras 3 horas y 40 minutos de función con ovaciones para todo el elenco, especialmente calurosas para Berzhanskaya, Mironov y Rizzi.

Vasilisa Berzhanskaya (Pamira) © ROF


