Agosto 7, 2026. Esta temporada de la Arena de Verona coincidió con el centenario del estreno de Turandot, la ópera póstuma e inacabada de Giacomo Puccini, por lo que decidió conmemorar esta efeméride recuperando el monumental montaje firmado por el fallecido director italiano Franco Zeffirelli, estrenado en 2010 en el anfiteatro y convertido desde entonces en una de las producciones más emblemáticas y exitosas de la historia reciente del Festival. Concebida específicamente para las dimensiones monumentales de la Arena, cuyas posibilidades explota al máximo, esta recargada, cuidada hasta el último detalle y fantástica producción sigue resultando aún hoy tan efectiva, fascinante y espectacular como el primer día.
La monumental y hipertradicional escenografía, firmada por el propio Zeffirelli, recreó con gran acierto la China fantástica y de cuento de hadas imaginada por Carlo Gozzi, en la que se inspiraron Puccini y sus libretistas para la ópera. Dragones, pagodas, un palacio imperial y una multitud compuesta por el pueblo, la corte, bailarines y figurantes ocuparon la inmensa superficie de la Arena e hicieron que siempre sucediera algo, aunque esta abundancia de elementos y personajes terminó por provocar, en algunos momentos, una excesiva saturación visual que dificultaba identificar a los protagonistas.
El rico y suntuoso vestuario de la diseñadora japonesa Emi Wada aportó una dosis adicional de magia a la vertiente visual de la producción y, en consonancia con la puesta en escena, contrapuso las tonalidades apagadas de las vestimentas del pueblo con el colorido esplendor de la corte imperial china. De este modo, el vestuario contribuyó también a establecer los diferentes estratos sociales de este mundo imaginario, reforzando visualmente la distancia entre el pueblo y el poder imperial.
Un factor decisivo en el exitoso resultado final fue el estudiadísimo tratamiento lumínico, que por un lado acompañó con eficacia las transformaciones de la escenografía y por otro, en una producción tan cargada, ayudó a dirigir la mirada del espectador. Gran labor de Maria Grazia Garofali, responsable de los movimientos coreográficos del espectáculo.
Vocalmente, la velada resultó magnífica. Como la despiadada princesa china, la italiana Anna Pirozzi, auténtica soprano dramático, demostró una vez más por qué es considerada una de las grandes intérpretes del papel. Poseedora de un instrumento potente, de rico color, maleable y homogéneo, la temible tesitura de la parte no pareció depararle secretos ni dificultades, ofreciendo una interpretación de enorme lucimiento. Dispensó auténticos torrentes de voz en una combativa interpretación del aria ‘In questa reggia’, de antología, y supo adaptar su caudal sonoro para aportar la morbideza requerida en los momentos más líricos del personaje. Cantó con gran gusto y expresividad y brindó a través de su canto un retrato psicológico muy elaborado de la compleja personalidad de la princesa de hielo.
A su lado y en espléndida forma, el joven SeokJong Baek concibió un entusiasta Calaf, el príncipe ignoto, perfectamente creíble y de notable poderío vocal. El tenor surcoreano hizo gala de un registro medio sólido, graves gratamente esmaltados y agudos fáciles y seguros, medios que resultaron ideales para las exigencias de la parte. Su ‘Non piangere, Liù’ fue un derroche de virtudes, con un fraseo cautivador y una intencionalidad a flor de piel. En el célebre ‘Nessun dorma’, los agudos, emitidos con absoluta facilidad y brillantez, desataron el entusiasmo del público, cuyas ovaciones estuvieron a punto de propiciar un bis.
Toda una revelación resultó la soprano italiana Mariangela Sicilia quien, con una voz luminosa, perfectamente controlada y especialmente dúctil para las medias voces y el canto en piano, concibió una esclava Liù rebosante de dulzura y profundidad expresiva, y construyó un personaje de gran humanidad que no tardó en conquistar al público.
El terceto de ministros imperiales fue solventemente defendido por Gezim Myshketa (Ping), Saverio Fiore (Pang) y Matteo Macchioni (Pong) quienes cumplieron sobradamente su cometido tanto en lo vocal como en el escénico. Todo un lujo resultó el destronado rey tártaro Timur del bajo ruso Alexander Vinogradov, esculpido con gran autoridad con una voz potente, oscura y de graves resonantes.
Convincente, el emperador Altoum del oficioso tenor italiano Carlo Bosi. Irreprochable desempeño como el mandarín del bajo-barítono mongol Ankhbayar Enkhbold. Perfectas las dos doncellas de la princesa: Grazia Montanari y Tamara Zandonà.
Tanto el coro de adultos como el de niños, otro de los grandes protagonistas de la ópera, exhibieron una buena preparación, equilibrio entre las distintas secciones y un sonido homogéneo, bajo la atenta dirección de Roberto Gabbiani y Matteo Valbusa, respectivamente.
Desde el podio, el director italiano Andrea Battistoni se mostró especialmente volcado en sostener la tensión dramática y coordinar del mejor modo el equilibrio entre la escena y el foso, ofreciendo una lectura correcta pero rutinaria, avara de matices y contrastes dinámicos, que encontró sus mejores momentos en las escenas más grandilocuentes de la partitura. Interminables ovaciones al final de la ópera premiaron la labor de los intérpretes y convirtieron el anfiteatro romano en una auténtica fiesta.


