Pro Ópera

Nabucco en Verona

Agosto 8, 2026. Nuevamente esta temporada la Arena de Verona llevó a su inmenso escenario Nabucco, obra fundamental en la producción verdiana, pues lanzó a Giuseppe Verdi a la fama y abrió una nueva etapa en la historia del melodrama italiano. El libreto, escrito por Temistocle Solera, se inspira fundamentalmente en los libros bíblicos de Reyes, Jeremías, Lamentaciones y Daniel, aunque su fuente literaria directa fue el drama francés Nabuchodonosor, de Auguste Anicet-Bourgeois y Francis Cornu. 

Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán en 1842, la obra narra la historia de los hebreos sometidos y deportados por el rey babilonio Nabucodonosor. Sin embargo, el público italiano de la época vio en los hebreos exiliados una imagen de la propia Italia, dividida y sometida a poderes extranjeros, y convirtió su célebre coro ‘Va, pensiero’ en un símbolo del deseo de libertad y unidad nacional. De marcado carácter romántico y representativa del primer Verdi, Nabucco mantiene todavía estrechos vínculos con la tradición belcantista.

Para esta reposición, el festival recurrió a la controvertida producción escénica firmada íntegramente por el director italiano Stefano Poda, que desde su estreno en 2025 ha dado mucha tela que cortar. Deslumbrante y controvertida a partes iguales, la propuesta despoja a la ópera de buena parte de su contenido histórico y, sin alterar la dramaturgia, la concibe como un gran conflicto de fuerzas opuestas desarrollado en un universo visual autónomo. 

La entretenida y futurista puesta en escena, más cercana a un espectáculo de ciencia ficción que a una ópera de Verdi, propone un escenario inclinado de geometrías monumentales, dominado por una larga escalera central en la que puede leerse la inscripción latina “Forsan et haec olim meminisse iuvabit” (‘Quizás algún día nos resulte grato recordar estas cosas’), cita de la Eneida de Virgilio; un reloj de arena transparente que pende sobre la escena con la palabra “Vanitas”, símbolo de la fugacidad de la existencia y del inexorable paso del tiempo; y dos grandes semiesferas luminosas que representan partículas que se atraen y se repelen. Sobre el escenario, unas 500 personas, perfectamente coreografiadas y sometidas a disciplinados movimientos ritualizados, se desplazan constantemente con vestuario futurista, en medio de una enorme parafernalia de efectos especiales que incluye juegos de luces, explosiones, rayos láser, etcétera. 

Si bien los dos bandos quedan perfectamente diferenciados mediante el vestuario —marrón para los hebreos y azul para los babilonios—, los protagonistas terminan diluidos entre las masas, de modo que ni las relaciones que los vinculan entre sí ni el carácter de cada personaje alcanzan suficiente relieve teatral. Pero, sobre todo, la incesante movilidad de la propuesta resulta agotadora y acaba fagocitándose la música del genio de Busseto. Una propuesta a tomar o a dejar: lo que para algunos constituye una visión intelectualizada de la esencia de la ópera, para otros no es más que una masacre de uno de los títulos más emblemáticos del repertorio verdiano. 

Afortunadamente, hubo unanimidad en lo que a la vertiente musical respecta. Al frente de la orquesta de la casa, el director italiano Sebastiano Rolli hizo un trabajo memorable y fue un pilar fundamental del éxito de la representación. En perfecto dominio de la partitura verdiana, ofreció una lectura musical cargada de energía, precisión, perfectamente concertada y cuidado estilo. Espléndido desempeño del coro de la casa, dirigido por el experimentado Roberto Gabbiani, protagonista de una noche gloriosa y merecedor, con todo derecho, de una parte de las vítores finales.

En el apartado vocal, el elenco respondió con un excepcional nivel de calidad. A cargo del papel protagonista, el joven y ascendente barítono surcoreano Youngjun Park, habitué de la casa, hizo alarde de una voz lozana, generosa, extensa y de atractivo color, que condujo con depurados recursos técnicos y a la que solo pudo reprochársele un canto algo apagado de carácter y peso dramático. 

Como su hija ilegítima Abigaille, la soprano Marta Torbidoni se apuntó un merecido triunfo gracias a unos medios vocales prodigiosos: voz robusta, centro consistente, graves sólidos y agudos firmes, luminosos y bien proyectados. Su aria ‘Anch’io dischiuso un giorno’, cargada de matices y medias voces, y su posterior cabaletta ‘Salgo già del trono aurato’, cantada con implacable furia, agilidades y agudos seguros, le dieron a la noche dos de sus mejores momentos vocales. En lo estrictamente interpretativo, se la vio muy implicada en la composición de su personaje, al que dotó de una enorme variedad de recursos expresivos. 

Por su parte, Alexander Vinogradov puso al servicio de Zaccaria una voz de bajo de timbre oscuro, bien proyectada y de nobles acentos, a la altura de la autoridad que requiere el líder religioso de los hebreos. A pesar de no contar con un aria de lucimiento, el tenor italiano Francesco Meli consiguió sacar brillo a su parte en cada una de sus intervenciones. Atrapado entre el amor y el conflicto entre dos pueblos, su Ismaele cobró especial relieve gracias a una voz de bellísimo color, una línea de canto impoluta y un fraseo de altri tempi, elegante, noble y de exquisita musicalidad. 

Muy solvente, la mezzosoprano alemana Anna Werle ofreció una Fenena de cálido y redondo timbre, que supo sacar buen partido de su plegaria final ‘Oh, dischiuso è il firmamento’ para ganarse el favor del público. Los personajes comprimarios de Anna, la hebrea; Abdallo, el soldado babilonio; y el Sumo Sacerdote de Baal fueron cubiertos con mucho oficio por Elisabetta Zizzo, Matteo Macchioni y Gabriele Sagona, respectivamente. Escaso y poco entusiasta resultó el público en los saludos finales para un elenco que bien podrían envidiar muchos de los principales teatros de primera línea.

Scroll al inicio