Pro Ópera

L’occasione fa il ladro en Pésaro

Agosto 15, 2026.Escrita en apenas quince días en 1812 para el Teatro San Moisè de Venecia, esta burletta per musica en un acto del libretista Luigi Prividali pertenece a la extraordinaria época de juventud en la que Gioachino Rossini, con tan solo 20 años, parecía capaz de convertir cualquier argumento aparentemente menor en un mecanismo teatral de precisión vertiginosa, sostenido por una música del más alto nivel.

La sencillez del argumento no debe confundirse con pobreza dramática. La trama parte de la confusión provocada por una maleta: el Conde Alberto y Don Parmenione intercambian accidentalmente sus equipajes, por lo que todos creen que Don Parmenione es Alberto. Esto provoca confusiones amorosas, mentiras y situaciones cómicas, hasta que finalmente se descubre la verdad y todo se resume en la frase: la ocasión hace al ladrón.

La capacidad de convertir una clásica comedia de confusiones en un universo teatral metafísico explica la extraordinaria fortuna del montaje que Jean-Pierre Ponnelle creó para el Rossini Opera Festival (ROF) en el ya lejano 1987. Concebido cuando el regista francés se encontraba ya en el tramo final de su trayectoria y estrenado apenas un año antes de su muerte, el espectáculo constituye una suerte de testamento artístico rossiniano, con fuertes reminiscencias de su clásica versión de La Cenerentola.

Esta producción ha sido remontada en Pésaro en 1989, 1996 y 2013, adquiriendo así en cada década una condición emblemática dentro de la historia del ROF. Hay montajes que envejecen; el de Ponnelle, en cambio, continúa funcionando. El revival, retomado en 2026 por Sonja Frisell, confirma que los montajes tradicionales de la vieja escuela pueden ser mucho más resistentes al paso del tiempo que cualquier sofisticación tecnológica. Una infinidad de ensayos se debieron de haber realizado para que el ritmo siguiera siendo ágil y divertido; y la interacción entre los intérpretes y los elementos escénicos resultó fundamental para que la comedia fluyera como sucedió.

Sobre el escenario desnudo aparece Martino, el criado de Parmenione, con la susodicha valija. La gran maleta que lleva consigo se convierte en el verdadero centro simbólico y dramatúrgico de la producción: primero, de ella salen estructuras de madera, cuerdas y soportes que servirán para construir, ante los ojos del público, los diferentes espacios de la comedia durante la obertura. Los tramoyistas construyen literalmente el escenario con lo que sale de la maleta. Después, de la misma comienzan a surgir los personajes y otros objetos. 

Los vestuarios, igualmente firmados originalmente por Ponnelle, recurren a una gama de discretos colores pastel que refuerza el carácter elegante, ochentero y fabulesco. La iluminación de Fabio Rossi completa el universo visual, deliberadamente cálido, aunque por momentos, como durante la tormenta de la primera escena y los momentos de tensión, la luz juega un papel fundamental. Al final de la función, los decorados desaparecen y todo regresa a la maleta, como si lo sucedido hubiera sido un cuento. La idea de Ponnelle se convierte así en una metáfora de la propia farsa: una genialidad que sigue funcionando.

En el foso, la particularmente eficaz batuta de Alessandro Bonato, quien debuta con este título en el ROF, ofreció una dirección musical especialmente destacada. Su lectura rossiniana combinó precisión, agilidad y control con transparencia, elegancia y una rica variedad de colores. Sus propuestas fueron dinámicas y propositivas; el conocimiento del estilo belcantista es evidente, pues las famosas strette finales —aunque aún no desarrolladas del todo en este periodo— cuentan con toda su energía, como debe ser. La Orchestra Sinfonica G. Rossini respondió con una sonoridad limpia, flexible y suave, siempre al servicio de las voces y de Bonato. El concertador veronés demostró así un notable dominio del género buffo y su debut se conviertió en un acierto. Los recitativos, acompañados a fortepiano y violonchelo por Giulio Zappa y Jacopo Muratori, respectivamente, fueron eficaces y dinámicos.

El reparto, formado por jóvenes intérpretes, funcionó con un equilibrio notable y, sobre todo, con una conciencia muy clara del estilo rossiniano. Sin lugar a dudas, la triunfadora de la noche fue Damiana Mizzi, quien afrontó el papel de Berenice con un instrumento idóneo para el rol, particularmente cómodo en la zona aguda, lo que le permitió lucirse en las exigencias virtuosísticas de la partitura. Su cavatina ‘Vicino è il momento’ destacó por la limpieza del legato y por una línea vocal bien apoyada, mientras que en el dueto ‘Voi la sposa pretendete’ confirmó la seguridad de sus agudos, así como su vis comica, la limpieza de sus agilidades y una pronunciación correcta. La soprano italiana ofreció una prestación correcta y musicalmente cuidada, aunque podría aportar mayor personalidad al rol para hacer del personaje uno perfecto.

Matteo Mancini aportó a Don Parmenione una presencia física óptima para el rol, así como una comicidad interesante. Vocalmente, su voz brillante y potente está bien encaminada hacia el estilo rossiniano, con una emisión clara y una línea vocal suficientemente segura. El barítono originario de Pésaro fue solvente y divertidísimo en ‘Che sorte, che accidente’, así como en el duetto con Berenice, donde demostró solvencia y buen dominio del estilo vocal y escénico.

El Conde Alberto de Dave Monaco fue funcional. Su instrumento posee la agilidad y la precisión necesarias para abordar la escritura belcantista. Buen desempeño en su aria ‘D’ogni più sacro impegno’, donde consiguió mostrar sus capacidades estilísticas y ornamentación. Es por eso que se trata de una de las voces que el festival invita regularmente. Por su parte, Martiniana Antonie completó la pareja cómica como Ernestina con gracia y buena disposición escénica. La interpretación de la mezzosoprano rumana funcionó particularmente bien y contribuye a mantener el equilibrio de los conjuntos.

El barítono siciliano Giuseppe Toia fue Martino, el criado que prácticamente pone en marcha toda la maquinaria de la obra y que, significativamente, abre y cierra el universo escénico de Ponnelle. Su actuación reveló una presencia apreciable: posee una voz bien timbrada, musicalidad y sobre todo un gran sentido del humor. Su presencia escénica resultó fundamental para conectar al público con el artificio de la producción.

Una grata sorpresa resultó Manuel Amati como Don Eusebio. El tenor aprovechó con considerable eficacia el carácter casi caricaturesco, lleno de nerviosismo y bufonería, del personaje, demostrando además una notable disposición hacia las exigencias de la escritura vocal. A pesar de las pocas líneas que Rossini dedicó a este personaje, el cantante italiano demostró con creces que los personajes secundarios pueden resultar decisivos para mantener la tensión teatral e incluso robarse aplausos frente a los personajes protagónicos.

Una maleta, seis cantantes y una inmortal regia demuestran que las farsas de Rossini son atemporales. Para muestra, las enormes ovaciones del público al final de la función a todos los personajes por igual.

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