Pro Ópera

Il barbiere di Siviglia en Praga

Septiembre 13, 2026. Sin lugar a dudas, la ópera italiana, y en particular el bel canto, es difícil de interpretar porque resulta muy fácil percibir los errores incluso sin tener conocimientos musicales. El bel canto exige transparencia en la interpretación, una emisión cristalina, afinación impecable, un fiato envidiable y el virtuosismo necesario para afrontar sobreagudos, coloratura y sillabato. 

Los intérpretes italianos normalmente no presentan problemas en el sillabato ni en la pronunciación; los cantantes que hablan una lengua romance, como el francés o el español, suelen adaptarse bien a las exigencias belcantistas. Pero hay algo todavía más importante en el repertorio buffo del bel canto: la vis comica y el estilo de comedia, que requieren un timing extremadamente preciso y una comprensión del humor italiano del Settecento. 

Hay producciones en países germánicos y escandinavos donde la parte vocal cumple, pero la interpretación actoral deja mucho que desear. Y no es tanto la responsabilidad de los intérpretes: tienen otro background, otro tipo de cultura y otra concepción del humor. Al ver anunciado en cartelera Lazebník sevillský —es decir, El barbero de Sevilla— en el Teatro Nacional de Praga, pensé que el resultado sería similar al que suele encontrarse fuera de la llamada “Europa Central”: buenas voces, pero poco conocimiento del estilo, ya que la vida en Europa oriental es muy diferente. 

Sin embargo, la producción del teatro checo se reveló de altísima calidad interpretativa. Se trata del revival de la producción de 2021 de Magdalena Švecová, quien demuestra, mediante una propuesta discreta pero increíblemente funcional, que lo importante en un montaje, además de la parte musical, reside en la interpretación actoral. La directora escénica entendió el género buffo y supo traducirlo al público checo, que reaccionaba con risas tanto ante los gags como ante las escenas de conjunto.

La sencilla pero eficaz escenografía de David Janošek está compuesta por dos espacios: el exterior de la casa de Bartolo, donde resultan cruciales las plantas y los cactus, utilizados constantemente como props para la comedia física, ya que todos terminan pinchándose una y otra vez; y el interior de la casa, distribuido en dos pisos: arriba, la habitación de Rosina, y abajo, el espacio común donde se desarrolla toda la trama. Otro elemento importante es la escalera que conduce al cuarto de Rosina y que, al poder separarse, se convierte también en un recurso para la comedia física. Los vestuarios de Kateřina Štefková fueron igualmente eficaces: siempre en sintonía con la propuesta de Švecová, coloridos y funcionales. Del mismo modo, eficiente fue el diseño de iluminación de Pavla Beranová, que logró un justo balance entre los espacios interiores y exteriores.

La batuta de Jaroslav Kyzlink fue también una grata sorpresa, con ligereza y precisión: dos requisitos esenciales para una correcta interpretación de la obra maestra de Gioachino Rossini. Los encontramos en la vibrante dirección del concertador checo, director musical del Teatro Nacional de Praga desde 2012. Inteligente intérprete del repertorio belcantista, Kyzlink encuentra una perfecta armonía con la orquesta del teatro, de la que extrae precisión y fluidez. Su visión cautiva con un fraseo suave, ricos matices y sutiles cambios dinámicos. Como director, sabe además adaptar un apoyo musical siempre pertinente a los cantantes, sugiriendo una amplia gama de colores y permitiéndoles suficiente espacio para respirar. La única observación sería que, en los concertanti o números de conjunto, así como en las coloraturas y pasajes con sillabato, el tempo descendía un poco más de lo necesario, probablemente para permitir a los cantantes pronunciar correctamente toda la frase. Desde el punto de vista estilístico, sin embargo, un tempo ligeramente más rápido habría resultado perfecto.

El coro, dirigido por Pavel Vaněk, demostró igualmente una buena preparación vocal. Los recitativos al fortepiano de Martin Levický fueron discretos, pero perfectamente en estilo. También simpática fue la presencia de Jaroslav Novák en la guitarra durante la serenata del Conde bajo el balcón.

El elenco, conformado enteramente por cantantes eslavos, tuvo en común una buena interpretación actoral y una defensa musical solvente. Michaela Zajmi interpretó a Rosina con un timbre oscuro y una agilidad correcta, además de confirmar un notable talento actoral. La mezzosoprano checa supo resolver como toda una profesional un problema con el vestuario durante el trío ‘Zitti, zitti, piano, piano’, cuando no podía realizar el cambio de vestuario previsto en escena. Gracias a su experiencia escénica, consiguió improvisar y, al final, el público no lo notó. Fue buena su interpretación de ‘Una voce poco fa’ y también sus dúos con Almaviva y Figaro. Cabe señalar, además, su enorme parecido físico con Mirella Freni, con quien por momentos llegó incluso a asemejarse en la interpretación.

Como el Conde de Almaviva, Dmitry Ivanchey ofreció una interpretación solvente. A pesar de no poseer una voz grande, cuenta con los demás elementos técnicos necesarios para realizar una interpretación válida del rol. Su aria ‘Ecco ridente in cielo’ fue buena, con una coloratura relativamente resuelta y una buena pronunciación. No interpretó el aria final ‘Cessa di più resistere’, pero su legato y sus dinámicas en ‘Se il mio nome saper voi bramate’ lo confirman como un tenor válido.

El más aplaudido de la noche fue, sin duda, Svatopluk Sem en el papel de Figaro. El cantante checo cuenta con una voz grande, segura y una gran desenvoltura escénica. Su cavatina de entrada ‘Largo al factotum della città’, fue ovacionada por el público checo, sobre todo por el agudo final. Sin embargo, aquello que Sem desarrolla con tanta eficacia desde el punto de vista histriónico se ve contrarrestado por carencias en la pronunciación y el estilo italiano. Los recitativos fueron una desgracia: casi siempre incomprensibles y erróneos (mal pronunciados y con palabras falsas). En las partes cantadas, en cambio, esta carencia de pronunciación no se percibió tanto.

Por su parte, Miloš Horák, como Dottor Bartolo, fue convincente y simpático en escena. Su aria ‘A un dottor della mia sorte’ fue solvente, aunque la sección de sillabato resultó un poco lenta. De cualquier forma, el resultado fue bueno, sobre todo desde el punto de vista actoral, donde se mostró particularmente simpático. Igual de válido fue el Basilio de Pavel Švingr, quien realizaba su debut en el rol con una voz canora, grave y de gran resonancia en el registro bajo. Su aria ‘La calunnia è un venticello’ fue de gran calidad, al igual que su simpática participación en la escena del segundo acto ‘Buona sera, buona sera’.

Y a pesar de lo pequeño del papel y de tratarse de la famosa aria di sorbetto, Lucie Hájková interpretó una Berta extraordinaria. Más allá de los agudos potentes, perfectamente audibles al final del primer acto, durante su aria interpretó a una ama de llaves vigoréxica: mientras cantaba, hacía ejercicio y cumplía con todo lo que la regia requería, provocando las risas del público.

En definitiva, este Barbero de Sevilla en el bello Teatro Nacional de Praga fue una grata sorpresa para quien está habituado a los escenarios clásicos europeos, pues la compañía demostró su validez para interpretar este tipo de repertorio de manera solvente.

Scroll al inicio