Jugar con fuego en Madrid

Marzo 26 y abril 1. Tras una ausencia de 26 años, volvió a la escena madrileña Jugar con fuego, zarzuela con música del compositor español Francisco Asenjo Barbieri y libreto del dramaturgo Ventura de la Vega, basado en la comedia La Comtesse de Egmont de Francois Ancelot y Alexis Decomberousse. 

Su trama romántica plantea engaños y malentendidos de identidad, amor y honor muy característicos del género y su título alude a los peligros de coquetear con el amor y las apariencias, y de cómo los engaños pueden salirse de control y afectar a los sentimientos reales. Considerada una de las más importantes obras del repertorio lirico español del siglo XIX, esta zarzuela fue estrenada con gran éxito en 1851 en el Teatro del Circo de Madrid, contribuyendo a consolidar la llamada “zarzuela grande”, denominación que alude a su cercanía a la ópera, tanto por su extensión como por su complejidad. 

Para su reposición, el Teatro de la Zarzuela recurrió a una adaptación de la directora María Bollaín quien, buscando reinterpretar los clásicos del género para acercarlos al público actual, propuso una versión contemporánea del clásico de Barbieri que trasladó la acción del siglo XVIII a la actualidad, sustituyendo los diálogos por otros nuevos y acomodando los cantables a la nueva dramaturgia de su autoría. En la versión renovadora de Bollain, la acción está ambientada en los pasillos y en la sala de trofeos del interior de un estadio de futbol, enmarcados por videos de ambiente futbolístico que buscan recrear la atmosfera de un clásico. 

La revisión de Bollaín no dejó a nadie indiferente: generó una recepción polarizada entre el público más tradicional, partidario de una lectura ortodoxa, y quienes valoran las relecturas contemporáneas. Si en algo hubo consenso fue en el apartado vocal, pues la elección de los cantantes resultó irreprochable. 

A cargo de la exigente parte de la Duquesa de Medina, la heroína romántica y eje del conflicto amoroso, brillaron a más no poder tanto Ruth Iniesta como Berna Perles. La primera, gracias a una voz de bonito esmalte, extensa, homogénea y bien proyectada; la segunda, algo más sobria, luciendo una voz oscura, con buen bagaje técnico y un canto cuidado y expresivo. Ambas sacaron chispas a la introspectiva romanza ‘Un tiempo fue’, con la que se metieron al público en el bolsillo y se alzaron con una buena parte de las ovaciones finales. 

Como su enamorado, el apasionado e impulsivo Félix, el tenor Alejandro del Cerro sacó buen partido a su romanza ‘La vi por vez primera’, para hacer gala de una voz de timbre luminoso, cuidada emisión y agudos fáciles que condujo con elegancia y aristocrático fraseo. Alternando en la misma parte, no le fue en zaga Antonio Gandía, quien hizo una interpretación muy belcantista de la parte, cargada de emoción y refinado lirismo. 

Con concepciones muy diferentes del papel, los barítonos José Antonio López y Luis Cansino resultaron intérpretes excepcionales del Marqués de Caravaca. En cuanto a López, lució un timbre amplio, denso y homogéneo, de proyección siempre controlada, y supo ofrecer, con gran oficio, una caracterización de notable refinamiento y autoridad no exenta de sutiles toques cómicos. Por su parte, Cansino mostró una voz potente, robusta, de sólido centro y ricos graves, y resultó desopilante en escena, concentrando toda la atención y arrancando risas por doquier en cada una de sus intervenciones. Su confrontación con los ultras será difícil de olvidar. 

Muy bien plantados, los bajos David Lagares y Javier Castañeda retrataron al Duque de Alburquerque con sólidos medios vocales y notables presencias escénicas. Arquetipo tradicional del “gracioso”, la parte de Antonio —aquí atenuada y convertida en amigo del protagonista— no impidió que fuera impecablemente servida por Manuel de Diego y, sobre todo, por Emmanuel Faraldo, quien construyó, a base de infinidad de tics, un divertidísimo y vehemente argentino fanático del fútbol. 

Sería injusto no mencionar la sólida labor de Javier Povedano y Zaira Montes, muy desenvueltos, como un ultra y la amiga de la protagonista, respectivamente. El coro titular de la casa, dirigido por el siempre eficaz Antonio Fauro, a quien Barbieri reservó un papel fundamental tanto musical como dramático, tuvo no solo un excelente desempeño vocal, sino que además se vio muy implicado en las exigencias escénicas que le impuso una puesta que no le dio tregua.

Desde el foso y al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, el director Álvaro Albiach sostuvo con mano firme y buen conocimiento de la partitura una lectura musical muy sólida, bien concertada y atenta a las necesidades de los cantantes, poniendo además de relieve la elaborada escritura orquestal de Barbieri. 

La nueva producción de Bollaín sirvió de marco idóneo a la dramaturgia actualizada de la zarzuela, que la propia directora ha concebido, y en la que las relaciones de poder y las desigualdades sociales quedaron claramente expuestas. No ocurrió lo mismo con la música, que en no pocas ocasiones parece discurrir por un camino ajeno al de la escena, llegando incluso a entrar en fricción con lo que se veía. Las marcaciones y los movimientos de las masas corales estuvieron bien estudiados y contribuyeron a que el desarrollo de la acción mantenga el ritmo y no decayese. 

La escenografía de Blanca Añón resultó funcional; el vestuario de Teresa Mora no desentonó, y el tratamiento lumínico de Marc Gómez aportó atmósferas adecuadas. Las proyecciones de Félix Bollaín, eficaces en un primer momento, acaban por aburrir.

Al caer el telón, hubo aplausos para los cantantes y no pocas muestras de desaprobación para la directora de escena y responsable del espectáculo.

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