Junio 6, y 10, 2026. Resultó especialmente significativo que la ópera Roméo et Juliette, del compositor francés Charles Gounod, no había subido al escenario del Teatro Real en más de un siglo, una ausencia difícil de explicar tratándose de una de las óperas más populares y emblemáticas del repertorio lírico francés.
Aunque la obra se representó en 1987 en el Teatro de la Zarzuela con la participación del tenor español Alfredo Kraus —funciones a cuya memoria está dedicada esta esperada reposición—, su regreso al principal coliseo madrileño supuso un acto de justicia histórica y constituyó, por sí mismo, un auténtico acontecimiento. Para este regreso, el Teatro Real tiró la casa por la ventana con una coproducción con la Ópera de París que reunió la monumental e imaginativa producción escénica del actor y director francés Thomas Jolly, junto a un elenco vocal de extraordinaria solidez y compromiso.
Empezando por Julieta, la carismática soprano estadounidense Nadine Sierra, quien, en auténtico estado de gracia y en un papel que le viene como anillo al dedo, ofreció una caracterización cercana a la perfección, confirmando por qué es legítimo considerarla una de las grandes intérpretes actuales del personaje. Dotada de un lirismo rico, dúctil y luminoso, respaldado por una sólida técnica, mostró una admirable facilidad en las agilidades del célebre vals de entrada, ‘Je veux vivre’, brillante preámbulo de una interpretación que fue creciendo en intensidad dramática hasta alcanzar su cénit en el aria del acto III ‘Amour, ranime mon courage’, resuelta con una línea de canto depurada, graves bellamente apoyados y una gran riqueza de matices expresivos. Alternando el papel con un enfoque más íntimo, la soprano francesa Vannina Santoni, en su debut en la casa, ofreció una Juliette contenida pero muy cuidada, dotada de una voz de timbre claro y generoso, que supo matizar con gusto y precisión, desenvolviéndose además con naturalidad escénica.
Como Roméo, el tenor mexicano Javier Camarena cumplió con solvencia, aunque sin encontrar en el repertorio romántico francés un terreno especialmente propicio para desplegar todas las virtudes de su vocalidad. Su emisión homogénea, la amplitud de la tesitura y la facilidad en los agudos se vieron acompañadas de un decir refinado, pero el personaje exige una progresión dramática que apenas estuvo en condiciones de ofrecer. Su aria, ‘Ah! Lève-toi, soleil!’, fue más celebrada por su impecable línea vocal que por su intensidad emocional. En la misma parte, el tenor español Ismael Jordi firmó una interpretación de gran éxito, con un Roméo de canto noble, apasionado y seductor, de depurado estilo y perfecta adecuación vocal al papel. Sus dúos con Santoni, de notable química, ofrecieron algunos de los momentos más logrados de la velada.
En el bando de los Montaigu, destacó el debut en la casa del barítono alemán Benjamin Appl, quien, como Mercutio, exhibió una voz elegante y rica en matices, con un canto de exquisito refinamiento, aunque de expresión más contenida. Por su parte, el barítono español Carles Pachón, de temperamento más extrovertido y expresivo, aportó una composición impulsiva y provocadora del primo de Roméo, apoyada en unos medios vocales de gran calidad y una sólida presencia escénica, logrando concentrar la atención en cada una de sus intervenciónes.
En el papel travestido de Stéphano, tanto la mezzosoprano francesa Héloïse Mas como la española Carmen Artaza destacaron por la frescura y agilidad de sus voces, con la primera más ceñida al estilo francés y la segunda aportando un carácter más desenfadado y burlón. Correcto también Pablo Martínez como Benvolio.
En el bando de los Capulet, el bajo-barítono francés Laurent Naouri encarnó a un patriarca autoritario y violento, desenvolviéndose con la naturalidad propia de quien acumula una larga experiencia sobre los escenarios. Como el orgulloso y belicoso Tybalt, el joven tenor polaco Maciej Kwasnikowski mostró un interesante caudal vocal y una entrega absoluta en la composición del personaje, mientras que el español David Alegret, aunque solvente desde el punto de vista vocal, se mostró algo más rígido en escena.
Frère Laurent estuvo excelentemente servido por Roberto Tagliavini y Jean Teitgen. El primero destacó por su esmalte vocal, legato y profundidad de los graves; el segundo por la oscuridad del timbre y la precisión de la dicción. El bajo-barítono David Lagares resultó muy eficaz como Le duc de Vérone, mientras que Sonia Ganassi ofreció una Gertrude de gran autoridad y recursos histriónicos. Excelente fue la breve intervención de Tomeu Bibiloni como le comte Pâris, y correcta la de Josep-Ramon Olivé como Grégorio.
El coro de la casa tuvo un desempeño notable bajo la dirección de José Luis Basso. Al frente de la orquesta titular, Carlo Rizzi realizó una lectura de gran pulso teatral, enérgica y a la vez atenta a la línea lírica, equilibrando con precisión foso y escenario. A tomar o dejar, la producción de Jolly, que se caracterizó por un excesivo despliegue visual y teatral, de fuerte impacto, pero también de excesiva densidad escénica, que en ocasiones restó claridad al desarrollo dramático. El uso constante de dobles, figurantes y presencias fantasmales terminó por diluir algunos momentos íntimos, distraer la atención de lo realmente importante e incluso hizo que los solistas se perdieran en medio de la multitud.
La escenografía de Bruno de Lavenère, dominada por una monumental escalinata negra del Palais Garnier sobre una plataforma giratoria, constituyó uno de los elementos más potentes del montaje, articulando los espacios con fluidez y dando continuidad a desarrollo de la trama. La acción se trasladó a un universo gótico con guiños al imaginario de Tim Burton y a los musicales de Broadway, reforzado por el vestuario de referencias renacentistas y contemporáneas con evocaciones decimonónicas de Sylvette Dequest que, concebido en una paleta dominada por el blanco, el negro y el rojo, contribuyó decisivamente a consolidar el universo imaginado por el director de escena. El tratamiento lumínico de Antoine Travert, basado en contrastes de claroscuro, intensificó el carácter sombrío de la propuesta e incluso llegó a integrar al público en la acción en determinados momentos.
Inspirada en lenguajes del teatro contemporáneo, la producción encontró un eficaz apoyo en las coreografías de la francesa Joséphine Madoki, con uno de sus momentos más logrados en el ballet del cuarto acto, donde un grupo de “Julietas” ataviadas como novias compusieron una imagen de gran fuerza visual y notable impacto escénico. Al caer el telón, el entusiasmo del público hacia los intérpretes fue unánime, mientras que la propuesta escénica generó una recepción más dividida, suscitando tanto aplausos como muestras de desaprobación.

Javier Camarena y Nadine Sierra en Roméo et Juliette © Javier del Real


