Enero 29, 2026. Con una versión orquestal de primer orden, muy buenos solistas y una puesta en escena novedosa e intimista que no molesta, la Opéra-Comique, en la mítica sala Favart, presentó un clásico de la ópera francesa: Werther de Jules Massenet.
La excelencia de la noche estuvo garantizada por el joven, talentoso y múltiple artista que es Raphaël Pichon al frente del Ensamble Pygmalion, que actúa con instrumentos de época. El ensamble fue fundado por Pichon en 2006 y es un extraordinario y dúctil instrumento en las manos del maestro. La versión musical permite descubrir y redescubrir la partitura de Massenet con una lectura a todas luces de excelencia y que puso en valor los diversos colores orquestales, las sutilezas y toda el aura poética de la obra.Pichon fue claro en sus gestos, dirigió con precisión y perfección en los tiempos, y con todo el espíritu francés que la obra requiere.
Pene Pati, con un francés y un fraseo admirable, recreó un Werther de singular belleza y matices. Puede pasar del pianissimo al fortissimo sin mella en su color vocal o en la interpretación. Una noche de triunfo del tenor neozelandés nacido en Samoa en una composición más melancólica y depresiva que romántica.
La Charlotte de Adèle Charvet, una joven mezzosoprano francesa nacida en 1992 en Montpellier, lució compenetrada y profunda. Su color vocal es atrayente, aunque algunos agudos surgieron con algo de tensión. Como es habitual en el personaje, sus mejores momentos estuvieron en el tercer y cuarto actos.
Deslumbrante, la Sophie de Julie Roset. Frescura en la interpretación, agudos y sobreagudos de acero y de rara intensidad. El barítono John Chest creó una Albert refinado y de gran potencia vocal, mientras que fue un lujo tener a Christian Immler como Le Bailli.
Estuvo adecuado el resto del elenco: Carl Ghazarossian (Schmidt), Jean-Christophe Lanièce (Johann), Paul-Louis Barlet (Brühlmann) y Flore Royer (Kätchen). De primera calidad, los seis hermanos menores de Charlotte interpretados por integrantes del Coro de niños de la Opera-Comique.
La puesta en escena de Ted Huffman es intimista, elegante, con economía de movimientos y permite que las complejidades de la trama emerjan gradualmente con inteligencia y simplicidad. Una concepción que no molestó al desarrollo de la excelencia musical de la versión, en la cual Werther no se suicida con una pistola sino que se corta las venas y la sangre va inundando la escena en una solución impactante.
Un rectángulo blanco en el piso que ocupaba casi todo el escenario y paredes negras fueron el gran marco escenográfico, firmado también por Huffman, permanente que es acompañado por algunos muebles y objetos evocan un mundo burgués: sopera, candelabros, mesas y sillas, adornos navideños, y hasta un pequeño órgano al fondo del escenario, que es tocado por el organista de riguroso negro en el acto segundo. Los elegantes trajes contemporáneos firmados por Astrid Klein fueron coherentes con la estética de la puesta, así como la ingeniosa iluminación de Bertrand Couderc.



