Enero 30, 2026. Con la presencia estelar de Anna Netrebko, secundada por un muy buen elenco y una segura dirección musical, la Ópera de París repuso la puesta en escena de Un ballo in maschera de Giuseppe Verdi firmada en 2007 por Gilbert Deflo.
La maestra italiana Speranza Scappucci, de más que interesante carrera internacional, ofreció una versión vivaz y enérgica de la partitura con muy buena interacción entre el foso y el escenario, dando lugar al lucimiento de los solistas, pero a la vez solidez a la versión estrictamente orquestal.
Netrebko en el rol de Amelia volvió a deslumbrar por su potencia vocal, por sus graves perfectos, por la extraordinaria intencionalidad con la que dice casa frase y por sus poderosos agudos. Nada nuevo y todo lo que esperábamos de la gran estrella de la lírica mundial actual que revalida sus laureles cada vez que sube a un escenario.
Matthew Polenzani no abandona su base belcantista que le dio fama internacional para abordar el personaje de Riccardo. Su canto no es estentóreo y eso le hace bien a la composición del rol que en todo caso está más cerca del bel canto que del verismo. Quizás en alguna parte más pesada tuvo que forzar algo la voz, pero eso no anula una muy buena composición vocal con elegancia, muy buena línea vocal y perfectos matices. Étienne Dupuis fue un Renato de alta calidad. Es un barítono confiable que cada vez más se especializa en los grandes roles verdianos que encara con el dramatismo y el lirismo necesario, adecuados matices, bello color vocal, compenetración y estilo.
La soprano Sara Blanch brilló como Oscar. Actuó, cantó y bailó con gran clase con coloraturas y agudos brillantes. Elisabeth DeShong supo sacar buen partido de su Ulrica, con agudos emitidos sin esfuerzo, graves de gran profundidad y adecuada proyección.
Christian Rodrigue Moungoungou (Samuel) y Blake Denson (Tom) aportaron calidad musical, muy correcto Andres Cascante (Silvano), adecuados tanto Ju In Yoon (Juez) como Se-Jin Hwang (Sirviente de Amelia) en sus breves roles. Sin fisuras, el Coro de la Ópera de París preparado en esta oportunidad por Alessandro Di Stefano.
La producción de Deflo es elegante y sobria, pero luce un poco grandilocuente y vacía. Los movimientos escénicos fueron tradicionales y no molestaron, pero tampoco aportaron nada nuevo. Claro que para los tiempos que corren —y ante tanta puesta absurda— las decisiones de Deflo resultaron bienvenidas. Tanto la escenografía como el vestuario de William Orlandi utilizaron en forma constante el blanco y el negro, con vestidos elegantes al estilo de la moda de finales del siglo XIX. Resultaron enormes tanto el águila imperial de los Estados Unidos en un hemiciclo multiuso blanco del primer cuadro, como los tótems levemente diabólicos en la guarida de Ulrica. Solo dos columnas con águilas son el “orrido campo”, mientras que la casa de Amelia y Renato tiene una estatua blanca de Riccardo y no un cuadro además del hemiciclo, esta vez en negro, y un gran jarrón del mismo color. El gabinete del conde es nuevamente el escenario del primer cuadro y, en el famoso baile de máscaras, estuvo toda la escena abierta con seis columnas con águilas. La puesta se completó con la adecuada iluminación de Joël Hourbeigt y la coreografía de Micha van Hoecke.



