Mayo 3, 2026. La ópera Salome, de Richard Strauss, se consolida como uno de los títulos predilectos del público valenciano. En lo que va de siglo, ha podido verse en dos ocasiones en el Palau de la Música (en 2000 en versión de concierto y en 2024 en formato semiescenificado), a las que se suma esta nueva producción en el Palau de Les Arts, donde regresa tras las funciones de 2010 dirigidas por Zubin Mehta con puesta en escena de Francisco Negrín. La actual propuesta reafirma la vigencia de la obra como un espectáculo de alto voltaje artístico, en el que la radicalidad escénica y la exuberancia musical no siempre discurren en perfecta sintonía.
La propuesta de Damiano Michieletto se adentra sin concesiones en los aspectos más oscuros del libreto de Oscar Wilde y la partitura de Strauss. Su lectura, de corte psicológico y opresivo, transforma a Salome en una figura marcada por el abuso y el trauma, alejándola del arquetipo de adolescente caprichosa. La escenografía de Paolo Fantin —una caja claustrofóbica articulada en torno a una plataforma circular— refuerza esta visión, junto a recursos de fuerte impacto como la presencia de una doble infantil o una danza de los siete velos convertida en perturbadora alegoría de abuso sexual. El conjunto, de gran coherencia estética, resulta tan sugestivo como deliberadamente incómodo.
En el foso, James Gaffigan ofreció una lectura de gran riqueza tímbrica y potencia sonora, al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. La respuesta orquestal fue brillante, con especial lucimiento de maderas y metales, aunque el enfoque, más atento al esplendor sinfónico que al pulso teatral, generó ciertos desequilibrios con las voces solistas.
El reparto vocal sostuvo con firmeza la exigente propuesta. La Salome de Vida Miknevičiūtė se erigió en el eje absoluto: una entrega dramática total, voz poderosa, agudos firmes aunque algunas veces casi gritados, culminada en un monólogo final de gran impacto. Nicholas Brownlee compuso un Jokanaan sólido y oscuro, mientras que John Daszak ofreció un Herodes incisivo, más convincente en lo escénico que en lo vocal. Fue notable la Herodías de Michaela Schuster, que cantó su parte sin aparente esfuerzo, así como el bien timbrado Narraboth de Christopher Sokolowski y el paje interpretado por Lioba Braun. Todos los secundarios en un buen nivel, perfectamente integrados en esta impactante Salome que dejó una huella intensa en el público, más inquietante que complaciente.
Teatro lleno, público extasiado y al salir del teatro una tarde de agradable temperatura y claridad espectacular que invitaba a pasear en los jardines contiguos al gran centro operístico de Valencia.


