Mayo 13, 2026. Con la creación mundial de Bartleby, la Opéra Royal de Wallonie Liège se reintegra en la tradición que fue la suya, de revigorizar el género lírico. Promesa de la dirección de la entidad: otras creaciones seguirán.
Sylvain Fort, se las vio y se las deseó (según sus propias declaraciones) para transformar el conocido cuento algo kafkiano y no poco surrealista de Herman Melville (1853) en un libreto operístico. Era en efecto difícil escenificar una historia en la que no pasa nada, llevada por un protagonista cuyo lema en la vida es preferir el no hacer nada (“I prefer not to”, no se cansa de decir el hombre). Se salió muy bien con la suya el libretista manteniendo la lengua inglesa y dando el primer papel al abogado patrón de Bartleby que transformó en “patrona” por mor de “salirse del patriarcado empresarial y adaptarse mejor a la sociedad actual”. Fue ella quien llevó la voz cantante desde un buen principio, dialogando con el joven abúlico o con otros dependientes del notariado y también relatando hechos pasados para mejor poner al espectador al corriente de la situación del muchacho.
Benoît Mernier no parece haber tenido los mismos problemas. Su partitura, expresiva, muy afín a los textos, fluyó sin esfuerzo y si bien no se cansó de dar coces contra el aguijón —batería y metales graves en cantidad—, como para querer despertar al protagonista del profundo sueño en el que parece hundido, en algunos momentos y en particular en un par de secuencias con Bartleby solo en el escenario, moderó el compositor su fuga y ofreció pasajes líricos, no exentos de morbidez, de muy alto vuelo.
En total, uno y otro dieron con esta nueva versión teatral del relato americano una visión actualizada que sigue manteniendo en vilo al lector (aquí “espectador”) hasta su término.
Karen Kamensek en el foso puso furia donde se le pedía y, tal vez con mayor fervor, suavidad y lirismo en momentos de reflexión del complejo personaje. El contraste fue sobrecogedor. Se sabe que el director de escena, Vincent Boussard, que se ocupó también del vestuario, pudo trabajar su obra con el equipo de creación de la obra. Ello dio, con el concurso de la escenografía de Vincent Lemaire —lineal, recia, elegante, inflexible como Bartleby— un todo coherente y de muy buena ley.
En el escenario triunfaron la soprano Patricia Cioffi (the Lawyer), mandona, enternecida, compasiva, generosa y Edward Nelson (Bartleby), de timbre cristalino, fonética inmejorable, seguridad en el canto y en el gesto. En suma, una pareja ideal para defender a la perfección estos dos extraños papeles.
Damien Pass (Turkey), Santiago Bürgi (Nippers) , Gustave Harmegnies (Ginger Nut) —dependientes del despacho notarial— y Buno Silva Resende (The Guard) —guardián del sanatorio previsto para el protagonista— se salieron con gracia y estilo de sus cometidos vocales y dramáticos. El coro se mostró impecable en sus sutiles intervenciones fuera del plató.
Otra cosa fue la representación de La voix humaine de Francis Poulenc, en la que mostró su autoridad el director de escena Vincent Boussard, transformando el delicado momento de una difícil separación trazado con suma fineza por Jean Cocteau en el delirium tremens de una asesina: desde un buen principio entiende el espectador que “Elle” ha matado por despecho a su amante, lo mantiene muerto en su cama y le brinda un monólogo desarticulado, cruel por momentos, porque esta vez sabe de la irreversibilidad de los sentimientos de su amado. Anna Caterina Antonacci (Elle), desligada de la obligación de mantener el teléfono en la mano durante todo el diálogo (aquí convertido en un monólogo) pudo actuar con mayor libertad. Lo hizo con autoridad, respetando los textos, por supuesto, pero adoptando tonos de voz adaptados a la situación propuesta por el director de escena, vale decir con fuerza extrema, ironía también, exentos de toda duda, de toda esperanza, de toda fineza.

Anna Caterina Antonacci en La voix humaine de Francis Poulenc © J. Berger


