Sondra Radvanovsky en Barcelona

Mayo 6, 2021. Hacer en un mismo programa las tres escenas finales de la llamada «trilogía Tudor» de Donizetti y salir con bien del mismo es sin duda una hazaña al alcance de pocas cantantes. Es lo que ocurrió con Sondra Radvanovsky, a quien el público además adora. La reseña podría terminar aquí, o agregando que era un placer mirar ese teatro lleno (con los parámetros que permite la pandemia) y encandilado. Pero obviamente es muy poco, y entonces agreguemos algunas consideraciones. 

Por ejemplo, que un programa así construido, y para colmo sin pausas (una hora y tres cuartos aproximadamente) no sólo es un riesgo para una soprano, sino que se resiente por la uniformidad en la construcción (coro, escena, recitativo, aria, tempo di mezzo con intervención de coro y solistas, cabaletta final con coro. Si le agregamos que a cada una de las escenas las precede la obertura de las respectivas óperas no sólo la teatralidad de cada fragmento (en especial de los dos últimos) se resiente y lo que son el clímax teatralísimo de los tres títulos tiende a parecer algo monótono por más que exista una especie de puesta en escena con rico vestuario para la protagonista y sobrio para coro y otros solistas (con tendencia pronunciada al negro) y una iluminación que salvo el toque de color al fondo de la escena es más bien tenue o sombría, obra de Rafael Villalobos

El coro lució a un buen nivel, preparado como siempre por Conxita García, y también lo hizo la orquesta dirigida por Riccardo Frizza (con la particularidad de que el conjunto tuvo un momento en Maria Stuarda en que pareció descender a niveles anteriores y el maestro pasó de una muy buena lectura de la ‘sinfonia’ de Anna Bolena a una buena de la Stuarda y luego a una poco convincente de Roberto Devereux).

Entre los solistas destacaba Gemma Coma-Alabert, en particular en las frases finales de Sara en el Devereux. Marc Sala estaba mejor en Percy que en el Roberto de la Stuarda, y las intervenciones de otros se limitaban a alguna frase, aunque Carles Pachón logró hacerse notar en Cecil y Nottingham.

La soprano tiene su reconocida voz de enorme potencia y una musicalidad que a veces presenta notas calantes o crecientes, alguna inseguridad en la afinación, y esos graves artificiales (en verdad nada bellos, en concreto en momentos de Maria y Elisabetta) y una expresividad no siempre feliz, en particular en Elisabetta aunque se preocupaba incluso por cojear. Sobre el gusto de alguna varación, su valoraciòn depende, precisamente, del gusto de intérprete y público. Lo mejor fueron las bellas notas filadas y un agudo sólido que sobre todo en la nota final de Stuarda (pero también al final del Devereux) se aproximaba peligrosamente al grito. Pero evitó por suerte aquellos horribles glopes de glotis che hasta no hace mucho (e incluso ahora) se consideraban ejemplo de intensidad dramática.

Scroll al inicio