Don Giovanni en Madrid

Enero 7, 2021. Esta puesta en escena de Don Giovanni, estrenada en el Festival de Salzburgo en 2008 y de repertorio en la Ópera Estatal de Berlín desde 2012, es la cuarta propuesta escénica de la ópera de Mozart que se ha visto en el Teatro Real desde su reapertura (1997). Las tres anteriores (2000, Thomas Langhoff; 2005, Lluis Pasqual; 2013, Dmitry Tcherniakov) fueron rápidamente olvidadas por la mayoría, a pesar de haber levantado ampollas entre público y crítica. 

Creo que estas 15 funciones, en plena pandemia, permanecerán en la memoria de todos los que hayan podido verla. En el plano musical, la Orquesta Sinfónica de Madrid, bajo la dirección de Ivor Bolton, tuvo una sonoridad mozartiana plena desde la obertura magníficamente interpretada y un todo imbricado, con tempi un tanto pausados con lo que pasaba sobre el escenario. El director británico tuvo química con el régisseur Claus Guth y ambos hicieron de los recitativos el gran tesoro de la propuesta escénica, que requiere de los intérpretes una gran prestancia escénica y musical. Esas partes, que muchos ven como el precio a pagar por escuchar la maravillosa música de Mozart y de otros compositores barrocos y clásicos, toma el primerísimo valor que siempre ha tenido. Son dichos de tal manera, con silencios e interrupciones, que hacen comprensible no solo lo que dicen sino por qué lo dicen. Así, lo monótono se convierte en una joya. 

Para dar vida a estas partes, las recitadas, se requiere un talento como el de Guth, capaz de indagar en los motivos más profundos del texto y de la música. No cabe duda que es una personal apuesta del camino andado, pero sin duda es una propuesta que, después de 12 años, sigue siendo fresca y echa luz en zonas poco exploradas de los personajes que Lorenzo Da Ponte bosquejó para la ópera. Aquí todo ocurre en una bosque, donde además de los árboles hay una parada de autobús. La escenografía está plantada sobre una plataforma giratoria, lo que permite a Guth crear diversas perspectivas e ir haciendo del bosque un continuo más grande de lo que realmente es. Así, encontramos un camino por donde aparecerá un coche y también la juvenil pandilla de Zerlina y Masetto. Otro elemento escenográfico es un columpio, utilizado por Zerlina en dos momentos (el dueto con Don Giovanni, ‘Là ci darem la mano’ y el aria ‘Batti, batti, o bel Masetto’). 

Don Giovanni, en esta propuesta, ha sido despojado de toda nobleza. Sin duda la tuvo pero está en sus horas más bajas y sabe que va a morir muy pronto. En la obertura somos testigos, como en flash forward, de la herida que el Comendador la ha infligido. De esta manera Guth nos presenta la obra como si presenciamos las últimas horas de vida del protagonista, haciendo lo que más le gusta: drogado y buscando sexo en una zona de cruising. No hay palacio, no hay banquete ni máscaras. Don Giovanni y Leporello consumen fast food y todos los que acuden al bosque por la noche llevan “puesta” la personalidad que da prioridad al primario impulso del placer sexual. 

Algunos personajes son más problemáticos para esta propuesta (Don Ottavio y Masetto, por ejemplo) pero otros ganan mucho (Donna Elvira, Don Giovanni y Leporello). Desde luego, hace falta que los intérpretes sean, además de maravillosos cantantes, estupendos actores. El elenco de esta noche cumplió con creces ambas facetas, colocándose por delante las tres mujeres. La soprano rumana Adela Zaharia (Donna Anna) tiene un hermoso timbre y las agilidades bien pulidas y homogeneidad en todo el registro de su instrumento. La italiana Federica Lombardi aunó a la bella carnosidad de su voz el calor y color adecuado de la explosiva personalidad de Donna Elvira, muy aplaudida tras el aria vienesa ‘Mi tradì, quell’alma ingrata’. La joven soprano valenciana Marina Monzó parangonable a sus compañeras como una deliciosa y perversa Zerlina. Fue interesante escuchar cómo, con intención y frescura, se dibuja una línea coherente a un personaje ambivalente. 

El personaje que da nombre a la ópera fue impecablemente cantado por el barítono austriaco Adrian Eröd, bien entonado y con un instrumento más lírico a lo que se acostumbra en las últimas décadas. Como Leporello el bajo-barítono croata Marko Mimica “le robó cámara” en el aspecto histriónico, sin menosprecio a su bien timbrado instrumento, como dejó patente en los varios matices que hizo con la famosa página del catálogo. Al tenor Airam Hernández (Don Ottavio) la bastó ‘Dalla sua pace’ para mostrar que es un cantante riguroso, de hermoso timbre y bellas maneras. El bajo-barítono estadounidense Cody Quattlebaum, intérprete de Masetto,no estuvo a la altura de sus compañeros. La voz no corre bien y “desaparecía” en los concertantes. Estupendo, el Commendatore del bajo croata Goran Jurić, cuya voz cavernosa y atronadora es lo que uno imagina de ese personaje. El Coro titular del teatro, preparado por Andrés Máspero, brillante en su corta intervención. 

La propuesta escénica de Claus Guth y la escenografía de Christian Schmidt, excelentemente iluminada por Olaf Winter, es más apegada a la versión vienesa. Se suprime el aria ‘Il mio tesoro’, el dúo Zerlina-Leporello y el moralizante final. El espectador debe pensar en el simbolismo de los pocos elementos que aparecen en el oscuro bosque y echar a andar la imaginación con la libertad que los propios personajes cantan. En mi opinión, es la más estimulante propuesta de Don Giovanni que se haya visto en el Teatro Real desde su reapertura. 

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