Mayo 7, 2026. Para cerrar su temporada 2025-26, la Ópera de Montreal propuso una acertada producción de la taquillera Carmen de Georges Bizet, título ausente de su cartelera desde 2019, en una nueva producción escénica proveniente de la Edmonton Opera y un reparto vocal de buen nivel compuesto en su mayoría por intérpretes canadienses.
Las principales satisfacciones de esta reposición provinieron de las voces. Conocedora del papel a la perfección, la mezzosoprano Rihab Chaieb se movió como pez en el agua como la cigarrera gitana, parte que vocalmente le calzó a la perfección y le permitió alardear de una voz de cálido esmalte, línea homogénea en todo el registro, flexibilidad e intencionalidad en el decir.
En lo estrictamente actoral, convenció menos. Las marcaciones de la directora de escena no supieron explotar toda la carga sensual de su personaje, presentándola más como una muchacha corriente que como esa gitana irresistible capaz de trastornar a cuantos hombres la rodean; cuesta creer, así, que esta Carmen provocase la fascinación que desencadenaría la tragedia final. La propuesta escénica terminó haciendo que el trabajo de la mezzo tunecino-canadiense resultara encorsetado y visualmente poco estimulante. Chaieb tuvo que conformarse con exponer toda su fuerza seductora únicamente a través de su canto, condicionada por unas marcaciones excesivamente estáticas, perdiendo una valiosa oportunidad de demostrar que es una de las mejores y más completas intérpretes de Carmen de la actualidad.
A su lado, el tenor mexicano Arturo Chacón-Cruz fue un Don José solvente, apoyado en una voz lírica, lozana, homogénea y luminosa, capaz por momentos de alcanzar apreciables dimensiones dramáticas. Su buena proyección, facilidad para moverse en el registro agudo y un fraseo siempre expresivo, le permitieron defender con autoridad un personaje —el de un militar progresivamente arrastrado hacia el contrabando y la degradación— que encontró en él un intérprete creíble y comprometido.
Cantante honesto, nunca recurrió a artificios para oscurecer ni engrosar artificialmente el color de su instrumento en busca de un dramatismo ajeno a su naturaleza original de tenor lírico. Brilló a más no poder en el dúo ‘Parle-moi de ma mère!’, terreno fértil para el lucimiento de su rico legato, y convenció en la famosa aria ‘La fleur que tu m’avais jetée’, servida con un canto refinado, emotivo y generoso de exquisitas medias voces.
La joven soprano canadiense Magali Simard-Galdès supo sacar buen partido de la bellísima escritura de la parte de la prudente campesina Micaëla, de la que ofreció una composición correcta, voluntariosa y desenvuelta. Muy comprometida en su aria ‘Je dis que rien ne m’épouvante’, hizo maravillas en este momento del tercer acto, particularmente conmovedor, gracias a una interpretación de gran sensibilidad y a una voz límpida, luminosa, de agudos brillantes y emisión cuidada, cualidades que le valieron una merecida ovación del público.
Completando el cuarteto principal, el barítono mexicano Ethan Vincent dejó una grata sorpresa en su debut en la casa, componiendo un viril torero Escamillo de gran prestancia y compromiso, con una voz oscura, amplia, robusta y unos graves ricamente esmaltados.
Los personajes secundarios fueron perfectamente cubiertos por elementos locales. Como las cómplices de la gitana, Frasquita y Mercédès, la soprano Emma Fekete y la mezzo Tessa Fackelmann lucieron voces sonoras y bien proyectadas. Muy bien plantados y cómicos, tanto el Dancaïre del barítono Jamal Al Titi, como el Remendado del tenor Rocco Rupolo, cumplieron sobradamente sus cometidos como la dupla de contrabandistas. Un lujo desmedido fue contar con el carismático bajo-barítono Stephen Hegedus a cargo de la parte del teniente del regimiento Zuniga. Correcto, sin más, el cabo Moralès del barítono Dante Mulli Santone.
El coro de la casa, dirigido oficiosamente por Claude Webster, se escuchó preciso, afinado y siempre controlado. Al frente de la orquesta metropolitana, Jean-Marie Zeitouni obtuvo un excelente rendimiento del conjunto, especialmente en los preludios, que sonaron vivaces, dinámicos y plenos de energía. Subrayando cada detalle y color de la exuberante partitura de Bizet, Zeitouni supo asimismo acompañar con precisión a los cantantes, manteniendo siempre un equilibrio claro entre foso y escena.
La producción escénica, procedente de la Edmonton Opera, fue austera pero efectiva. De líneas tradicionales, enmarcó la acción sin sobresaltar al público más conservador de la sala. Teatralmente, la dirección de la joven directora canadiense Anna Theodosakis resultó pobre en ideas, tanto en su trabajo con los solistas como con las masas corales. El único punto relevante de su trabajo fue el paralelismo entre el feminicidio y el ritual taurino, con el que construyó la escena final. Tampoco sus coreografías aportaron gran cosa al espectáculo.
Olvidable resultó, asimismo, el trabajo del iluminador David Fraser, con un tratamiento lumínico poco elaborado e impreciso, que en ocasiones dejó a los cantantes sumidos en la oscuridad. Apuntalaron la vertiente visual los decorados minimalistas y funcionales de Camelia Koo y el vistoso vestuario de la diseñadora Deanna Finnman. Una vez caído el telón, el público, entusiasta y ávido de aplaudir, tributó una cálida ovación a los cantantes, principales artífices del éxito de la velada. De este modo, la Ópera de Montreal puso un broche de oro a una temporada 2025-26 marcada por sus numerosos aciertos artísticos.


