Mayo 19, 2026. En un concierto excepcional, transmitido en vivo por Mezzo y Medici, y que recorrerá otras ciudades, tuvo lugar la esperadísima audición del Requiem verdiano, una obra que se agiganta con el paso del tiempo, una vez superados prejuicios y tonterías sobre su presunto carácter “operístico”. Giuseppe Verdi no renuncia a ser Verdi cuando escribe música religiosa, ese es otro cantar. Máxime, con una personalidad tan poco convencionalmente “religiosa” (como se entendía el término en la Italia de su tiempo, y no solo ni tampoco solo entonces).
Escuchar a la Staatskapelle de Dresden es siempre una experiencia importante por la perfección de sus diversos grupos (con unos metales imbatibles) y por su adecuación a las indicaciones del director. Daniele Gatti tiene en esta obra uno de sus caballos de batalla, la conoce al dedillo y, aunque su gesto a veces resulta algo intimidante, tiene una concepción absolutamente “laica” de esta obra, que la aleja del etéreo místico para llevarnos a una robusta realidad casi pesimista, pero también a unos momentos líricos de esperanza notables.
Desde este punto de vista, frente a los más previsibles ‘Dies irae’ o ‘Libera me’, para citar dos ejemplos clásicos, el momento más emocionante ha sido tal vez ese ‘Lux perpetua’ que contó con el canto perfecto de Elīna Garanča, de los cuatro importantes solistas, la que pareció, salvo un volumen algo contenido en algunos momentos, la más completa de todos. Ya desde el ‘Liber Scriptus’ impuso su clase.
Eleonora Buratto puso de relieve su importante patrimonio vocal, con buenos agudos (alguno calante, la soprano parecía algo nerviosa), notables piani y algún grave demasiado exigente para su voz (los del ‘Libera me’). Sus mejores momentos se encontraron principalmente cuando cantaba en dúo con la mezzo.
Benjamin Bernheim no tendrá la voz más preciada para un tenor verdiano, pero en este terreno ha estado mucho más convincente que en las interpretaciones anteriores que le he oído. Si la voz es algo metálico todas sus intervenciones fueron buenas (al ‘Ingemisco’ le faltó algo de fervor), y la más notable ‘Hostias et preces’). Se anunció antes de comenzar que el bajo Riccardo Zanellato había estado resfriado, pero solo se advirtió en un timbre algo más velado que otras veces; por el resto su intervención fue más que satisfactoria destacando en ‘Mors stupebit’.
El Orfeó Català preparado por Xavier Puig demostró por otra parte su gran valía, aunque el ‘Sanctus’ podría mejorar en matices, volumen y sonido compacto.
La sala estaba a rebosar, en infrecuente silencio (aunque no total: alguien tiene siempre que dar la nota, pero por suerte no se oyeron teléfonos). El éxito fue clamoroso.


