Mayo 19, 2026. En coproducción con el Palazzo Bru Zane y en asociación con Oper Dormund, la Opéra National de Bordeaux ha resucitado esta obra de Augusta Holmès (1847-1903), compositora francesa, prolífica, autora de gran cantidad de melodías, algunas sinfonías, otros tantos poemas sinfónicos y no menos de cuatro operas.
La montagne noire (La montaña negra), con libreto de la propia compositora, fue estrenada en la Opéra de Paris en 1895. No parece haber sido nunca repuesta. Trata la obra de una tentativa del pueblo montenegrino para salirse de la custodia del imperio turco, asunto político reciente entonces, dado que Montenegro se había librado de la dependencia efectiva de Estambul en 1883. A la cuestión política, la ópera sobrepone un problema sentimental: el drama de la traición de un héroe montenegrino (Mirko), seducido por Yamina, una esclava turca, su prisionera, de dudosa fidelidad a pesar de sus declaraciones amorosas, con la que huye abandonando a Helena, su prometida cristiana, y a su hermano de sangre Aslar, infatigable ayuda contra el turco. Muere el héroe al final acompañado en su último viaje, ni por Helena, ni por Yasmina sino por el citado Aslar.
Patria, honor y deshonor, familia, muerte —aquí en un ambiente de contienda religiosa—, conceptos ya muy usados por los compositores románticos, empezaban ya a salirse de la moda de lo lírico en el momento de la creación de la obra.
La música de Augusta Holmès más parece interesada en ilustrar la grandiosidad del gesto de los protagonistas masculinos que de los delicados sentimientos nacidos entre el independentista y la inquietante esclava turca. Se trata de una música poco inclinada hacia la melodía, hacia la canción. Es ilustrativa (por no decir verista) en contadas ocasiones: se delecta en el recitativo, presenta momentos corales maravillosos y se sirve con frecuencia de cuerdas y metales graves. Vale decir que es de factura más bien francesa y nos acerca a Camille Saint-Saëns en los momentos líricos (en Yasmina algo hay de Dalila) y a Les troyens de Berlioz o a Sigurd de Ernest Reyer, en particular durante las fases heroicas.
Al frente de la Orchestre National Bordeaux Aquitaine, Pierre Dumoussaud dirigió con mano de acero en guante de terciopelo el foso, los solistas y el coro de la casa —apláudase el trabajo vocal y dramático de los coristas todos bien preparados por Salvatore Caputo—, con sobriedad durante los recitativos, con fervor en las fases sinfónicas de manera a dar a cada césar lo suyo. En fases comprometidas de la partitura, los cantantes todos debieron agradecer su ayuda.
A la sorpresa —muy agradable— del descubrimiento de la obra, se añadió el de la puesta en escena. Aunando coraje a su consabida experiencia, Dominique Pitoiset logró un magnífico contrapié haciendo creer al público que llenaba por completo el auditorio de Burdeos, que iba a presenciar tan solo una especie de ensayo con grabación audio de la obra. Y así empezó la noche como una velada de presentación concertante: vestuario de calle, botellines de agua para los cantantes, asistentes por todas partes yendo y viniendo por el escenario (sin interferir en la música)… Poco a poco la desenvoltura de unos y otros se fue transformando en acción teatralizada, atrezo y vestuario fueron apareciendo… y finalmente el público acabó integrándose en aquel mundo de heroísmo, de fidelidad patriótica, de sentimientos amorosos también, gracias al efecto combinado de la transformación paulatina del plató y con ella la progresión del dramatismo aportado por la música y las voces.
En el año 2026 esta obra —de preciosa factura, pero, acéptese, de otra época— solamente se podía representar con éxito cogiendo al público desprevenido, por sorpresa, e integrándolo paulatinamente en la acción, tal y como lo hizo Pitoiset. Una hazaña teatral como pocas.
Si bien las seis voces fueron todas de primera calidad, por la cantidad y la duración de sus intervenciones, por la amplitud de su tesitura, por la rareza de su emisión —grave y rugosa— fue la mezzo Aude Extrémo (Yamina), quien se llevó merecidamente la palma de la noche. No le fue a la zaga Julien Henric (Mirko), su héroe enamorado, tenor de escuela francesa, respetuoso de la fonética, muy a gusto en los recitativos, heroico y también lírico por momentos.
A su lado, el veterano Tassis Christoyannis (Aslar) aportó seguridad, firmeza y temple. Su elegante dicción se conjugó magistralmente con la del tenor en sus numerosos dúos. Marie-Andrée Bouchard-Lesieur (Dara), la madre infortunada del traidor enamorado, ensalzó con gran aplomo el patriotismo de los suyos y renegó con fuerza a su hijo por traicionar la patria, en un momento de gran emoción.
Completaron el reparto a muy buen nivel Helène Carpentier (La desdichada Helena), de voz suave pero muy segura y precisa, y Guilhem Worms (Le Père Sava), que con voz de trueno impuso la autoridad de lo religioso a tirios y a troyanos.


