La fille du régiment en Málaga

Mayo 22, 2026. Con la La hija del regimiento, el Teatro Cervantes de Málaga pone fin a su temporada de ópera. Sin duda una de las creaciones más emotivas de la última etapa del compositor italiano Gaetano Donizetti (1797-1848), que supo encontrar en París la clave para obtener el éxito inmediato ante el nuevo público. Con su peculiar mimetismo, consiguió adaptar sus ideas de la música italiana al género cómico francés.

El estreno de la ópera, en dos actos y con libreto en francés de Verenoy Saint-Georges y Jean -Francois Alfred Bayard, tuvo lugar en la Opéra-Comique de París el 11 de febrero de 1840. El éxito fue absolutamente abrumador. Con ese tono pícaro y humorístico que no hizo sino avivar la llama del “patrioterismo” gracias empero a la exaltación del regimiento, hasta el punto, incluso, de que durante todo el siglo XIX era corriente en Francia representarla en los teatros el día 14 de julio, fecha del aniversario de la toma de la Bastilla. 

La obra, que había sido condenada al ostracismo durante los años posteriores a la I Guerra Mundial, reapareció por la tantas veces citada “Donizetti Renaissance”. Gracias a la felicísima actuación en 1966 de Luciano Pavarotti, la ópera se convirtió en el vehículo de lucimiento y piedra angular para el tenor que demostró robustez y flexibilidad en la región aguda, exhibiendo los nueve “Do de pecho” en la caballeta del primer acto. Así nos han seguido deslumbrando tenores de la talla de Alfredo Kraus, José Sempere o el australiano Anson Austin. 

Es posible que el hecho de ser una ópera exigente, tanto en la concepción como en la vocalidad, o que pretendan encontrar siempre un elenco ad hoc, pueda hacer que le cueste hacerse un hueco entre las mejores. Lo único irrefutable es el inmenso cariño con el que se reciben y se acogen “siempre” las óperas de Donizetti.

Con todo, esta Hija del regimiento llegó al Cervantes de Málaga, en la producción del Teatro Villamarta, con un montaje muy colorista (“gracioso”), con un marcado acento andaluz, de la mano del director malagueño Javier Hernández.

La batuta fue para el también malagueño Salvador Vázquez, quien realizó un estupendo trabajo, con buena relación del foso con los cantantes, con el coro, así como con la sección de ballet, perfectamente dirigida por la granadina Zaida Ballesteros. De aplaudir, el trabajo de la Orquesta Filarmónica de Málaga con esa “exquisita obertura”, así como la labor de Pablo Moras en la dirección coral. Mención especial al vestuario de Gabriela Salaverri.

La dama aristocrática, la implacable Marquesa de Berkenfield, estuvo representada por la más que contrastada mezzosoprano cántabra Marina Pardo, que mostró siempre autoridad tanto en lo canoro como en lo actoral que el público supo reconocer. Javier Franco, el coruñés, fue un verdadero Sulpice de bello timbre y línea de canto muy noble, magnífico. El almeriense Juan de Dios Mateos, tenor lírico-ligero donde los haya, salió en busca de su amada sin ningùn amilanamiento, haciendo gala de un bello timbre y buen fraseo. El aria y caballeta del primer acto, ‘Ah,mes amis quel jour de fête’, resultó no ser tan temible, aun sin los agudos (que cimbran lámparas de teatros) sacó músculo y rubricó una muy buena actuación. 

Rocío Pérez estuvo realmente soberbia. La soprano madrileña, una veterana a pesar de su juventud, mostró su habitual desparpajo, una magnífica actriz de bello timbre, buen fraseo y muy buena técnica. Firmó uno de los momentos más tiernos de la noche, el lamento del final del primer acto, junto a un susurrante coro, ‘Il faut partir’ que arrancó los aplausos del público.

De aplaudir, el trabajo de Luis Pacetti en el rol del criado de la Marquesa, Hortensius, así como el resto del elenco, figurantes y bailarines.

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