Agosto 15, 2026. Durante las primeras décadas del siglo XIX, la demanda de música era muy fuerte en el mercado, pero no existía ninguna forma de volver a escuchar, mediante algún tipo de soporte, aquello que tanto se había disfrutado en el teatro o en las salas de concierto. De ahí nació todo un repertorio de arreglos y transcripciones de obras de mayores dimensiones, reducidas para conjuntos instrumentales más pequeños, que podríamos definir como el Spotify de comienzos del siglo XIX.
Aprovechando esta necesidad, se pensó en Rossinimania: la sección que permite al Rossini Opera Festival (ROF) salir cada año de sus cauces habituales y dar espacio a repertorios y formatos musicales inéditos, transcripciones históricas y combinaciones instrumentales insólitas, a través de los cuales explorar la música de Gioachino Rossini y el universo cultural que lo rodeaba.
El resultado fue el concierto titulado: Rossini à Paris, que presentó un programa de rarísima ejecución, extraído de dos colecciones, ambas publicadas en la década de 1820. Este concierto fue sui generis, pues se espera que en cualquier actividad o concierto propuesto por un festival de ópera haya voces involucradas. Sin embargo, en Rossini à Paris no hubo un solo cantante. La ópera, eso sí, estuvo presente ¡y de qué manera!
Se trató de una interesante colaboración entre el guitarrista Eugenio Della Chiara, nacido precisamente en Pésaro en 1990 y reconocido experto en su instrumento, y el pianista, director y docente español Rubén Sánchez-Vieco.
Rossini à Paris fue una manera de volver a escuchar la música de Rossini del mismo modo en que la escuchaban los parisinos, los burgueses y los amantes de la música de las grandes capitales europeas. Della Chiara aseguró que no siempre se podía acudir al teatro, pero casi siempre existía la posibilidad de interpretar estos arreglos, que llevaban un gran espectáculo como la ópera al reducido espacio del salón doméstico.
Por ello, el programa estuvo dedicado a transcripciones de oberturas de las óperas de Gioachino Rossini realizadas por el guitarrista y compositor Ferdinando Carulli (Nápoles 1770 – París 1841), así como a las músicas de ballet incluidas en la ópera Moïse et Pharaon, transcritas por Matteo Carcassi (Florencia 1796 – París 1853). De este modo, la dimensión instrumental, armónica y melódica resulta todavía más evidente e importante que en un concierto clásico con cantante: aquí, el instrumento lo es todo.
Y para hacerlo aún más auténtico, Della Chiara, artista de Naxos desde 2024 y con una importante cantidad de grabaciones a sus espaldas, tocó una guitarra antigua, típica de la época. Por su parte, Sánchez-Vieco, coordinador de la preparación musical y pianista de la Accademia Rossiniana “Alberto Zedda”, tocó el fortepiano, el instrumento que se encontraba en las casas burguesas del siglo XIX y que fue el antecesor del piano.
El programa incluyó las sinfonías de Tancredi, Semiramide, Armida y, para concluir la función de matiné, La gazza ladra, ejecutadas con enorme precisión, intención dramática, conocimiento del estilo rossiniano y mucho virtuosismo. No es sencillo condensar toda la energía de los finales rossinianos en apenas dos instrumentos de volumen discreto como la guitarra y el fortepiano. Entre las sinfonías, además, se interpretaron de Moïse et Pharaon la ‘Premier Air de danse’ y la ‘Deuxième Air de danse’.
Ambos artistas demostraron ser verdaderamente solventes en la ejecución de sus respectivos instrumentos y crearon un ambiente muy íntimo que, sin duda, valió la pena. Se trató de una faceta de la música de Rossini que difícilmente viene a la mente cuando se piensa en sus oberturas.
Al finalizar el concierto, una marea de aplausos provocó tres bises. El primero fue la repetición de una de las danzas de Moïse et Pharaon; después, el segundo movimiento de la sonata para arpeggione de Franz Schubert, por tratarse de un instrumento clásico de la época en la que Rossini vivió en París. Y como el público del ROF no dejaba de aplaudir, repitieron la sinfonía de Tancredi, en palabras de Della Chiara, como homenaje a Alberto Zedda, quien tantas veces la hizo escuchar mientras vivió.


