¿Qué hace falta para que un amor no correspondido sea de repente correspondido? ¿Una poción mágica? ¿Una dosis de valentía? ¿O simplemente ese momento en que dos personas dejan de fingir frente a la otra? Casi 200 años después de su estreno, El elixir del amor de Gaetano Donizetti no ha perdido vigencia. Bajo la aparente ligereza de la comedia se esconden reflexiones sobre el amor, la autoestima, el engaño y el anhelo de ser amado.
La historia
Nemorino está enamorado de la segura de sí misma Adina, pero ella lo rechaza inicialmente y, en cambio, dirige su atención al vanidoso Belcore. Desesperado, Nemorino compra una supuesta poción de amor al charlatán Dulcamara (poción que en realidad no es más que vino) y espera a que haga efecto. Cuando todas las mujeres comienzan a interesarse repentinamente en él, cree que la poción está funcionando; en realidad, simplemente se han enterado de que Nemorino, inesperadamente, ha heredado una fortuna. Finalmente, Adina reconoce sus propios sentimientos por él, lo libera de su contrato militar y le confiesa su amor.
La producción
En el Festival de Bregenz, la directora de escena finlandesa Anna Kelo revitalizó por completo la ópera. El pueblo italiano del siglo XIX se convierte en una escuela, mientras que los protagonistas se transforman en un grupo de jóvenes que buscan el amor, la identidad y un sentido de pertenencia. Inspirada en parte por la serie de Netflix Sex Education, Kelo creó un mundo escolar repleto de smartphones, selfies y videos de TikTok. Interpretó explícitamente L’elisir d’amore como una historia de iniciación sobre el autodescubrimiento, la sexualidad, el primer amor y las inseguridades de los jóvenes.
Esta transposición funcionó sorprendentemente bien y puede ofrecer a las nuevas generaciones una manera más directa de acercarse a la ópera de Donizetti. Sin embargo, resultó menos convincente el constante bullicio en escena, especialmente durante la famosa aria de Nemorino ‘Una furtiva lagrima’. El tenor croata Emanuel Tomljenović cantó el aria con emotividad, naturalidad y gran soltura lírica, mientras que numerosas acciones paralelas distrajeron tanto la atención del intérprete como la de la música.
En este caso, la puesta en escena perjudicó a Donizetti en lugar de favorecerlo: la quietud dramatúrgica no significa estancamiento. Al contrario, crea contraste, centra la atención y permite que las emociones se desarrollen. Cuando la acción constante carece de contrapeso, el movimiento mismo comienza a perder su efecto.
Decorados y vestuario
La escenógrafa finlandesa Tinde Lappalainen creó un mundo escolar colorido y lúdicamente exagerado, con reminiscencias de los años 70 y 80, así como de la cultura rap. El patio y las gradas del primer acto dieron paso, tras el intermedio, a la fiesta de Adina. Los pantalones de Nemorino, cubiertos con unas 700 lentejuelas en forma de corazón, sin duda llamaron la atención, pero contribuyeron poco a una caracterización más matizada. El voluminoso abrigo de Dulcamara, repleto de bolsillos que contenían sus supuestos remedios milagrosos, resultó mucho más convincente y lo identificó de inmediato como una suerte de padrino del rap.
La chaqueta de cuero rosa de Adina y, posteriormente, su vestido de lentejuelas, la hicieron parecer más una influencer que una joven segura de sí misma. Giannetta, en cambio, experimentó una interesante transformación visual, pasando de ser una punk en el primer acto a una joven elegante tras el intermedio.
Orquesta
La enérgica concertadora italiana Danila Grassi dirigió a la magnífica Orquesta Sinfónica de Vorarlberg con gran ímpetu a través de la partitura. Los tempi fueron frecuentemente muy rápidos, a veces casi excesivos, y la orquesta ocasionalmente opacó a las jóvenes voces. Al mismo tiempo, Grassi posee un excelente sentido de la dinámica a gran escala. Extrajo de la orquesta tanto un forte potente y resonante como piannisimi atmosféricos, algo particularmente impresionante en ‘Una furtiva lagrima’, en el aria de Adina, ‘Prendi, per me sei libero’, y en la escena coral final que rodea a Giannetta.
Las voces
La producción se desarrolló dentro del Estudio de Ópera del Festival de Bregenz en cooperación con el concurso internacional de canto Neue Stimmen (Nuevas voces) de la Fundación Liz Mohn. El proyecto ofrece a los jóvenes cantantes la oportunidad de preparar papeles importantes del repertorio en condiciones profesionales. Este conjunto se distinguió por su agilidad vocal, buen legato, control de la respiración, claridad textual y un fuerte sentido del ritmo cómico.
El elenco estuvo magníficamente preparado y transmitió una alegría constante al cantar y actuar; todo el equipo de entrenamiento y preparación merece un gran reconocimiento. La armenia Iana Aivazian, que posee una hermosa y ya bastante rica voz de soprano, además de un buen legato, interpretó a Adina. Sin embargo, para la ligereza que exige el papel, su voz a veces sonó algo pesada. Sus pasajes de coloratura parecían apresurados en lugar de bien definidos, y su entonación no siempre fue del todo precisa. Dinámicamente, se desearía una ligereza más juguetona. Su mejor momento de la noche llegó con ‘Prendi, per me sei libero’, donde mostró mayor calma y refinamiento musical.
El mencionado Tomljenović como Nemorino consituyóel centro emocional y musical de la ópera, y resultó una elección casi ideal para el papel. Su tenor ligero y bien enfocado ofreció un registro agudo fluido, un registro medio potente y un legato natural y armonioso. Además, logró alcanzar clímax líricos sin forzar la voz. Como actor, retrató la torpeza de Nemorino con considerable encanto, sin caer en el cliché del tonto del pueblo. A pesar de la inquietud visual que lo rodeaba, su interpretación de ‘Una furtiva lagrima’ se convirtió en uno de los momentos musicales más destacados de la velada.
Inicialmente, el chipriota Yiorgo Ioannou comoBelcore se mostró deliberadamente vanidoso y unidimensional. Su joven barítono aún no está completamente desarrollado, pero posee un timbre atractivo, rico y vibrante. En ‘Come Paride vezzoso’ demostró un excelente sentido del humor. A medida que avanzó la noche, tanto su voz como su personaje adquirieron mayor presencia y protagonismo.
La presencia del italiano Davide Piva como Dulcamara fue impactante, tanto vocal como teatralmente, y se convirtió en el motor de la comedia. No cayó en la caricatura bufa ni exageró el personaje del pícaro bonachón. Su magnífica aria de entrada, ‘Udite, udite, o rustici’, se caracteriza por una dicción excelente y una sincronización precisa. Su barítono es potente y expresivo, su parlando flexible y su legato seguro.
Un descubrimiento destacado de la noche fue la suiza-italiana Tanja Jannelli como Giannetta. Su soprano, de timbre profundo y potente, captó la atención de inmediato. Su voz combinó cuerpo y ligereza, complementada por una gran musicalidad y una presencia escénica excepcional. Ojalá hubiera tenido más protagonismo.
Un pequeño coro con un gran impacto
Anna Kelo prescindió deliberadamente de un gran coro anónimo. En su lugar, el conjunto estuvo formado por once personajes concebidos individualmente. Fue aquí donde residió su éxito, algo que no siempre se logra con los personajes principales: emergieron individuos reconocibles, junto con una estructura social creíble. Vocalmente, el conjunto también impresionó. El pequeño coro sonó extraordinariamente potente, homogéneo y preciso, y en ningún momento se echó en falta la grandiosidad de un coro de ópera tradicional.
Entre la actualización inteligente y demasiada acción
La puesta en escena de El elixir de amor de Donizetti en Bregenz fue, sin duda, colorida, juvenil y rebosante de ideas. Sin embargo, su relevancia no se logró únicamente con teléfonos inteligentes, vestuarios escolares y referencias a la cultura pop. No todas las ideas de la directora se mantuvieron a lo largo de toda la velada. Y fue precisamente en esos momentos —cuando el bullicio constante disminuyó y Kelo depositó su confianza en los personajes y en la música de Donizetti— que la producción alcanzó su máxima expresión.
Quizás ahí reside la verdadera reflexión de la velada: El elixir de amor de Donizetti no necesita ningún recurso mágico. Su mezcla de comedia, melancolía y anhelo humano funciona por sí sola. El público del estreno, en cualquier caso, celebró al joven elenco y al equipo de producción con entusiastas gritos de “¡Bravo!”.


