Pro Ópera

L’elisir d’amore en Montevideo

Agosto 21, 2028. Las instituciones públicas que se dedican al arte en Sudamérica no son demasiado conocidas en el mundo, sus proyectos y su continuidad son ignorados, a veces, hasta por los propios habitantes del lugar en el que se asientan. En ambas márgenes del Río de la Plata sobresalen los Teatros Colón y Solís, pero Montevideo (República Oriental del Uruguay) depara otra joya: el SODRE.

La institución fue creada como Servicio Oficial de Difusión Radio Eléctrica el 18 de diciembre de 1929 y entre otros proyectos gestionó una radio de música académica que aún hoy permanece, aunque administrativamente pertenece a otras dependencias. En la actualidad se denomina Servicio Oficial de Representaciones y Espectáculos, con objetivos bien claros entre los que se cuenta la formación de público, la difusión de la cultura y el arte y la búsqueda de la excelencia artística a través de sus Cuerpos Estables de distintas disciplinas. Es un verdadero ente cultural multi-disciplinario y posee un Auditorio, inaugurado en 2009, con las características de ser el más grande en capacidad y el más moderno de Uruguay. La institución cuenta con cuerpos estables que trabajan en el teatro: la OSSODRE (Orquesta Sinfónica del SODRE), el Coro Nacional, el BNS (Ballet Nacional SODRE), el Conjunto de Música de Cámara, la Orquesta Juvenil Nacional, y el Coro de niños y jóvenes. Cuenta además con escuelas de formación artística de Danza y Arte Lírico.

La programación es amplia y ecléctica contando con temporada sinfónica, sinfónicos corales, ballet, ópera y conciertos didácticos, entre otros hechos artísticos. En esta oportunidad y en coproducción con la Sociedad Uruguaya Pro Ópera —homónima de la benemérita institución que gestiona estas páginas— presentaron en nueva producción escénica la ópera L’elisir d’amore de Gaetano Donizetti.

La directora escénica irlandesa pero toscana por adopción, Vivien Hewitt, se inspiró para su visión escénica en pintores como Francisco Vidal y Juan Manuel Blanes, recuperando en esta versión la vida de campo en la época del prócer de la Independencia de Uruguay, José Gervasio de Artigas (entre 1811 y 1820, aproximadamente).

Toda la acción tiene un aire cercano tanto por la ambientación como por vestuario que es fruto, también, del trabajo de Hewitt, basado en los artistas plásticos Vidal y Blanes. La trama se desarrolla en forma natural y algunos pequeños cambios en el texto, totalmente justificados en una obra cómica, como mutar vino de Burdeos por Tannat (uva tinta originaria del suroeste de Francia y emblema vitivinícola de Uruguay), o que los soldados sean del escuadrón de Blandengues, cuerpo que nació el 7 de diciembre de 1796 como el Cuerpo de Blandengues de la Frontera de Montevideo en la época de los Reinos de Indias. Hewitt mueve con naturalidad a los solistas y al coro y se permite pequeños movimientos que nos dan detalles del carácter de los personajes, como cuando al principio de la obra le ofrecen a Nemorino agua o vino y él prefiere agua, la acción nos dirá luego que el elixir no es más que vino tinto y que, al tomarlo, naturalmente se embriaga y hace cosas que no haría en otras circunstancias.

La escenografía de Giacomo Callari es sencilla y funcional: un portal en el fondo que hace ver la llanura de Uruguay, la casa de Adina a la izquierda del espectador y una pulpería de época a la derecha. Creativa, la iluminación de Martín Siri Galán; bellas, las proyecciones de la campiña uruguaya que se ven detrás del portal, de Renata Sienra, con atardeceres y amaneceres; y simpática, la coreografía de Jorge Caride y Federico Olivera, con estilizaciones de danzas autóctonas.

El director y compositor español Miquel Ortega logró de la Orquesta Nacional Juvenil del SODRE una prestación sólida y eficiente. Con tiempos adecuados, y buena relación entre el foso y la escena, redondeó una versión de calidad. 

Párrafo aparte merece la acertadísima decisión de ofrecer una versión completa de la obra, abriendo varios cortes que hasta hace algunos años eran tradicionales; entre ellos el cuarteto con coro que precede al dúo entre Adina y Dulcamara en el segundo acto, que ayuda a comprender más acabadamente la trama y da sentido a la gran aria del tenor que sigue luego.

Con una sólida y ascendente carrera en los más importantes escenarios europeos, el argentino residente en Italia Juan Francisco Gatell fue un Nemorino de rara perfección. Bello timbre, refinada articulación del texto, aplomado y seguro tanto en lo actoral como en lo musical, con buena llegada a los agudos y con inmaculada línea de canto. A su lado, la española Marga Cloquel fue un muy buena Adina. De buena y juvenil figura en el escenario, resultó ideal en su actuación al pasar por todos los estados emocionales que la parte requiere. Con decir expresivo y registro homogéneo, sorteó con holgura todas las dificultades de la partitura.

Con buena prestación general el Dulcamara de Lisandro Guinis; con lo justo y cierto aire de veteranía, el Belcore de Alberto Cazes. Interesante, la Giannetta de Ana Escudero y muy correcto el Coro Nacional del SODRE, que dirige Esteban Louise, en sus breves intervenciones.

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