Septiembre 2, 2026. La ópera Pagliacci (1892), obra verista emblemática de Ruggero Leoncavallo (1857-1919), mantiene una vigencia aterradora que trasciende su temporalidad. El colapso de la frontera entre el espectáculo y la vida real, la pasión posesiva y la tragedia del feminicidio perpetrado a la vista de todos —público e intérpretes—, son temáticas que dialogan con agudeza incisiva en nuestro presente.
Bajo ese contexto, la Orquesta Sinfónica del Instituto Politécnico Nacional (OSIPN), encabezada por su director artístico Vladimir Sagaydo, presentó cuatro funciones de esta ópera los pasados 25, 26, 27 y 29 de agosto en el Auditorio Alejo Peralta del Centro Cultural Jaime Torres Bodet, en Zacatenco.
La propuesta cobró forma mediante una colaboración con Ópera Cinema, proyecto del Offenbach Operetta Studio, que desde 2014 ha consolidado una propuesta estética particular que consiste en acompañar la interpretación de las óperas en vivo con la proyección de películas silentes en blanco y negro, concebidas y grabadas exprofeso para cada título.
Esta singular sinergia escénico-audiovisual contó con la concertación del propio maestro Sagaydo al frente de la OSIPN y un nutrido aparato coral integrado por el Ensamble Coral Alemán, bajo la dirección de Edwin Calderón, y el Coro del Conservatorio Nacional de Música, preparado por David Arontes. En el apartado cinemático, la producción del filme corrió a cargo de Martha Llamas, con la cinematografía de Yannic Solís y la dirección escénica y conceptual de Oswaldo Martín del Campo.
La puesta convocó también a un elenco joven y solvente conformado por la soprano Martha Llamas como Nedda/Colombina y el tenor Alejandro Luévanos en el rol de Canio/Payaso, además del barítono Enrique Ángeles como Tonio/Tadeo, el barítono Alejandro Paz como Silvio y el tenor Ricardo Estrada en el papel de Pepe/Arlequín, de quien podría apuntarse que siempre cantó en el margen exacto de su vocalidad ligera, sin sobrepasarlo.
A diferencia de otros títulos abordados previamente por Ópera Cinema —como Il trittico de Giacomo Puccini o El divino Narciso de Juan Trigos—, en los que el elenco solista permanecía a un costado del escenario sin llamar la atención más allá de la emisión de su canto, en esta ocasión los intérpretes estuvieron al frente, visibles e iluminados. Esta decisión generó por momentos un doble discurso dramático. Dos planos en ocasiones convergentes, pero también divergentes en el tono y en la estilización del video.
Entre las elecciones que no terminaron de integrarse figuró la rareza de que en la película no actuó el tenor Alejandro Luévanos, sino el propio director de escena Oswaldo Martín del Campo, lo que rompió la correspondencia visual con el intérprete en vivo. Era interesante la premisa de ver las acciones a través de los ojos de un payaso con el uso de una cámara subjetiva, pero la idea no se sostuvo en el tiempo y rompió esa aproximación.
A ello se sumó cierta saturación de elementos en el espacio físico: no solo por la recargada estilización del video —que incluyó referencias múltiples a payasos célebres de la cultura pop, desde Los Rudis Llata hasta Cepillín, junto con una fusión urbana en la ambientación que osciló entre el graffiti, el hip-hop y detalles grunge—, sino porque al ya funcional discurso dramático de la pantalla se sumó la presencia física expresiva de los solistas, el coro y la orquesta fuera de ella.
Quizá esa multiplicidad de estímulos y focos de atención impidió que el sonido contara con mayor maleabilidad, matices y articulaciones que le permitieran palpitar junto al canto y respiraciones dramáticas de las acciones. Por lo demás, cuatro funciones seguidas resultaron un reto donde el cansancio acumulado llegó a mermar por tramos las facultades de los solistas en un título de esta intensidad emocional.
Con todo, en su conjunto, el ensamble artístico, apasionado y comprometido, cumplió con creces su cometido y brindó plena satisfacción al público que llenó el auditorio Alejo Peralta, en esa icónica zona cultural del IPN conocida como “el Queso”.
La propuesta abonó, además, en la curiosa coulrofobia que en años recientes se ha convertido en un fascinante fenómeno social y artístico: el intérprete tras la máscara de pintura que plantea un desconcierto lógico, pues sus muecas rígidas no siempre coinciden con sus intenciones reales; un desasosiego alimentado con creces por la cultura pop a través de figuras oscuras como Pennywise, Art, Twisty o el Joker, quienes han ensanchado el largo y brillante río de sangre desde la ficción. Canio y su trágico Pagliaccio no se quedó atrás, y en esta producción terminó por vaciar su cuete sobre Nedda, acaso como muestra de que la comedia puede ser uno de los marcos feminicidas más sangrientos.



