Septiembre 19, 2026. Un gran éxito se apuntó en el inicio de su temporada lírica 74 la Asociación Amigos de la Ópera de La Coruña, al presentar por primera vez en Galicia Jenůfa, de Leoš Janáček, título bisagra en el catálogo operístico del compositor checo, a partir del cual transformaría radicalmente su manera de escribir, desarrollando un nuevo lenguaje musical basado en la observación de la palabra, el ritmo y la entonación, y que profundizaría en sus posteriores obras.
El libreto del propio compositor, inspirado en la pieza teatral Její pastorkyňa de la dramaturga Gabriela Preissová, trata de una historia de infanticidio y redención, atravesada por la culpa, la presión social y la necesidad de perdón. El reparto vocal, de altísima calidad y compuesto casi en su totalidad por cantantes españoles, dio claras muestras de la buena salud de la que goza la lírica española actual.
En su debut en el papel, la soprano Vanessa Goikoetxea se alzó con un merecido triunfo personal como la joven huérfana Jenůfa. Su timbre lírico-spinto, generoso y dúctil, se reveló ideal para el personaje, al que ofreció con una interpretación de canto vibrante y delicado, sensible y refinado, que supo cincelar con una innumerable variedad de acentos y colores, retratando de modo admirable la evolución psicológica de su personaje. Su plegaria a la Virgen, ‘Zdrávas královno’ (‘Dios te salve’), en el Acto II, resultó conmovedora y constituyó uno de los momentos más emotivos de la noche.
En el vértice masculino del triángulo amoroso que impulsa la tragedia, el tenor Alejandro Roy tuvo un desempeño excepcional como el celoso y resentido Laca Klemeň, personaje en el que alardeó de una voz robusta, de timbre oscuro y homogéneo, rica en matices y contrastes y cargada de recursos histriónicos, con la que retrató a un hombre manco y con dificultades motrices, un acertado rasgo introducido por la puesta en escena que acentuó aún más su condición de vulnerabilidad dentro del seno familiar.
No le fue en zaga el otro tenor de la ópera, el talentoso Joan Laínez, quien le sacó chispas a su parte, delineando con unos medios vocales impresionantes, de gran riqueza tímbrica y notable esplendor tanto en la zona central como en los agudos, al joven engreído, borracho y cobarde Števa Buryja, primo de Laca y padre del hijo secreto de Jenůfa. Una interpretación ideal por donde se la mire.
La única intérprete extranjera del reparto fue la soprano dramático checa Eliška Weissová, que dejó una excelente impresión como la rígida y orgullosa viuda Kostelnička, personaje desgarrado por el dolor, la desesperación y el peso de las convenciones sociales. Conocedora de la parte hasta en sus más mínimos detalles, desplegó una voz atractiva, potente y flexible, de amplio registro, sostenida por una sólida técnica y un temperamento dramático de gran intensidad. En la escena fue una intérprete entregada y expresiva que le dio a la noche momentos electrizantes como el monólogo ‘Co chvíla’ (‘A la vuelta de un instante’), donde la desesperación precipita a Kostelnička hacia la decisión de sacrificar al recién nacido, y el terceto final del acto, en el que bendice la unión de Jenůfa y Laca y maldice a Števa. Su estremecedor grito ‘Jako by sem smrt načuhovala!’ (‘¡Como si la muerte se asomara por aquí!’), con el que cerró el acto, tuvo una contundencia teatral difícil de olvidar y provocó que más de uno saltara de su butaca.
En los papeles secundarios destacaron especialmente por su efectividad vocal y compromiso escénico: la mezzosoprano Cristina Faus como la abuela Stařenka Buryjovka, la soprano Ruth González como Jano, la mezzosoprano Belén Vaquero como Karolka y el bajo-barítono Javier Agudo como Stárek.
La agrupación vocal Gaos, dirigida por Fernando Briones, tuvo un desempeño muy destacado, haciendo gala de una excelente preparación y un notable empaste en las intervenciones folklóricas de los reclutas del primer acto y en el coro nupcial del tercero.
En lo musical, la Orquesta Sinfónica de Galicia, al frente del director español José Miguel Pérez-Sierra, fue otra de las grandes triunfadoras de la noche, ofreciendo una inspirada lectura de la partitura de Janáček, de exuberante riqueza tímbrica, precisión rítmica y gran opulencia sonora, aunque esta última, en algunos momentos, no facilitó la labor de los cantantes.
Coproducida con la agrupación lírica Opera Garage, la producción escénica, de marcada concepción cinematográfica, firmada por Emiliano Suárez, tuvo en general numerosos méritos. El director de escena español buscó un equivalente contemporáneo que acercase la trama al espectador y trasladó la acción de la Moravia rural de finales del siglo XIX a una pequeña y empobrecida comunidad de la América profunda de mediados del siglo XX.
La idea, en general, funcionó y no traicionó la esencia central del drama: la presión social y moral que la comunidad ejerce sobre los individuos. Muy bien elaboradas, las marcaciones escénicas dejaron claramente definidos los caracteres de los personajes y las complejas interrelaciones existentes entre ellos. Algo más controvertida resultó, en cambio, la decisión de presentar al coro como una suerte de fuerza del mal, visible únicamente para Kostelnička y Števa, eliminando así al pueblo como representación de la presión social y moral de la comunidad.
Otra licencia del director de escena fue la de modificar el final original. Buscando empoderar a la protagonista y dejar un mensaje de resistencia, superación y resiliencia, Suárez hace que Jenůfa abandone a Laca y emprenda sola una nueva vida, buscando reconstruirse después de la tragedia. Un desenlace que se distancia sustancialmente del planteado por Janáček, donde el perdón y la transfiguración del dolor encuentran su culminación en el amor entre Jenůfa y Laca.
Un buen marco para el desarrollo de la acción ofreció Alfons Flores, responsable de la escenografía, quien situó el primer acto en un espacio abierto, una gasolinera aislada en medio de la carretera como centro de la vida social de la comunidad. En contraste, el segundo acto se desarrolló en el interior oscuro, opresivo y claustrofóbico de una casa de piedra, mientras que el tercero transcurrió nuevamente en un espacio interior, pero esta vez dominado por una gran puerta por la que penetra la luz, introduciendo una poderosa imagen de apertura, como si aquello que permanecía oculto finalmente pudiera salir a la luz.
El desenlace, independientemente de la controversia que pueda suscitar la modificación del final, resultó visualmente muy logrado: Jenůfa se aleja, casi absorbida por la luz, en busca de una nueva vida en solitario. A este resultado contribuyó decisivamente el tratamiento lumínico de Luis Perdiguero, quien a lo largo de toda la ópera creó atmósferas de gran fuerza expresiva, perfectamente integradas en el desarrollo de la acción. Excelente también el trabajo de la diseñadora Ana Garay, cuyo vestuario de inspiración cincuentera recreó con autenticidad el ambiente rural y empobrecido al que remite la propuesta de Suárez.
Una vez caído el telón, hubo grandes ovaciones para todos los intérpretes de parte de un público entusiasta, que celebró la apuesta de la compañía por un título poco habitual en estas latitudes y el auspicioso inicio de la nueva temporada de ópera.


