Enero 31, 2026. Tras una injustificada ausencia de 113 años, el Teatro Real se apuntó un gran éxito con el rescate del “cuento musical” Ariane et Barbe-Bleue del compositor Paul Dukas. Obra clave del simbolismo francés, raramente representada pese a sus muchos méritos, su trama aborda cuestiones de plena actualidad, como la libertad femenina y la resistencia al cambio.
Con libreto del poeta y dramaturgo belga Maurice Maeterlinck, la trama ofrece una relectura moderna y simbólica del mito de Barba Azul de Charles Perrault, convirtiéndolo de un relato de terror a una alegoría sobre el feminismo, la libertad y la emancipación. La propuesta del Real careció de puntos débiles. Un pilar fundamental del éxito de esta reposición fue la impactante producción escénica firmada por Alex Ollé, uno de los directores artísticos de La Fura dels Baus quien, a partir del conflicto entre la libertad y el miedo, propuso un espectáculo simbólico y antisistema articulado en dos planos superpuestos: uno real, cuya acción tuvo lugar durante la boda de Ariadna y Barba Azul, y otro simbólico, que exploró el subconsciente y los temores de la protagonista inspirado en el libro La interpretación de los sueños de Sigmund Freud.
Visualmente, el espectáculo estuvo magníficamente apoyado por la escenografía onírica firmada por Alfons Flores, compuesta de un conjunto de sillas dispuestas en forma de pirámide y barricadas de mesas dentro de un espacio de velos y motivos geométricos que sugirieron un encierro más mental que físico. Igualmente, inspiradísimos resultaron tanto el acertado vestuario de Joseph Abril Janer como el estudiado tratamiento lumínico de Urs Schönebaum.
Impecables, asimismo, las marcaciones de las masas corales y de los figurantes, concebidos como representación de la voluntad popular. En el apartado vocal, la gran triunfadora de la noche fue la mezzosoprano irlandesa Paula Murrihy quien, perfectamente identificada con la parte de Ariadna, la sexta esposa de Barba Azul, puso al servicio de su personaje una voz rica y potente, de buen centro, bellos graves y de agudos seguros y sólidos. Se impuso, además, por la inteligencia y sensibilidad que imprimió a su canto, así como por su cuidado fraseo y su variedad de recursos expresivos.
Como su ingenua nodriza, la mezzosoprano española Silvia Tro Santafé lució una voz de bello esmalte, flexible y de solvente bagaje técnico. De entre las sumisas esposas anteriores, las que se niegan a liberarse, brilló con especial intensidad la mezzosoprano francesa Aude Extrémo, quien dio vida a una tierna Sélysette, la esposa a quien Dukas reservó las intervenciones musicales más prolongadas, con unos medios de gran calidad que dotaron a la parte una dimensión poco habitual.
Muy efectivos fueron también los desempeños de las sopranos Jaquelina Livieri (Ygraine) y María Miro (Mélisande), así como el de la mezzosoprano Renée Rapier (Bellangére). Conmovedora resultó la composición de la actriz Raquel Villarejo Hervas como Alladine, la última llegada y traumatizada esposa.
En la breve parte del cruel y despreciable Barba Azul, el bajo italiano Gianluca Buratto cumplió con solvencia vocal su cometido y destacó por su notable presencia física. Muy activo en lo vocal y comprometido en lo escénico, el coro de la casa, utilizado a la usanza griega como “la voluntad popular”, sonó excelente bajo la siempre atenta dirección de José Luis Basso.
Desde el foso, el director israelí Pinchas Steinberg condujo con buen pulso y conocimiento la compleja partitura donde la orquesta, con reminiscencias wagnerianas, desempeñó una papel omnipresente y dominante. Su lectura musical destacó por sus cuidadas líneas melódicas, su equilibrio sonoro, sus elaborados colores y texturas y su atento sostén a las voces. Una vez caído el telón, el público respondió con calurosos aplausos poniendo broche a una noche excepcional que no solo permitió redescubrir una obra esencial de la música francesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, sino que confirmó al Teatro Real como escenario de excelencia de la lírica actual.



