Febrero 10, 2026. Desde su primer gesto, Dennis Russell Davies imprimió en el aire precisión y dinamismo. Los maestros de la Orquesta Nacional de Lille obedecieron al unísono las directivas del concertador con fuerza y ganas de hacer bien las cosas.
Durante la introducción, se sucedieron volutas melódicas bien sostenidas multiplex por ostinati de buena ley. El foso siguió así el resto de la noche, manteniendo la intensidad de la emisión como para realzar el misterio que envolvía aquella mujer —Emilia Marty— y que los hombres que la rodeaban iban descubriendo paulatinamente. Abrupta por lo general, suave en escasos momentos, la música Leoš Janáček invadió por completo la sala, creando la atmósfera necesaria, el marco de la acción por antonomasia.
Al ambiente doliente creado por la música acopló Kornél Mundruczó para los tres actos de la obra dos escenografías —firmadas por Monika Pormale e iluminadas con acierto por Felice Ross— de muy buen gusto, relativamente sencillas. Por su simplicidad, la primera —una sobria mesa de tribunal jurídico— y por su estudiada sofisticación la segunda: la residencia de Emilia Marty, encuadraron la acción convenientemente. Poco se dirá del vestuario, diseñado por la propia Monika Pormale, de época actual para todos los personajes, con la excepción del de Emilia Marty que, por querer mostrarla ya virtualmente muerta al inicio del tercer acto, mandó el director de escena que se la vistiera con una mortaja en harapos por todo atuendo.
La intensidad orquestal citada obligó a los cantantes a elevar la intensidad de sus emisiones durante la totalidad del primer acto. Se podría decir que gritaron en vez de cantar. Cierto que ello correspondió a aquel momento de tensión entre los dos pretendientes —Gregor y Prus— a la codiciada herencia, pero puso en peligro las gargantas de los artistas para el resto de la representación. Añádase que, cantada la obra en lengua checa, poca gente en la sala debió comprender lo que se iba diciendo, pero también es verdad que los sonidos emitidos por los cantantes se acoplaban muy bien a la música del maestro checo.
La soprano lituana Aušriné Stundyté marcó con sello imborrable la personalidad de la protagonista, vivaz y cansada de serlo tras 337 años de vida en nuestro planeta. Vocalmente impecable, hizo frente a la orquesta una y otra vez con altivez y sobriedad. Su voz, de buena proyección, mostró un timbre equilibrado y uniforme; sus agudos, de buena factura, no parecieron forzados, y si no recorrió el registro grave fue porque la partitura no lo demandaba. Dramáticamente se encaró con quien le hizo frente, se entregó a quien quiso, protegiendo siempre su secreto hasta el final del cuento.
De entre los hombres que la rodearon, sobresalieron el tenor ucraniano Denys Pivnitskyi —en el rol de Albert Gregor—, increíble de potencia vocal y dramática en el primer acto, Jan Hnyk —Dr. Kolenatẏ su abogado—, agitado y revoltoso, pero de perfecta emisión, agudos fáciles y justos, declamación impecable, y el barítono inglés Robin Adams en el papel de Jaroslav Prus, de gran presencia también, vocal y dramática.
También los artistas que acompañaron a los cuatro primeros ejecutantes desempeñaron sus papeles —más breves, de menor cuantía— con ciencia y arte. Florian Panzieri fue Janek, hijo de Prus, muy dolido por lo que estaba sucediendo, Krista (Marie-Andrée Bouchard-Lesieur) tras un par de intervenciones de muy buena ley, echó al fuego la fórmula de la vida eterna que le acababa de entregar Emilia Marty. Jean-Paul Fouchécourt como Hauk-Šendorf (amante de Emilia en una vida anterior), emocionó. Paul Kaufmann (Vitek, ayudante de Kolenatẏ), Mathilde Legrand (Sirvienta) y Jocelyn Rice (Un maquinista), transformado aquí en un mayordomo, cumplieron ampliamente en sus misiones.



