Febrero 1, 2026. Bajo el título de “La edad de Plata”, nombre con el que se conoce el periodo de florecimiento artístico y cultural español que va desde el primer tercio del siglo XX hasta la Guerra Civil, el teatro de la Zarzuela presentó un espectáculo concebido y desarrollado por el director de escena y dramaturgo Paco López, en el que propuso en un programa doble exhumar las óperas: Goyescas de Enrique Granados y El retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla.
Como hilo conductor para la presentación de ambas composiciones, muy distintas entre sí, el director escénico imaginó una ficticia velada española en la casa del pintor Ignacio Zuloagua, en el Paris de los años 20 donde, con motivo del estreno de ambos títulos, reunió a un grupo de jóvenes artistas bohemios y a miembros de la burguesía ilustrada de la época.
Lamentablemente, ni la dramaturgia ni la narrativa del espectáculo funcionaron. El resultado fue un ambicioso espectáculo de trama enmarañada, anodina y monótona que, con sus añadidos, terminó siendo aburrido y tedioso. En lo que respecta a las óperas, la primera de ellas: Goyescas, composición capital de la lírica española y única ópera de Enrique Granados, resultó la más lograda.
Estrenada en el Metropolitan Opera de Nueva York con gran éxito en 1916, esta composición es la adaptación operística de la suite para piano homónima inspirada del cuadro “El pelele” del pintor Francisco de Goya. La trama, un triángulo amoroso atravesado por los celos, el honor y la fatalidad, encontró una sólida defensa vocal en un reparto de meritorios intérpretes locales. Como la joven aristócrata Rosario, una grata impresión dejó la soprano Raquel Lojendi, quien lució una voz lírica bien timbrada, dúctil y expresiva. Junto a ella, Alejandro Roy alardeó de una voz potente, compacta, homogénea y vigorosa de tenor spinto que calzó a la perfección al carácter del enamorado capitán Fernando.
No les fueron en zaga, aunque las partes revistan menor importancia, el fanfarrón y provocador torero Paquito del siempre solvente barítono Cesar San Martín y la efectivísima maja Pepa de la prometedora mezzo Mónica Redondo. Desde el podio, Álvaro Albiach hizo maravillas con la orquesta de la comunidad de Madrid, de cuyos músicos supo obtener un rico y variado tapiz sonoro, melodías de delicado lirismo y atmosferas de cuidada hechura, poniendo en evidencia la escritura refinadísima de partitura de Granados. Musicalmente, el interludio fue uno de los mejores momentos de la noche y le sirvió a director español para meterse al público en el bolsillo.
En cuanto a la segunda opera, El retablo de maese Pedro, una de las obras más refinadas del repertorio lírico español del siglo XX, fue la más perjudicada por las ideas revisionistas del director de escena. Estrenada en el Palacio de Polignac en 1923, está basada en un episodio de Don Quijote, donde se narra cómo el ingenioso hidalgo asiste a una representación de títeres y termina confundiendo ficción y realidad. Aquí, la incorporación de más personajes —un cuerpo de ocho bailarines, y la proyección de una película muda con otros actores sustituyendo a las marionetas— terminó desvirtuando la esencia original de la obra y aportando confusión. Mejor suerte corrió la vertiente vocal, donde el barítono Gerardo Bullón hizo una impecable interpretación del caballero Don Quijote, con una voz de bellísimo esmalte baritonal, un canto plagado de nobles acentos y mucho empeño en lo actoral. El tenor Pablo García–López resultó un solvente titiritero ambulante Maese Pedro, y la mezzo Lidia Vinyes-Curtis fue un Trujamán de interesantes medios vocales y entrega escénica.
A la orquesta se la escuchó más precisa, pero menos generosa en matices, sutilezas y colores que en la primera parte. La dirección escénica de López tendió a la saturación visual, lo que restó tensión a los momentos más intimistas. Sin embargo, las marcaciones de los cantantes solistas evidenciaron una preparación minuciosa resultando teatralmente muy eficaces.
La escenografía y la iluminación, también firmadas por López, recrearon con acierto el ambiente cultural y la atmosfera del periodo en que se sitúa la acción. El atractivo vestuario del experimentado Jesús Ruiz, las estudiadas coreografías de Olga Pericet, que funcionaron como conectores entre ambas operas, y los audiovisuales de José Carlos Nievas, contribuyeron a reforzar la calidad estética de la representación.
Al caer el telón, la reacción del público fue más bien desigual y, aunque hubo algunos tibios aplausos, también hubo abucheos hacia una propuesta, cuyo planteamiento dramatúrgico generó desconcierto y con el que el público nunca logró conectar.



