Febrero 13, 2026. ¿Cuándo fue la última vez que el lector escuchó un bis demandado por un público que no cesaba de aplaudir? Quiénes están acostumbrados a escuchar la ópera completa, solo con breves interrupciones para aplausos, es siempre algo extraño. Eso ha sucedido anoche en la Staatsoper Unter den Linden de Berlín.
Ya se sentía algo en el aire cuando las ventanillas pusieron carteles anunciando “Ausverkauft” (localidades agotadas), para una producción ya vista muchas veces y nada extraordinaria. Pero cuando se tiene un tenor cuya voz se encuentra en estado de gracia, que no pone un pie en falso, que tiene una presencia escénica atractiva y siempre positiva a la vez que creíble (Cavaradossi tiende a ser actuado con gestos decimonónicos), el público, que no es nada tonto, reacciona.
Hoy en dia, y excúsenme aquellos que tienen otros favoritos, no hay mejor tenor que Piotr Beczała. Más todavía, desde hace muchos años no ha habido un tenor de su calidad y musicalidad. La voz es sana, plena, limpia, no hay trucos, la claridad de su emisión es extraordinaria y es un privilegio escucharlo cantar a tal alto nivel. Su Cavaradossi fue un hombre seguro, atento a su alrededor, firme con su Tosca y duro con el Sacristán. Cuando se presentó frente a Scarpia en el segudo acto no fue un hombre quejoso mostrando debilidad, sino sabiendo que con su opuesto corría un gran riesgo. En todo momento su voz dominó la escena, sus agudos no solo igualaron los de la soprano, sino que los sobrepasaron por nitidez y poder. Al comenzar los imparables aplausos rítmicos del público, no hubo forma de detenerlos: había que cantar un bis (demandado a plena voz por algunos del público).
A su lado, la bella figura de Alexandra Kurzak, una mezcla inexacta de fervor, amor pasional e inocencia. La Kurzak sorprendió con una rendición muy creíble de un rol que tiende (como todos estos) a la rutina. La Kurzak apareció con un sombrero de ala ancha, llamativa, al lado de Beczała hacían una pareja destinada a las páginas de Hello Magazine.
Pero en esta puesta de Alvis Hermanis, la acción transcurre hacia fines del siglo XIX y no creo que esta instructiva revista existía entonces. La voz de la Kurzak ha crecido y se ha convertido en una lírica con peso; también es atractiva, si bien de vez en cuando tiende a engolar y en el gran dúo del primer acto se siente el esfuerzo cuando da más volumen. Su caracterización de este rol fue simplemente excelente: le sacó todo el jugo a ‘Vissi d’arte’, con la ayuda de un director inspirado que le dejó extender los tempi (también a Beczała). Una pareja polaca muy distinguida.
Por su parte, el ruso Alexey Markov, de distinguida carrera en Viena, personificó un Scarpia a veces refinado, más veces bruto y violento, pero siempre paciente, dando la impresión de un hombre enfermo mentalmente que desea humillar por sobre todo para sentirse superior. Es posible que eso fuera su principal motivo sexual: se excita humillando y jugando con sus víctimas, y es también posible que no pueda consumar un acto sexual. Markov posee una voz muy bien colocada, clara y poderosa, de color feroz y que se extiende sin problemas hacia el agudo. Sabe moverse bien en escena y fue excelente el juego con Tosca en el segundo acto, nada acartonado. Se puede decir sin exagerar, que alrededor de una indiscutida estrella del canto (Beczała) hubo un par de cantantes (Kurzak y Markov) que elevaron el espectáculo musicalmente y que hicieron de esta ópera tan conocida y con funciones que tienden a desmerecerla, una noche inolvidable.
Carles Pachon, un catalán muy simpático presentó un Angelotti angustiado, bien delineado y cantado. Hanseong Yun fue un Sacristán muy medido y prolijo. Florian Hoffmann, un desalmado Spoletta e Irakli Pkhaladze un Sciarrone dispuesto a hacer cualquier cosa para estar bien con su patrón.
La producción de Alvis Hermanis data de 2014, no es extraordinaria, pero tampoco es ofensiva. Usa un marco de columnas al medio del escenario y proyecciones hacia el fondo, cambiando con telones y accesorios para el segundo y tercer actos. Petr Popelka, a quien había escuchado el año pasado dirigiendo un concierto con esta misma extraordinaria orquesta, concertó con gran sentido del drama, acelerando los tiempos y dándole énfasis a las situaciones dramáticas y dando espacio en momentos adecuados para la reflexión, como las arias. Su lectura no dejó nada por desear, y con un elenco como este, el público saltó de sus asientos para dar una entusiasta ovación de pie a todos los participantes. Una noche ópera para el recuerdo, y no hay tantas.



