Carmen en Piacenza

Abril 19, 2026. Una mujer inmoral que termina acuchillada por su amante no era en absoluto la imagen que el público parisino que asistió al estreno de Carmen en la Opéra-Comique en 1875 tenía en mente como propuesta de un joven George Bizet de 37 años. Dicen que nadie es profeta en su tierra: en Francia el debut de Carmen pasó casi sin pena ni gloria, y fue en el estreno austriaco donde finalmente el personaje de la gitana andaluza comenzó a impresionar al público. 

Hoy en día, en el panorama del repertorio operístico internacional, pocas obras conservan una vitalidad teatral comparable este título. El destino de su autor, sin embargo, ya se había consumado: Bizet no llegó a presenciar la redención de su obra maestra, pues había fallecido el 3 de junio, mientras las representaciones aún estaban en curso, probablemente a causa de las recurrentes amigdalitis que derivaron en afecciones reumáticas con consecuencias cardíacas tras un desafortunado baño en el río Sena.

La reciente producción presentada en el Teatro Municipale di Piacenza —en coproducción con los teatros de Módena y Ravena, y en colaboración con el circuito OperaLombardia— confirma cómo, a más de 150 años de su creación, la obra bizetiana continúa llenando teatros y encantando al público por la vigencia de su trama.

La estupenda regia de Stefano Vizioli, junto a Pierluigi Vanelli, se articuló dentro de un planteamiento escénico deliberadamente abstracto y esencialmente atemporal. Para sustentar su propuesta, el director napolitano partió de la idea del destino como único leitmotiv que acompaña la partitura. Su trabajo con los intérpretes resultó evidente y de altísima calidad: algunas reacciones, casi imperceptibles, aportaron todo el contexto anímico de cada personaje. 

Por su parte, la escenografía de Emanuele Sinisi configuró un espacio dominado por muros abandonados y destrozados, de estética brutalista: un entorno abstracto y urbano que se transforma en plaza, cuartel, campamento y plaza de toros. No obstante, la carencia de elementos visuales, los pocos que aparecen aportaron un toque de españolidad y un potente valor semiótico. Así, una alfombra de rosas rojas funciona como metáfora del aria de la flor; ciertas vestimentas nos sitúan sin dudas en España; y las cajas de naranjas en la plaza remiten de forma inequívoca a Sevilla como lugar de la acción. 

El vestuario de Anna Maria Heinreich evoca con acierto la España franquista, mientras que la iluminación ingeniosa de Vincenzo Raponi contribuye a definir una atmósfera de claroscuros coherente con la propuesta escénica. Sin duda, uno de los momentos más imponentes es la escena de las cartas, donde todo sucede en una caja negra completamente oscura, mientras un cenital potente confiere un efecto dramático a Carmen al descubrir el mensaje funesto que le envía la baraja. En la producción persisten, sin embargo, ciertas debilidades, particularmente en las coreografías de Vanelli, que en varios momentos resultan ingenuas y poco integradas, arruinando el efecto o restándole seriedad.

En el plano musical, la dirección de Audrey Saint-Gil se erigió como uno de los aspectos más logrados de la producción. La directora francesa propuso una lectura equilibrada y dinámica, capaz de sostener con eficacia la tensión dramática sin sacrificar nada. Su concertación fue extremadamente precisa y rigurosa; no jugó con la inconsistencia, atendió siempre al detalle del fraseo y desplegó una paleta tímbrica rica en matices, atenta en todo momento al equilibrio con las voces. Especialmente logrados resultaron los pasajes orquestales (los entreactos y la obertura). No sorprende que, en sus recurrentes crisis depresivas, Bizet llegara a plantearse una dedicación a la música sinfónica o a la carrera pianística: Saint-Gil pareció vengar el honor de Bizet con su interpretación instrumental. 

La Orchestra dell’Emilia-Romagna Arturo Toscanini respondió con solidez a las exigencias de la concertadora, mostrando apreciable flexibilidad ante las indicaciones de la batuta. Asimismo, el Coro Lírico de Módena, preparado por Giovanni Farina, y las voces blancas dirigidas por Paolo Gattolin —dejando de lado las ridículas coreografías— aportaron un soporte eficaz al entramado sonoro y, sobre todo, visual.

La piedra angular de la producción fue la Carmen de Annalisa Stroppa, intérprete de notable madurez artística. Con sólida experiencia en el rol, ofreció una presentación vocal firme, sostenida por una emisión aterciopelada, homogénea y bien proyectada. El fraseo, elegante y cuidado de la mezzosoprano italiana le permitió delinear una Carmen introspectiva, frágil y contemporánea: una mujer libre, impulsiva y con ganas de vivir, en extremo solvente tanto en lo vocal como en lo escénico.

A su lado, Joseph Dahdah construyó un Don José infinitamente convincente en el plano dramático. La voz del tenor libanés, de timbre bronceado y pastoso, aunque no siempre con la potencia requerida por el rol, se distinguió por su homogeneidad y buena pronunciación. El recorrido psicológico del personaje —del enamoramiento a la obsesión celosa— estuvo bien definido gracias al trabajo de Vizioli. El aria ‘La fleur que tu m’avais jetée’ tuvo una interpretación escénica capaz de arrancar lágrimas, aunque vocalmente pasó sin pena ni gloria. Mucho mejor su desempeño en el tercer y cuarto actos, donde proyectó la voz al cien por ciento, ofreciendo un final de gran intensidad dramática.

La Micaëla de Jaquelina Livieri sobresalió por su sensibilidad musical y calidad tímbrica. La soprano argentina explotó la dulzura e ingenuidad del personaje mediante dinámicas cuidadas, una línea de canto fluida y emisiones potentes en el registro agudo. Su interpretación logró imponerse en los momentos de mayor lirismo, ganándose el favor del público, en particular con la genuina lectura de su aria ‘Je dis que rien ne m’épouvante’ y el enternecedor dúo con Don José, ‘Parle-moi de ma mère!’

Irregular resultó el Escamillo de Gianluca Failla: elegante y gallardo en escena, convence con su interpretación, pero no siempre se mostró completamente centrado desde el punto de vista vocal. La esperada aria ‘Votre toast, je peux vous le rendre’ obtuvo éxito gracias a la presencia del coro. El timbre del barítono siciliano es grato, brillante y de bello color en el registro central; sin embargo, debe trabajar más su carisma escénico.

Entre los comprimarios destacaron las convincentes Frasquita y Mercédès de Donatella De Luca y Elena Antonini, bien integradas junto al brillante Remendado de Matteo Urbani y el eficaz Dancaïre de William Allione. Completaron con solidez el reparto Tiziano Rosati (Zuniga) y Matteo Torcaso (Moralès).

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