Cómo Nanita aprendió a hacer flan en Xicoténcatl

Mayo 11, 2026. La formación de un cantante de ópera no termina en el aula ni frente al espejo del salón de ensayos; se consolida, en el mejor de los casos, ante la mirada de un público real. Bajo esta premisa, el Taller de Música Vocal Mexicana de la Facultad de Música de la UNAM (FaM), liderado por la doctora Verónica Murúa, ha emprendido una labor fundamental: sacar el repertorio lírico nacional de los acervos académicos para devolverlo a su hábitat natural: el escenario.

El pasado 11 de mayo, la Casona de Xicoténcatl, antigua sede del Senado, fue el marco de la cuarta función de la ópera Cómo Nanita aprendió a hacer flan (2003), con música del compositor bajacaliforniano José Enrique González Medina y libreto del periodista y escritor texano Campbell Geeslin

Esta presentación coronó un pequeño tour que transitó previamente por espacios como el Foro ExpresArte de la Librería Gandhi Mauricio Achar o la Sala Xochipilli de la propia FaM, consolidando un proyecto de divulgación que apostó por la creación de públicos a través de la lírica, la fantasía y la identidad sonora.

La obra de González Medina es un ejercicio de frescura y eclecticismo que se dirige principalmente a la infancia, pero que no se limita a ella. Con una trama que bordea el realismo mágico —centrada en una niña que, calzada con zapatos mágicos hechos de retazos, termina perdida en un rancho donde aprende el arte del flan antes de volver a su pueblo—, la música se convierte en un catálogo de ritmos que habitan nuestra memoria colectiva.

La partitura se desliza con naturalidad entre la rumba, la cumbia, el tango, el vals o el son jalisciense, pero siempre envuelta en una atmósfera de ensueño, casi de lullaby o canción de cuna, que sostiene el tono onírico del viaje de Nanita. No es solo ópera para niños, sino una pieza que utiliza géneros populares para construir una narrativa a un tiempo sólida y festiva.

Detrás de la fluidez escénica de este micromontaje, se percibió el rigor académico. La doctora Murúa, en su múltiple papel de directora artística, musical y preparadora vocal, logró que los estudiantes de la licenciatura en Canto no solo se encaminen por el arduo rumbo del dominio técnico, sino que se conviertan en guardianes activos de la tradición lírica en español. La inclusión de la asignatura de Música Vocal Mexicana en el plan de estudios de la FaM, gracias a su visión institucional, suele rendir frutos tangibles como este ensamble, donde se aprecia un entendimiento profundo de la fonética y la intención del texto.

En el plano escénico, la puesta optó por la economía y eficacia de la síntesis: el uso de cubos infinitos que, al girar, configuraban diversos espacios, objetos y momentos del día. Esta creatividad visual permitió que la atención se centrara en el desempeño de los jóvenes intérpretes y en el acompañamiento preciso al piano de James Pullés, quien fue el soporte rítmico esencial para navegar por la variedad de géneros de la obra.

El elenco, por su parte, mostró decoro y, sobre todo, lance actoral que conectó de inmediato con las diversas audiencias, habituales de cada escenario visitado. El rol titular fue defendido con encanto por las sopranos Maritza Dueñas y Laia Núñez (quienes alternaron funciones), logrando transmitir la vulnerabilidad y posterior determinación de Nanita, quien necesita elaborar los zapatos para su Primera Comunión, ya que su padre zapatero está ocupadísimo y le es imposible fabricarle unos.

El barítono Rodrigo Martínez dio muestra de versatilidad al encarnar a el Alcalde, el Coyote y el Viejo ranchero, mientras que la soprano Victoria Sánchez resolvió con eficacia los contrastes entre la Luna y la Vieja ranchera. Completaron el cuadro la también soprano Pamela Suárez Gómez como la Señorita la Bamba; el tenor Javier Barrón en la dualidad del Zapatero y el Sol, y, en la misma tesitura, Óscar Guzmán como el Perico, personaje clave en la resolución de la trama. 

Al finalizar, la dinámica de preguntas y respuestas con el público reafirmó el carácter didáctico de la función, rompiendo la cuarta pared y permitiendo que los asistentes comprendieran el proceso detrás de la creación operística.

Funciones como ésta, impulsada por la Junta de Coordinación Política del Senado de la República, demuestran que la ópera mexicana tiene un futuro viable siempre que se combine el rigor del estudio con la generosidad de la divulgación. El flan de Nanita, al final, resultó ser una receta exitosa para el deleite de la comunidad y el crecimiento de una nueva generación de artistas.

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