🇫🇷 Die Frau ohne Schatten en París

Michael Volle, como Barak, simplemente el mejor que yo haya visto en escena desde 1965 © Carsten Sander

Febrero 17, 2020. Hace unos meses comenté sobre la reposición de Die Frau ohne Schatten de Richard Strauss en Viena. Al parecer estamos ante una nueva oleada de “revival” como pareció haberla en los años 60 y 70 del siglo pasado, aunque luego volvió a hacerse rara y a reducirse al ámbito germanófono sin tampoco mucha frecuencia. No solo el Met la anuncia para su próxima temporada, sino también Róterdam y ahora se presentó en el Theâtre des Champs-Élysées de París, en forma de concierto, bajo la dirección de Yannick Nézet- Séguin, siempre instalado muy cerca de la cumbre. Si es cierto que su fama se debe sobre todo y hasta hace poco a su trabajo en el campo sinfónico, el puesto de director musical en el Met lo ha llevado a frecuentar cada vez más el género lírico, y mientras antes sus versiones operísticas podían parecer demasiado “sinfónicas”, precisamente, esta vez no ha sido el caso. 

Con solistas y coros (dos, el Radio Symphony Chorus de Rotterdam y la Maîtrise de Radio France, dirigidos respectivamente por Wiecher Mandermaker y Sofi Jeannin), además, claro, de la Rotterdams Philharmonisch Orkest (de la cual Nézet-Séguin ha sido director hasta hace prácticamente nada), todo pareció estar en perfecto equilibrio en el amplio escenario del Teatro y no se perdió casi palabra alguna, ni desde luego un solo sonido. Verdad es también que la lectura más interesante y personal era la del mundo humano de la partitura, mientras que el fabuloso era siempre magnífico pero menos personal: de todos modos este es un detalle menor y nada generoso.

Por ejemplo, el maravilloso momento final del acto primero en diminuendo y pianissimo resultó memorable. Aquí, sin embargo, se impone añadir la actuación de Michael Volle como Barak, simplemente el mejor que yo haya visto en escena desde 1965. No había una puesta en escena (mejor, con lo difícil que es también en ese aspecto esta obra), pero él (y no estaba solo) hacía que se comprendiera cada una de las no siempre claras situaciones. Desde el punto de vista puramente vocal, la ópera es una de las más difíciles de presentar adecuadamente. Volle, como he dicho, fue sensacional aun cuando las medias voces hacia el final lo encontraron algo cansado. El Emperador fue el tenor (el registro tan claramente detestado por Strauss) Stephen Gould, uno de los escasísimos que pueden hoy atreverse con un papel quizás breve —en relación con los otros principales—, pero casi imposible. Algún ataque brusco es lo único que puede diferenciar esta notable prestación suya de la que nos hizo gozar en Viena.

Los demás roles masculinos no tienen la misma importancia, pero hay que citar al barítono Thomas Oliemans (El Mensajero de Keikobald), tal vez algo claro para el papel, y el diminuto pero buen tenor Bror Magnus Tødenes en la tan breve cuanto difícil aparición como Un joven. Los tres hermanos de Barak fueron más que correctos: Nathan Berg, Michael Wilmering y el excelente Andreas Conrad, obviamente un tenor que tuvo que habérselas con una tesitura incómoda. 

Elza van den Heever en conjunto parece destinada a ser una intérprete frecuente de esta parte tan difícil © Jiyang Chen

Voz femenina “menor” pero de importancia fue solo la del Halcón, esta vez en las cuerdas vocales de Katrien Baerts, demasiado oscura para el rol y en algunas de sus intervenciones desde lo alto con un vibrato poco controlado. La Emperatriz de Elza van den Heever —que abordó el personaje por primera vez— fue muy buena, con algún agudo quizás un tanto metálico al comienzo, y el terrible salto de agudo a grave en el tercer acto no totalmente perfecto, pero en conjunto parece destinada a ser una intérprete frecuente de esta parte tan difícil. 

Todavía más lo es la de la mujer de Barak, la Tintorera, que se confió a Lise Lindstrom. Por primera vez, esta soprano logró convencerme absolutamente. Algunos de sus agudos resultaron ásperos, pero en este caso es comprensible e incluso sirven para caracterizar al personaje; algunos graves fueron escasos, pero la voz se oyó lozana y su interpretación, junto con la de Volle, fue la más conmovedora. Michaela Schuster conoce bien el papel de la Nodriza de la emperatriz, diabólico por definición, y lo interpretó muy bien; desde el punto de vista vocal ha tenido siempre tensión en agudos extremos, problemáticos, y no es este el momento en su carrera de corregir defectos o superar limitaciones, pero supo con gran inteligencia utilizarlos para conseguir una interpretación si se quiere demasiado histriónica e incluso exagerada, pero que conoce una larga tradición —tal vez no la mejor ni la más rica en matices— en la caracterización de la “bruja”.