Enero 18, 2026. Siempre con gran participación de concursantes de varios países, más de 700 en esta ocasión, se llegó a una final de la 63 edición del Concurso Viñas en el Gran Teatre del Liceu el 16 de enero, con 16 cantantes. Hubo sopranos, mezzos, barítonos, bajos y nacionalidades diversas (Armenia, Colombia, Corea del Sud, Costa Rica, España, Estados Unidos, Letonia, Rusia y, sobre todo, Ucrania), cada uno con dos arias o fragmentos y acompañados por tres pianistas que se alternaron.
Así como en la inauguración hubo un concierto de Sara Blanch, soprano, aquí hubo otro de Ketevan Kemoklidze, mezzo, el primero totalmente dedicado a la ópera y zarzuela, y el segundo, además, con canciones catalanas y georgianas.
Finalmente fueron premiados seis cantantes, también con premios extraordinarios diversos: el premio del público fue para dos de los ganadores, el barítono Felix Park, y la mezzosoprano Karla Pineda. El concierto de los ganadores, clausura del Concurso, y al que nos referimos en esta nota, contó con la colaboración de la Orquesta del Liceu dirigida por Julio García Vico.
Como ahora se transmite por streaming, se ha hecho un “diseño de espacio” con partituras que rodeaban todo el escenario, y que, como la iluminación y el diseño del nuevo galardón, fueron obra de Llorençet Corbella. Se contó también con la presentadora de la edición anterior, Ana Boadas, y por primera vez los premios se entregaron a cada cantante participante por un miembro del jurado, con lo que se logró agilizar tanto que no hubo necesidad de intervalo.
Tras una versión discreta de la obertura de Die Zauberflöte (no sé si es tradición empezar siempre con una obra de Mozart), sobre la cual se proyectaron diversas imágenes y videos del concurso, y que resultó mejor en su primera parte que en la final, comenzó la actuación de los ganadores. El sexto premio y premio de oratorio y lied, además de cuanto premio español y catalán había, fue a la soprano Elionor Martínez, acompañada al piano por Victoria Guerra. La interpretación fue algo mejor que en la prueba final en cuanto a timbre, propiedad de la expresión y dicción, pero la voz es pequeña, sin consistencia en centro y grave, no siempre precisa y modesta en los adornos (en especial los trinos) y en el ‘Geheimes’ de Schubert la expresividad fue más bien parca, aunque mejor que en el lied de Mozart y la melodía de Debussy de la final. Como fue la única que llegó a la final, no hubo forma de compararla con alguno de los otros 36 concursantes para el premio de oratorio y lied.
La mencionada mezzo Karla Pineda, de generosos medios y fraseo más efectista que eficaz, presentó, como había hecho en la final, buenas versiones de la princesa de Bouillon de Cilèa y la gitana Azucena de Verdi (en la primera, la orquesta pareció no recordar que no tocaba Wagner en la función). La mezzo recibió también el premio del público, que también premió al mencionado barítono Felix Park, quien repitió un Macbeth verdiano menos logrado (la orquesta no es lo mismo que el piano) que en la final, y un canto a la estrella vespertina de Tannhäuser tan correcto como impersonal.
Siguió un intermedio con dos obras de Lecuona a cargo del aplaudido Marcos Madrigal, que tuvo una tarea verdaderamente agotadora como acompañante durante las pruebas.
Después, tocó el turno a los tres ucranianos. El barítono Vlad Tlusch, también premio zarzuela, repitió su ‘Largo al factotum’ igual de bien en lo vocal y de artificioso en lo interpretativo, y sobre todo una excelente versión de ‘Madrileña bonita’ de La del manojo de rosas de Sorozábal.
El segundo premio, la soprano Yuliia Zasimova, repitió un muy buen vals de Julieta de Gounod y una buena versión de la entrada de Lucia en la ópera de Donizetti (lástima que la orquesta —no por su culpa, que quede claro— en el primer fragmento justificara el apelativo de ‘pompier’ para algunos autores franceses y el que algunos consideren los acompañamientos del gran bergamasco como los de una banda).
Terminó el concierto con el sensacional bajo-barítono Vladyslav Buialskyi, quien repitió también su actuación de la final (lástima, aunque se trató en ambos casos de interpretaciones casi de referencia). Hacía tiempo que no escuchaba en un concierto tal belleza vocal y emoción expresiva en la cavatina del Aleko de Rajmáninov —en la final la emoción se hizo presente en el propio intérprete—, ni tal dechado de canto rossiniano en la que sea probablemente la más difícil de las arias de Don Magnifico (esa que muchas veces se corta): ‘Sia qualunque delle figlie’.
Tal vez su gesticulación requiera ulterior refinamiento o sobriedad, pero el sillabato, la respiración y la dicción fueron extraordinarios. El público lo ovacionó un poco más que a todos los otros, que se llevaron su generosa ración de aplausos.



