Luciano Pavarotti, 85 años después

[cmsmasters_row data_color=»default» data_bot_style=»default» data_top_style=»default» data_padding_right=»5″ data_padding_left=»5″ data_width=»fullwidth» data_shortcode_id=»1ehfs1wsge»][cmsmasters_column data_width=»1/1″ data_animation_delay=»0″ data_border_style=»default» data_bg_size=»cover» data_bg_attachment=»scroll» data_bg_repeat=»no-repeat» data_bg_position=»top center» data_shortcode_id=»8ueqghbyu»][cmsmasters_text shortcode_id=»u46cncr9f» animation_delay=»0″]

Luciano Pavarotti (1935-2007)

Una voz de timbrado solar inconfundible, su carismática personalidad dentro y fuera de los escenarios, así como la arrolladora fama catapultada por los medios de comunicación a partir de la segunda mitad del siglo XX, son algunas de las virtudes que proyectaron como uno de los más reconocibles iconos del canto lírico contemporáneo al tenor italiano Luciano Pavarotti, quien este 12 de octubre de 2020 habría cumplido 85 años de edad.

Pocas figuras más identificables, no muchas más célebres en la ópera y el canto en general que Big Pava, fallecido el 6 de septiembre de 2007, en su natal Módena, Italia, a los 71 años de edad.

Pavarotti resulta más que un ejemplo notable de la cuerda de tenor. Para un amplio sector del público, que se aproxima al arte lírico sin mucha profundidad, es en muchos sentidos su representación misma. El lirismo de su voz, sumado a un fraseo que muestra con transparencia su italianidad mediterránea, lo convirtieron a lo largo de cerca de 52 años de carrera en el poseedor del cetro canoro de la escuela vocal masculina italiana, estandarte que durante el siglo XX ondearon, entre otras celebridades, Enrico Caruso, Beniamino Gigli, Giuseppe Di Stefano, Mario del Monaco y Franco Corelli.

Luciano Pavarotti es, en rigor, el baremo con el que artistas posteriores que abordan su repertorio, ineludiblemente, deben medirse.

Genuino
En la historia de la ópera, cada cierto tiempo surge un intérprete que no solo sintetiza la imagen del género dentro y fuera del escenario, sino que se convierte en un representante auténtico del canto lírico, que lo mantiene con esplendor, lo revitaliza y lo proyecta como una referencia del virtuosismo vocal.

Es común que ese personaje pueda entenderse como un prodigio gracias a la combinación de un talento innato sobresaliente y a la crianza y consolidación técnica. Entre diversas prima-donnas y primo-uomos del pasado, Luciano Pavarotti resplandece como su voz de enorme belleza armónica, resonante y potente en su lirismo, acaso porque a diferencia de diversos antecesores —los castrati, las grandes divas, leyendas vocales que pueden rastrearse en las crónicas de otras épocas—, el cantante nacido en 1935 vivió y desarrolló su carrera en el esplendor de las grabaciones disco y videográficas, de los medios masivos de comunicación, de los conciertos multitudinarios de gran alcance internacional.

Así, el público pudo —y aún puede— ser testigo de un artista auténtico, ideal en el repertorio belcantista sin que por ello se sustraigan sus acentos spinto aprovechados en otros estilos románticos (el Giuseppe Verdi temprano e intermedio; el Puccini central) que incluso llegan al verismo, en la música popular italiana, y hasta en el territorio del pop, todo ello con un valor estético genuino pero, a la vez, de alto impacto comercial.

Aunque pudiera apuntarse cierta debilidad histriónica en sus presentaciones operísticas o escasa credibilidad escénica en algunos personajes abordados en el teatro de ópera, las interpretaciones de Luciano Pavarotti encuentran su propia fuerza expresiva no solo en un canto cálido y emanado de una voz de hermosura infrecuente y musicalidad inagotable, sino también en su capacidad de comunicar cada frase, de pronunciar cada palabra con dicción natural y fluida.

Luciano Pavarotti, como cantante, puede asumirse como una gran suma, una multiplicación, una potencia, cuyo resultado es igual a un personaje de la cultura de su tiempo, una marca registrada reconocible en todo el mundo, pero al mismo tiempo destinado a trascender su época.

El inmenso Pavarotti

Emblemático
Luciano, al igual que su hermana Gabriella, fue hijo de Adele Venturi y Fernando Pavarotti. Ella fue empleada de una cigarrera y él, un panadero y tenor aficionado que influyó —junto con una discografía particular que incluía a las grandes voces de la época como la de Beniamino Gigli, Giovanni Martinelli, Tito Schipa o Enrico Caruso— para que su hijo estuviera cerca del canto y de su pasión, arte que practicaría desde los nueve años, en un coro de iglesia local.

Como tantos muchachos admiradores de la forza azzuri en los años 40 del siglo pasado, el jovencito Luciano estaba entusiasmado también con el fútbol y soñaba con ser portero profesional. Su madre, sin embargo, lo convenció para que optara por la docencia, así que después de cursar algunos estudios, Pavarotti ejerció como maestro elemental durante un par de años, tiempo en el que su inquietud por la música se incrementó.

En especial se sentía fascinado por el canto, que desde entonces entendía como una herramienta expresiva natural y cotidiana del ser humano, más que como un acto de virtuosismo estético. Así fue como se animó a probar suerte en el arte lírico. 

Arrigo Pola y Ettore Campogalliani fueron sus mentores. “Cuando su padre lo trajo para que cantara frente a mí en 1955 —diría Pola en la biografía Pavarotti: My World de William Wright—, supe inmediatamente que Luciano poseía una voz excepcional y lo tomé como alumno. Durante dos años y medio vino diariamente a mi departamento de Módena y trabajamos juntos, incluso los domingos”.

Sus primeras presentaciones ya como cantante formal serían con el Coro del Teatro de la Comuna, en Módena, y con La Coral de Gioachino Rossini, para finalmente debutar como solista operístico el 29 de abril de 1961, en el Teatro Reggio Emilia, como Rodolfo de La bohème de Giacomo Puccini, un papel que habría de ser emblemático, favorito y bienhadado para el tenor.

Poco más de un año después, por ejemplo, habría de sustituir en este rol al siciliano Giuseppe di Stefano, en la Royal Opera House Covent Garden de Londres; y en 1968 interpretaría también al poeta en su debut en la Metropolitan Opera House de Nueva York. Los elogios de la crítica fueron unánimes, si bien una gripa le hizo cancelar las últimas funciones. A lo largo de 36 años de presentarse en aquel recinto neoyorkino, Pavarotti cantó más de 370 funciones.

En 1969 tuvo lugar la primera de diversas presentaciones de Luciano Pavarotti en México. En ese primer año cantó óperas completas: una infaltable Bohème y Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti.

En sus siguientes visitas a nuestro país, ya convertido en una auténtica celebridad, el tenor ofreció conciertos, algunos de ellos masivos; otros más, los últimos por ejemplo, como parte de su —larga, accidentada y llena de cancelaciones— gira del adiós. “La gente paga por oírme cantar. Solo cuando dejen de venir pondré punto final”, llegaría a decir el artista en numerosas entrevistas alrededor del mundo.

El sobrenombre y prestigio del «Rey del Do sobreagudo» llegó en 1972 cuando interpretó en el Metropolitan de Nueva York el papel de Tonio de La fille du régiment de Donizetti. Desde entonces, Pavarotti, que ya había debutado en 1965 como el Duque de Mantua en la Scala de Milán, se convirtió en habitual estrella invitada en todos los recintos líricos más importantes en la escena internacional.

Y, por añadidura, además de aparecer con frecuencia en los medios de comunicación, se volvió visitante frecuente de los estudios discográficos, en ocasiones compartiendo créditos con figuras cercanas y bien compenetradas al tenor como Joan Sutherland, Richard Bonynge, Sherrill Milnes, Marilyn Horne o Mirella Freni, con quienes logró versiones que resultan referenciales de no pocas obras de su repertorio.

Su catálogo dentro de la ópera no fue muy amplio —cerca de una veintena de roles—, pero por fortuna una extensa disco y videografía, integrada también por otros géneros musicales en los que incursionó, sobrevive como legado.

Masivo
A partir de 1990, en el contexto de la Copa del Mundo de Fútbol celebrada en Italia, Luciano Pavarotti apareció al lado de sus colegas de tesitura José Carreras y Plácido Domingo en Los 3 Tenores, espectáculos musicales masivos que contenían fragmentos operísticos igual que piezas populares.

Las críticas puristas que se rasgaron las vestiduras por semejante masificación musical no escasearon. Sin embargo, el éxito del formato fue irrebatible: más de 10 millones de discos de ese concierto se vendieron por todo el orbe, convirtiéndose así en una de las grabaciones clásicas de mayor venta en la historia.

En el siguiente Mundial de la FIFA, el de Estados Unidos en 1994, el concierto ofrecido por Los 3 Tenores fue seguido en directo por más de 2,000 millones de espectadores; un récord, sin duda, para hablar de cantantes, en esencia, clásicos.

Pavarotti jamás se inmutó por las críticas y una vez sentenció con desenfado en la prensa: “La ópera es como el fútbol; al fin y al cabo, todos pueden mirar los partidos aunque no entiendan nada del juego”.

Un espectáculo cross-over que desde 1991 se repetiría año con año en Módena, con finalidad absolutamente filantrópica, en que Luciano fue duramente criticado por los fundamentalistas, se llamó Pavarotti & Friends. Y es que algunos sectores clásicos, conservadores, no toleraban que el «Rey del Do sobreagudo» cantara diversos géneros populares al lado de figuras como las Spice Girls, Michael Jackson, Bono, Anastacia, Sting, Aqua, Elton John, Celia Cruz, Michael Bolton, Enrique Iglesias, Bryan Adams, Laura Pausini, Zucchero, Gloria Stefan, Ricky Martin, Mariah Carey y muchas más.

Los cuestionamientos, en todo caso, no superaron ese espíritu benéfico de los conciertos. Pavarotti, de adolescente, miró de cerca los estragos de la guerra, la pobreza, múltiples carencias. Cuando se consagró y se convirtió en un cantante muy cotizado, sintió la necesidad de regresar algo de lo que la vida, la suerte, el destino, le habían otorgado.

De igual manera, el tenor demostró mayor entendimiento de su época, de los medios masivos de comunicación y su permeabilidad social, del espectáculo que se mezcla con la tradición más artística, y asumió sus riesgos y posibilidades.

Con una típica barba negra que le cubría la mitad del rostro, su humanidad voluminosa, un infaltable pañuelo blanco en la mano y una sonrisa fotográfica, la imagen de Luciano Pavarotti fue la de un artista contemporáneo, lejos de poses anacrónicas o rancias de las que nunca faltan ejemplos en el mundo clásico. 

Pavarotti casual

Justo
Más allá de las discusiones sobre si leía o no partituras, si descifraba las de canto y piano pero no las orquestales, Luciano Pavarotti era un cantante muy consciente de sus cualidades vocales, de su gramaje, brillo y volumen, y del repertorio más conveniente para abordar equilibradamente.

La edad y la enfermedad, sin duda, afectarían su voz, pero no la elección de roles de su repertorio. En una conversación sostenida en 2002, en Guadalajara, Jalisco, con Luciano Pavarotti, el cantante expresó: “Yo debuté a los 26 años de edad. Canté siempre lírico, hasta que llegué a los 35. Después he cantado un lírico más demandante como Un ballo in maschera. No creo que haya afectado nunca mi voz. Turandot, que es una ópera que podría haberme sido dañina vocalmente, la he hecho pocas veces. Otello lo abordé solo una vez en concierto. Creo que siempre he cantado en el repertorio justo”.

Serio y profesional
El avanzado cáncer de páncreas, problemas en la cadera que dificultaban su movilidad, antecedentes de neumonía y complicaciones renales, hacían previsible la muerte de Luciano Pavarotti iniciado ya el siglo XXI. Y, sin embargo, cuando finalmente llegó, el 6 de septiembre de 2007, su pérdida fue grande y dolorosa para el ámbito musical.

No solo la comunidad operística lloró el deceso de Pavarotti. Muchos otros sectores también. Su voz e imagen inundaron las pantallas de televisión, los diarios, las emisiones radiofónicas, lo que dimensionó la altura y relevancia de este titán del canto.

Por lo que respecta a su vida personal, Luciano Pavarotti estuvo casado durante 34 años con Adua Verona, con quien tuvo tres hijas: Lorenza, Cristina y Giuliana. En diciembre de 2003 contrajo segundas nupcias con su otrora asistente, 34 años más joven, Nicoletta Mantovani, con quien tuvo a su cuarta hija, Alice.

La voz de Pavarotti siempre fue particular, inigualable, decisiva, heredera de toda una tradición lírica inconfundible, de raza. 

A la pregunta sobre cómo le gustaría ser recordado, en aquella oportunidad en Guadalajara, en 2002, Luciano Pavarotti respondió: “Creo que me gustaría ser recordado como un cantante muy serio y profesional. Con una voz muy propia; muy personal. Como ser humano, simplemente quisiera que se me recuerde como un hombre muy honesto”.

Muy serio y profesional. Con voz propia. Honesto. 

Así es justo como se le recuerda.

[/cmsmasters_text][cmsmasters_text shortcode_id=»r5soeppqqe» animation_delay=»0″]
[/cmsmasters_text][cmsmasters_text shortcode_id=»k43ue9oi7b» animation_delay=»0″]
[/cmsmasters_text][/cmsmasters_column][cmsmasters_column data_width=»1/1″ data_shortcode_id=»h8jpjb62j8″][cmsmasters_gallery shortcode_id=»ec6k1brcq2″ layout=»hover» animation_delay=»0″][/cmsmasters_gallery][/cmsmasters_column][/cmsmasters_row]

Compartir: