Enero 23, 2026. Esta nueva coproducción dirigida por Laurent Pelly ha demostrado ser un éxito total, tanto de público como de crítica. La “receta” ha sido una producción minimalista, pero con un juego de luces brillante, buen vestuario (de época anterior a la revolución, lo que por una vez nos ha salvado del feísmo), una plataforma móvil —que hasta se ha abierto como un libro para la gran escena de Tatiana, y se ha cerrado en forma de escalinata negra para el tercer acto en sus dos partes—, y un trabajo notable sobre artistas y coro que ha llenado de sentido —y dolor— estas magníficas escenas líricas de Piotr Ilich Chaikovski.
El otro componente, la parte musical, fue notable, casi sobresaliente. El “casi” se debe a que Timur Zangiev concertó bien, pero mostró reticencia a la hora de la expresividad, en particular en el primer acto. Tuvo una gran orquesta a sus órdenes y un excelente coro (el de la Generalitat Valenciana, preparado por Jordi Blanch Tordera), que cantó y actuó de modo estupendo. Pero, como en toda ópera rusa que se precie sin grandes protagonistas (e incluso secundarios), no hay gran función. Y aquí tuvimos suerte.
En el papel epónimo debutó Mattia Olivieri, y la prueba ha sido mayúscula. Tanto por el aparentemente buen dominio del ruso, como por un canto y una interpretación (con bailes incluidos en el segundo acto) notabilísimos: un antihéroe hastiado, frívolo y finalmente desesperado y vencido, con una voz bellísima y extensa y una presencia ideal.
La Tatiana de Corinne Winters brilló siempre pero su actuación fue in crescendo hasta un tercer acto extraordinario. Quizás el timbre no sea muy personal, pero cantó de manera totalmente convincente por técnica y estilo (excelentes medias voces y agudos; los graves algo menos, pero aquí importan relativamente).
Dmitry Korchak tampoco destaca por el color de su voz, ligeramente nasal, pero su forma de cantar sin abusar de notas altas y con profusión de matices hicieron que su Lenski tuviera el mayor aplauso de la velada a telón abierto.
Giorgi Manoshvili fue todo un señor cantante. Ciertamente es bajo-barítono y por tanto algunos graves de su gran aria no tuvieron gran presencia, pero es la única reserva que se le puede hacer a su príncipe Gremin. Ksenia Dudnikova es tal vez demasiada voz para Olga, o se empeña en hacerla brillar. Pero es legítimo (salvo cuando exagera el grave) y su interpretación del personaje fue más que convincente.
Difícil que haya comprimarios en una ópera rusa que no importen. Las dos señoras mayores son dos papeles extraordinarios. Margarita Nekrasova compuso una Filipievna magnífica. Alison Kettlewell, Larina, fue buena actriz y discreta cantante. En los papeles de veras secundarios actuaron alumnos del Centro de Perfeccionamiento del Teatro y un miembro del coro. Todos muy bien, con mención especial para el Capataz de Filipp Modestov, y el Zaretski de Agshin Khudaverdiyev. Muy correcto el Capitán de Xavier Galán.
El “cameo” de Monsieur Triquet en la fiesta es crucial. Presentarlo como en extremo grotesco no me parece muy buena idea, pero lo cierto es que era la única forma de hacer creíble el canto poco satisfactorio de Mark Milhofer. Teatro muy concurrido y, sobre todo al final, muy entusiasta.



