Septiembre 18 y 28, 2025. La orquesta San Francisco Symphony (SFS) continúa su camino adelante como una de las mejores agrupaciones musicales e inauguró una nueva temporada llena de atractivos programas de concierto con prestigiosos directores musicales y solistas invitados, sin dejar de lado la programación de títulos vocales y operas en concierto, y en versión semi escénica, que tantas satisfacciones le ha dado en el pasado a la orquesta y a su público.
Ello a pesar de la anticipada salida a finales de la temporada pasada del director finlandés Esa-Pekka Salonen, quien ocupaba el puesto de director musical desde el 2020, y sin la clara elección o mención de su posible remplazante.
De hecho, la producción discográfica de la ópera Adriana Mater, de la compositora finlandesa Karija Saariaho, grabada en vivo de las representaciones hechas en la Davies Symphony Hall de San Francisco en junio de 2023, y que salió al mercado en diversas plataformas bajo el sello Deutsche Grammophon en agosto de 2024, obtuvo un premio Grammy como la mejor grabación operística de 2025.
Además, el montaje escénico de la SFS, ideado por el director de escena Peter Sellars, con el mismo elenco de cuatro solistas escuchado en vivo en San Francisco y en la grabación, a pesar de la ausencia de Salonen en el podio, pero con la presencia del director español Ernest Martínez Izquierdo, fue exportada a la Ópera de Roma, para el debut italiano de la ópera.
De igual manera, la orquesta sacó al mercado en mayo de este año la grabación de Finlandia de Jean Sibelius, seguido del Concierto para Chelo de Salonen, en octubre, ambos con el sello Apple Music Classical, y finalmente en noviembre, la grabación de Igor Stravinsky, sinfonía en tres movimientos, que está nominada para el Grammy de 2026 como la Mejor Ejecución Orquestal.
A pesar de lo anterior, y de su compromiso hacia los músicos de la orquesta, Salonen se alejó sin cumplir su contrato, argumentando su desacuerdo con la dirección por temas relativos al repertorio, planes a largo plazo y, sobre todo, temas financieros que, según él, limitaban sus proyectos.
Dejando atrás esta secuencia de eventos —que demuestra que hay directores con intereses distintos a los musicales, al que aseguran estar enfocados—, la orquesta ofreció dos contrastantes, pero igual de emocionantes conciertos. Primero el que dirigió el joven director estadounidense James Gaffigan, titulado “Gaffigan conducts Gershwin & Ellington”.Es sabido que, aunque el músico ha pasado gran parte de su carrera en Europa, sus apariciones al frente de orquestas sinfónicas de su país han mostrado su interés y devoción por la llamada “American Music”. En esta ocasión, centró el programa en dos piezas que rinden homenaje a la multiétnica capital cultural de Harlem en Nueva York. Cabe recordar que en los años 20 y 30 del siglo pasado se dio un significante movimiento cultural e intelectual, donde surgieron figuras como el musico y jazzista Duke Ellington, entre tantos otros, que contribuyó a resaltar la vibrante escena cultural que celebraba la identidad y creatividad de los afroamericanos.
Las obras escuchadas empezaron por The Block, del joven compositor Carlos Simón (1986-), quien se inspiró para su composición en las pinturas de Romane Bearden (1911-1988), artista en cuyo trabajo muestra escenas de la cultura negra de Harlem. La obra dura escasos seis minutos con profusas percusiones al inicio, una tenue mezcla de metales y cuerdas, además de un piccolo que despierta a las brillantes cuerdas y una suave batería de jazz.
Posteriormente se escuchó Harlem, compuesta en 1950 por Duke Ellington (1898-1974), que evoca un paseo desde la calle 110 hasta la calle 125, que es un homenaje a los sonidos de ese barrio neoyorquino, y aunque fue comisionada por Arturo Toscani para ser interpretada por al NBC Symphony, Ellington decidió estrenarla en el antiguo Metropolitan Opera House de la calle 39. La obra fue descrita por el compositor como un “Concerto grosso para banda de jazz y orquesta sinfónica”. En ella nos adentramos en el sonido big band: una trompeta intenta recrear las sílabas Har-lem; luego entran los saxofones con ciertos ritmos latinos, un guiño del compositor a la zona del barrio también conocida como Spanish Harlem. Se escucharon también brillantes ritmos de swing y jazz, en una intensa orquestación que requiere virtuosismo del clarinete soprano, el clarinete bajo y los trombones, lo que ocasionó el entusiasmo desmedido del público que no paraba de gritar, silbar, aplaudir, incluso algunos de bailar.
Se pudo apreciar también una brillante ejecución del Concerto in F (Concierto en Fa) para piano y orquesta de George Gershwin (1898-1937), que posee un estilo más cercano al concierto tradicional, y que es una continuación de su conocida Rhapsody in Blue, que intercala el jazz en una pieza más extendida de tres movimientos compuesta en el estilo clásico. Esta obra, por cierto, la estrenó Gershwin como pianista en 1937 con la SFS, poco antes de su muerte ese mismo año. En la ejecución de esta obra estuvo como solista invitada la notable pianista francesa Hélène Grimaud, quien interpretó con aumentada intensidad el arduo primer movimiento, con un lento blues sentimental, definiendo los movimientos con un interludio juguetón, y en el último con un tierno interludio con el que concluye la obra.
El programa lo redondeó An American In Paris, también de Gershwin, que transporta al espectador a la capital francesa donde, a pesar de la nostalgia, se termina por disfrutar la vida nocturna de esa ciudad con un espíritu renovado. Es una pieza cuya energía del inicio disminuye, para después crecer, destacando la amplia gama del potencial tímbrico a disposición del gran ensamble de músicos. Gaffigan concertó con maestría, intensidad, conocimiento y gusto por esta música, y extraoficialmente se dice que esta música es la que lo podría hacer volver a dirigir de tiempo completo en su país.
El segundo concierto reseñado ocurrió solo dos semanas después (el 28 de septiembre) y fue titulado, en cambio, “Runnicles conducts Mahler 1”, en el que los asistentes se encontraron con dos viejos conocidos e invitados permanentes del War Memorial Opera House, cruzando la calle, sede de la Ópera de San Francisco: el director escocés Sir Donald Runnicles, quien ocupó el cargo de director musical y director principal de la compañía de 1990 a 2008, y cuya última aparición local fue dirigiendo la ópera Die Frau ohne Schatten de Richard Strauss en junio de 2023; así como la mezzosoprano estadounidense Irene Roberts, oriunda de la cercana ciudad de Sacramento, y a quien recuerdo haber visto debutar en 2013 en Les contes d’Hoffmann (en las que fueron las últimas apariciones de Natalie Dessay en un escenario estadounidense), y como Offred en The Handmaid’s Tale de Poul Ruders en septiembre del 2024.
La voz de Roberts se ha ensanchado y ha adquirido mayor cuerpo, lo que explica su incursión en el repertorio wagneriano. Aquí cantó las Sieben frühe Lieder (Siete canciones tempranas) de Alban Berg, una serie conmovedora, penetrante, y muy recurrida actualmente en las salas de concierto, al que se dedicó el compositor durante el periodo en que trabajó con Arnold Schoenberg. La orquestación que acompañó el sentido, pero rico y sutil despliegue de la voz de Roberts, contó con un acompañamiento orquestal con ligeros tintes de la música de Mahler. En los pocos minutos que duran las canciones, Roberts expresó los tenues ánimos que irradia “Schilflied” (Canción del carrizo) o el estado de felicidad escuchado en “Im zimmer” (En la habitación) o en “Liebesode” (Oda al amor), que culmina con un extático final con el golpe de platillos. Runnicles dirigió a la orquesta de manera pausada, cuidadosa, en un estilo casi operístico, colocando la voz de la intérprete en el lugar donde podía resonar.
El concierto incluyó también una lectura emocionante, que fue creciendo en intensidad, de la Sinfonía No. 1 de Gustav Mahler, su largo poema sinfónico en cinco movimientos que expresa el romanticismo sin filtros del compositor, con el que creó su distintivo estilo orquestal y lo convirtió en uno de los últimos sinfonistas románticos. Runnicles aquí también mostró su apego a la obra y al estilo mahleriano, y supo extraer lo mejor de los músicos de la orquesta.



