Luisa Miller en Valencia

Diciembre 20, 1995. La tercera de cuatro operas de Giuseppe Verdi basadas en los dramas de Friedrich Schiller (Giovanna d’ArcoI masnadieri y Don Carlos) y composición transicional, entre los denominados “años de penuria” y su famosa “trilogía popular”, Luisa Miller, no obstante sus muchos méritos, no ha logrado colocarse en un lugar destacado del repertorio lírico mundial, por lo que la inclusión de este título en la cartelera del Palau de Les Arts fue un hecho de gran relevancia artística y uno de los platos fuertes de esta temporada de la casa de ópera valenciana. 

La propuesta no puedo ser mejor servida. En lo estrictamente vocal, la gran revelación de la noche fue la soprano italiana Mariangela Sicilia quien, con voz lírica, luminosa, homogénea y de cuidada línea, ofreció un excepcional retrato de la Luisa, luciéndose del mismo modo tanto en los pasajes de agilidad como en aquellos en los cuales su parte requirió un canto más dramático. Su entrega en la composición de su personaje fue otro de los puntos a resaltar de la magnífica labor de esta talentosa y sensible intérprete, cuyo nombre debe seguirse de cerca. Su despedida, ‘Padre, ricevi l’extremo addio’, cantada con un profunda y tocante emoción, fue uno de momentos más conmovedores y celebrados de la representación. 

Con una seductora voz de tenor spinto dispensada con elegancia, naturalidad y cuidado estilo verdiano, el tenor ítalo-británico Freddie De Tommasso dejó una muy grata impresión en su debut como el joven noble Rodolfo. Brilló a más no poder en el aria ‘Quando le sere al placido’, dispensada con un canto generoso en medias voces, de agudos brillantes y exquisito fraseo; así como en la cabaletta ‘L’ara o l’avello apprestami’, donde hizo gala de squillo verdiano y un canto cargado de heroísmo y bravura. 

Por su parte, el barítono argentino German Enrique Alcántara ofreció una caracterización muy lograda de Miller, antiguo soldado y padre de la protagonista, a cuyo servicio puso una voz sonora, extensa, bien coloreada y óptimamente pertrechada en lo técnico. Con un eficaz registro central, una emisión redonda y una depurada línea, la mezzosoprano rusa Maria Barakova cumplió con las exigencias del limitado personaje de la altiva y vengativa duquesa Federica, rival de la protagonista. 

A pesar de su poco inspirada escritura, las partes de los dos malvados de la ópera tuvieron un relieve por encima de lo habitual gracias a las acertadas interpretaciones de los bajos italianos Alex Esposito y Gianluca Buratto. El primero, como un excelente Conde de Walter de voz de poderosa, cavernosa y perfectamente conducida, que encarnó a la perfección la ambigua personalidad de un padre debatiéndose entre sus ambiciones políticas y su amor filial. El segundo, perfilando un malísimo Wurm, el intrigante secretario del Conde, con una voz oscura, bien educada y gran autoridad en la escena. 

En los personajes comprimarios, tanto Lora Grigorieva como Antonio Lozano resultaron adecuados intérpretes de las partes de Laura, la amiga de Luisa, y del Campesino. En cada una de sus intervenciones, el coro de la Generalitat Valenciana, dirigido por Jordi Blanch Tordera, mostró buen empaste, afinación y una sólida preparación. Estrenando puesto de director musical de la casa y con alardes de conocer a la perfección el paño verdiano, el director británico Sir Mark Elder fue uno de los puntales del éxito de esta representación, pues extrajo de sus músicos una lectura precisa, cargada de tensión dramática y abundantes detalles. 

La metafórica producción que firmó la directora de escena argentina Valentina Carrasco trasladó la acción de un pequeño pueblo tirolés del siglo XVIII a una fábrica de muñecas de principios del siglo XX, sin por ello corromper las conflictivas relaciones sociales y políticas planteadas en la trama de Schiller sobre la que trabajó Salvatore Cammarano. Sin embargo, su visión renovadora se centró en la cosificación de la mujer, convirtiendo a la protagonista en una muñeca manejada a su antojo por su entorno. Como aquí no bebe el veneno, Luisa no muere. En su lugar, un agonizante Rodolfo y un afligido Miller despidieron a una muñeca mientras Luisa huyó buscando la luz —y, suponemos, la libertad— en el fondo del escenario, lo que sembró confusión y terminó tirando por la borda todo el dramático final de la ópera. 

La atractiva escenografía en dos espacios creada por Carles Berga, compuesta de una fábrica de muñecas debajo y una suntuosa oficina movible encima, tuvo el mérito de permitir una transición rápida de escenas. Aportaron calidad visual al espectáculo el esmerado vestuario diseñado por Luciana Gutman y el cuidadoso tratamiento lumínico de Antonio Castro. Una vez caído el telón, el público premió de pie a los artistas con una interminable y sonora ovación. Fue un espectáculo que dejó el listón muy alto para el resto de los títulos de la temporada. 

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