Giulio Cesare en Valencia

Febrero 28, 2026. Pocas óperas condensan con tanta elocuencia el genio teatral y musical de Georg Friedrich Händel como Giulio Cesare in Egitto. En el Palau de Les Arts, la partitura —casi cuatro horas de arias memorables y arquitectura dramática implacable— encontró una conjura de talentos difícil de igualar: la dirección incandescente de Marc Minkowski, una orquesta dúctil y un reparto vocal sin fisuras, todo ello enmarcado en la estilizada propuesta escénica de Vincent Boussard.

Boussard aborda la obra desde una lectura que juega con los clichés orientales para desmontarlos desde dentro. Tolomeo, convertido aquí en un déspota casi grotesco, encarna la imagen europea del tirano oriental: excesivo, imprevisible, brutal. Frente a él, Cleopatra oscila entre la sensualidad felina y la astucia política. La producción subraya esa dualidad con imágenes de gran potencia plástica, en ocasiones rozando la provocación, pero sin perder nunca el pulso dramático. Más que una historia de amor romántico, lo que emerge es la alianza estratégica entre dos inteligencias carismáticas que se reconocen y se necesitan.

La escenografía de Frank Philipp Schlößmann, minimalista y versátil, articula el espacio mediante paneles móviles y juegos de luces que alternan abstracción y leves sugerencias egipcias. Sobre ese fondo sobrio, el vestuario de Christian Lacroix irrumpe con una opulencia deliberadamente anacrónica. El manto de general de César —de drapeados barrocos y hechura contemporánea— se perfila como una de las imágenes icónicas de la temporada. Si en un primer momento el contraste entre minimalismo escénico y exuberancia textil desconcierta, pronto se revela como un diálogo fértil entre abstracción y fasto, entre teatro y artificio.

Pero el corazón de la velada latió en el foso. Minkowski, autoridad indiscutible en este repertorio, insufló a la Orquesta de la Comunitad Valenciana una energía contagiosa. Su dirección, gestual y vibrante, combinó rigor estilístico y teatralidad expansiva. Logró una depuración dinámica y un fraseo de acentos incisivos, con atención al equilibrio entre escena y orquesta en una sala de acústica brillante. La cuerda sonó flexible y luminosa; el bajo continuo, sostenido por especialistas invitados, aportó ese nervio rítmico imprescindible en Händel. El resultado fue un tejido sonoro transparente, brioso en los números de bravura y de exquisita contención en los lamentos.

En el plano vocal, el protagonismo se repartió con admirable equilibrio. El contratenor estadounidense Aryeh Nussbaum Cohen delineó un César de línea noble, virtuosismo sólido y resistencia ejemplar, aunque de caudal sonoro en el mínimo necesario para una sala de las características del Palau de les Arts. Su ‘Va tacito e nascosto’ fue modelo de control y elegancia, mientras que en ‘Se in fiorito ameno prato’ dialogó con el violín solista en un momento de electrizante complicidad. Frente a él, la Cleopatra de Marina Monzó —en su debut en el personaje— se reveló como una intérprete ideal: técnica depurada, coloratura apropiada y una musicalidad que supo transitar del hechizo sensual de ‘V’adoro, pupille’ a la introspección doliente de ‘Piangerò la sorte mia’. Su presencia escénica, potenciada por el vestuario de Lacroix, conjugó carisma y sofisticación. Parecía que en cualquier momento se convertiría en Marie Seznec, la maniquí fetiche del reverenciado modisto francés.

La Cornelia de la veterana contralto Sara Mingardo aportó nobleza y hondura expresiva; el Tolomeo del contratenor canadiense Cameron Shahbazi equilibró sarcasmo y amenaza con notable flexibilidad vocal; la soprano italiana Arianna Vendittelli, como Sesto, creció hasta alcanzar intensidad heroica en el tercer acto. Incluso los tres roles secundarios (el bajo Jean-Philippe McClish como Achilla, el barítono Bryan Sala como Curio y la soprano Lora Grigorieva como Nireno), estuvieron delineados con cuidado, confirmando la solidez global del reparto.

Al término de la función, tras casi cuatro horas de música, el público respondió con una ovación prolongada y fervorosa. No era para menos: esta producción de Giulio Cesare demostró que el barroco, cuando se aborda con inteligencia estética, rigor musical y compromiso interpretativo, no es una reliquia museística, sino teatro vivo en estado puro.

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