Febrero 8, 2026. Con la representación deGötterdämmerungde Richard Wagner (1813-1883), concluyó la representación completa del ciclo Der Ring des Nibelungen en el Teatro alla Scala de Milán, inaugurado en otoño del 2024 con el prólogo, Das Rheingold.
La concertación musical de la tetralogía completa se le había confiado inicialmente a Christian Thielemann, pero a raíz de la renuncia del director alemán, la producción le fue posteriormente asignada a Simone Young y a Alexander Soddy, quienes se alternaron en el podio. El próximo mes de marzo, ambos directores se alternarán también en dos ejecuciones del ciclo completo de El anillo del nibelungo, con motivo del 150 aniversario de su estreno mundial en Bayreuth.
Götterdämmerung (El ocaso de los dioses), la última entrega del Anillo, representada por primera vez en el verano de 1876 en Bayreuth, como parte de la primera ejecución completa de la tetralogía entera, constituye el epílogo trágico de la saga. En este vórtice de engaños, traiciones y destinos inevitables, el mundo de los dioses y de los héroes se precipita hacia la destrucción. La catástrofe final se realiza con el incendio del Walhalla, mientras las aguas del Rin se apropian del anillo, purificándolo de la maldición.
Soddy, joven director inglés, dirigió con gran concentración la función de hoy, guiando a una muy preparada Orchestra del Teatro alla Scala en la búsqueda de un sonido pleno y redondo, pero que no sobrepasara a los cantantes. Una tarea nada fácil, sobre todo fuera del foso orquestal de Bayreuth. A pesar del cuidado y la atención a los detalles camerísticos de la partitura, Soddy mantuvo un paso teatral apremiante. Los leitmotiv, elementos fundamentales de la partitura de Wagner (y que en esta obra los entrelaza de manera, por decir lo menos, virtuosa) sonaron indispensables y necesarios, no como simples siglas o eslóganes musicales, sino como verdaderos elementos constitutivos de la trama musical. Sin caer nunca en la exageración o la redundancia, Soddy supo captar los matices más sutiles sin sacrificar intensidad y vigor. Esta interpretación, caracterizada por fuerza y rigor, confirmó las impresiones más que favorables ya suscitadas por sus interpretaciones de las otras jornadas de la Tetralogía milanesa.
El elenco vocal confirmó ser de alto nivel, a partir de Camilla Nylund, quien encarnó una Brünnhilde segura, tenaz, con una voz sobresaliente, pero también capaz de pasar con soltura a los momentos de profunda intimidad, gracias a un control impecable de la respiración y a un fraseo musical ágil y comunicativo. A su lado, Klaus Florian Vogt presentó de nuevo su Siegfried lírico, de timbre brillante y cristalino, y aunque resultó menos heroica, su interpretación se destacó por claridad, nitidez y excelente proyección vocal, además de una presencia escénica impecable.
Günther Groissböck, aunque estuvo escénicamente carismático, ofreció una interpretación de Hagen algo decepcionante, con una actuación vocal un tanto forzada y bastante áspera. Por su parte, Russell Braun encarnó a Gunther con elegancia y nobleza, aunque sin presumir de una voz particularmente impactante. Perfectamente, y a sus anchas en la parte de Gutrune, Olga Bezsmertna mostró facilidad de emisión, extensión vocal y pureza tímbrica.
Las interpretaciones de Nina Stemme y Johannes Martin Kränzle se distinguieron por su indiscutible calidad. Stemme ofreció una Waltraute de gran intensidad emotiva, caracterizada por una refinada musicalidad y una notable variedad de matices interpretativos. Su firme y bien sostenida voz, se impuso también por un legato impecable. Con su canto, Kränzle interpretó un Alberich con una meticulosa atención a la dicción, al acento y al color de cada palabra única, enriqueciendo su desempeño con un timbre franco.
De gran intensidad fue el canto de las tres Nornas (Christa Mayer, Szilvia Vörös y una vez más Olga Bezsmertna), y literalmente desencadenadas las tres doncellas del Rin (Lea-ann Dunbar, Svetlina Stoyanova y Virginie Verrez). En sus fundamentales intervenciones del segundo acto, el Coro del Teatro alla Scala mostró una vez más su propia preparación. Alberto Malazzi lo guió con su habitual atención, precisión y vigor.
En lo que respecta a la producción escénica firmada por David McVicar, quien también se ocupó de la dirección escénica como de las escenografías con Hannah Postlethwaite y con vestuarios creados por Emma Kingsbury, iluminación confiada a David Finn, proyecciones de Katy Tucker y coreografías (en realidad poco convincentes) de Gareth Mole; con David Greeves como maestro de artes marciales/ actuaciones circenses.
Ya hemos escrito al respecto en esta página, y la última jornada del anillo no podía más que confirmar el enfoque fantasioso del director de escena inglés de la obra maestra wagneriano, un enfoque ya evidenciado (y por mí criticado) en las primeras tres entregas de esta tetralogía. La aproximación de McVicar se caracterizó por una fuerte propensión a la ilustración y a la didascalia, careciendo de una fuerte visión conceptual capaz de estimular la imaginación y el pensamiento crítico. En lugar de proponer una lectura original e innovadora del libreto, se limitó a satisfacer las expectativas de aquel público que buscaba una correspondencia directa entre las indicaciones textuales y los efectos escénicos, los cuales, desafortunadamente, resultaron a menudo predecibles y carentes de originalidad. En conclusión, este Anillo scalígero probablemente dejará una huella significativa por su componente musical, pero no tanto por el visual.



