La bohème en Barcelona

Junio 14, 2021. La primera función se saldó con apatía durante la velada, aplausos a los artistas al final y una repulsa fuerte para la nueva producción, que Álex Ollé, artista en residencia, traía desde Turín. Fue sin duda una reacción algo exagerada para una puesta en escena que parece ignorar deliberadamente el libreto (no digamos ya el tiempo en que transcurre la obra porque eso hace mucho que ha dejado de ser novedad). 

No sé si esa es la “audacia” que desde el Teatro mismo se anuncia como gran novedad del espectáculo. Y termina en algunos casos por ignorar también la música, lo que la priva de su función. El problema mayor radica en la parte musical. La dirección de Giampaolo Bisanti optó por el volumen y no tenía voces formidables en el escenario. 

Quienes salieron menos damnificados fueron Anita Hartig (una buena Mimì, no muy inspirada y sin notas filadas que le habíamos oído otras veces), Giorgio Berrugi (Rodolfo, en el segundo reparto) aunque la voz a veces se ensucie o tense en las notas agudas) y las buenas Musetta de Valentina Nafornita y Katerina Tretyakova (muy bien proyectada, la primera; crecida en volumen pero con agudos metálicos, la segunda). 

El Rodolfo de Atalla Ayan, un tenor que parecía prometer, resultó de muy buena presencia pero de voz pequeña y sin squillo. La segunda Mimì, Maria Teresa Leva, parece una voz interesante, pero carente de brillo, y solo destacó en las medias voces. Roberto Accurso estuvo muy bien como Benoît y Alcindoro. Roberto De Candia y Damián del Castillo no estuvieron en su mejor forma como Marcello: el primero decidió atronar y lo hizo con poco gusto; al segundo no logré escucharle los agudos (probablemente por culpa del director). 

Gutural, aunque correcto, el Colline de Goderdzi Janelidze. Toni Marsol y Josep-Ramón Olivé interpretaron a Schaunard: bien el primero, con voz más oscura; notable el segundo, con la voz más clara, pero excelente emisión y actuación. El coro, preparado por Conxita García, estuvo bien, al igual que el de niños del Palau de la Música (dirigido por Xavier Puig). 

La orquesta, como queda dicho, hizo lo que se le pedía y sonó muy fuerte (aunque bien). Los llamados grandes teatros no deberían permitirse el lujo (ni por situaciones difíciles como ésta ni por asegurarse presencia de público) de reponer títulos gloriosos en los que han tenido nombres de gran importancia sin cuidar al máximo la atribución de las partes (al menos en un primer reparto; si ya es difícil armar uno, imaginemos dos).

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