Pro Ópera

La bohème en Piacenza

Octubre 4, 2026. Cuando la cartelera de un teatro anuncia una de las óperas de cajón, como La traviata, Le nozze di Figaro o Rigoletto, a los melómanos viene el miedo de saber con qué invento saldrá ahora el regista para innovar y no crear una enésima producción que pase desapercibida, con resultados casi siempre catastróficos.

Cuando el Teatro Municipale di Piacenza anunció que presentaría La bohème de Giacomo Puccini en octubre, llegó esta ansiedad. Tranquilizaba saber que no se trataba de cualquier Bohème, sino de aquella nacida en 2019 y firmada por nada menos que Leo Nucci, quien de ópera y producciones clásicas vaya que entiende. El melómano puede estar tranquilo sabiendo que Puccini será honrado y no ridiculizado ni escenificado a la fuerza. Buena parte del mérito corresponde a este barítono y director escénico, quien, después de décadas de experiencia como cantante, traslada al trabajo escénico un conocimiento particularmente profundo de la relación entre canto, gesto y teatro.

Esta reposición del teatro de Piacenza, en coproducción con el Teatro de Módena, presentó una versión tradicional de muy buen gusto, que hizo una evidente referencia visual a la histórica versión de Franco Zeffirelli; por ende, no puede ser sino de buen gusto. Nucci trabajó histriónicamente con los intérpretes, aunque, para ser plenamente convincentes, faltó un poco más para hacerla sumamente emotiva y referencial. No obstante, su dirección escénica se distingue por la atención a los detalles. El conocimiento profundo de la obra se traduce en movimientos precisos y miradas específicas que dejan entrever las relaciones e intenciones de los personajes.

La súper eficaz escenografía de Carlo Centolavigna remite indiscutiblemente a la capital francesa de hace unos siglos. La buhardilla del primer acto, junto a la cuidada iluminación de Michele Cremona, sitúa la escena en un espacio lúgubre y pobre, pero lleno de entusiasmo juvenil. El segundo acto evidencia regiamente la efervescencia del Quartiere Latin, mientras los elegantes vestuarios de Artemio Cabassi reconstruyen con cuidado el universo parisino de Puccini. El equipo creativo, junto a Nucci, respetaron las indicaciones del libreto sin la necesidad de querer innovar a como dé lugar o de imponer una idea personal, sino de hacerse valer con una propuesta bien hecha, justo como a Puccini le hubiera gustado.

Desde el foso, Vincenzo Milletarì dirigió con atención y rigurosidad académica, manteniendo una eficaz relación entre la orquesta y el escenario y acompañando cuidadosamente a los cantantes, aunque sin efectuar grandes aportaciones o ideas. La batuta del director italiano fue eficaz al frente de la Orchestra Filarmonica Italiana; sin embargo, no siempre encontró la plasticidad necesaria ni la indiscutible melancolía y dramaticidad puccinianas que el título requiere. En determinados momentos, la lectura de Milletarì estuvo más enfocada en la parte técnica que en la expresiva, cuando el verismo exige no solo rigurosidad académica, sino también tensión, impulso y drama. Con todo, Milletarì demostró una buena comprensión de la relación entre orquesta y voces.

El Coro del Teatro Municipale di Piacenza, preparado por Corrado Casati, mostró algunos problemas de cohesión e imprecisiones casi imperceptibles, aunque presentes, mientras que el coro infantil del Conservatorio de Piacenza, dirigido por Marcello Valentini, ofreció una participación mucho más eficaz, aunque con algunos momentos en los que la precisión podía haber sido mayor.

En el elenco vocal, aunque todos solventes, hubo una pronunciada diferencia por parte de las protagonistas femeninas, quienes destacaron sobre el elenco masculino. Claudia Pavone, en el rol de Mimì, fue in crescendo. Inició la función bien, pero sin aportar algo extraordinario; su ‘Sì, mi chiamano Mimì’ fue cumplidor y anticipó un importante registro agudo. Sin embargo, en el tercer acto era ya otra cosa: de gran emoción por sus intenciones fue ‘Donde lieta uscì’, mientras que el cuarto acto fue espectacular tanto vocal como actoralmente. Su voz es luminosa y rica en armónicos, en particular en los agudos; dispone de un instrumento sólido y la soprano de origen siciliano logra transmitir con convicción la fragilidad de la protagonista.

Igualmente encomiable resultó Mariam Battistelli como Musetta, siempre fresca y natural, tanto vocal como escénicamente. Su personaje fue genuino, sensual y emotivo. La voz de la soprano de origen etíope es hermosa, con una ligereza y potencia envidiables, de fiato convincente y una línea de canto correcta. Su ‘Quando m’en vo’ fue uno de los momentos destacados de la función, así como su actuación en el IV acto ante la muerte de Mimì.

Como Rodolfo, Davide Giusti afrontó uno de los roles más exigentes para tenor casi de emergencia, a evidenciarlo fue Milletarì, quien le agradeció al final de la función su disponibilidad, pues “él no tenía que haber estado aquí”. No obstante, Giusti posee un instrumento potente, con facilidad en el registro agudo, aunque con evidentes dificultades técnicas en la gestión del fiato, con agudos eventualmente engolados y una línea vocal discontinua, que produjo como resultado una interpretación algo irregular. Su ‘Che gelida manina’, sin embargo, fue convincente, mientras que en el dueto/cuarteto del tercer acto y en la escena final del IV fueron sumamente emotivos.

Fabrizio Brancaccio, como Marcello, dispone de una voz luminosa y continua, aunque eventualmente resultó quizá demasiado ligero para este rol. No obstante, su participación fue acertada: muy bien en el tercer acto y en el dueto ‘O Mimì, tu più non torni’. Hizo muy buena química escénica con Giusti y Battistelli, que le valió aplausos merecidos. 

El barítono mexicano Fernando Cisneros ofreció un Schaunard sólido, con una voz bien proyectada y una presencia escénica adecuada, probablemente el más solvente del elenco masculino, con una voz potente, siempre entonada y proyectada, así como una pronunciación más que correcta. Sus intervenciones fueron siempre acertadas y la línea de canto demostró un buen dominio del papel.

El bajo Diego Maffezzoni, como Colline, dotado de buena voz, ofreció el máximo regalo de Puccini a los bajos: ‘Vecchia zimarra’, con gran profundidad tanto vocal como histriónica; muy bien su participación. Los demás comprimarios completaron el conjunto con eficacia: Dario Giorgelé interpreta a Benoît y Alcindoro con una voz solvente y muy juvenil, que no reflejó la edad madura de los personajes, pero de cualquier forma bien impostada y lucidora, mientras Carlo Bellingeri asumió Parpignol, contribuyendo, igual que los demás, de manera adecuada al desarrollo de la representación.

Al término de la función, calurosos aplausos para los protagonistas y una efusiva ovación para Leo Nucci, quien, tras recibir el afecto del público piacentino, abrazó y agradeció a cada uno de los protagonistas, demostrando el gran ser humano que es. Después, Milletarì dijo unas palabras para agradecer a Davide Giusti su presencia y dio pie a que la orquesta tocara y los solistas cantaran para él “Tanti auguri a te” (Feliz cumpleaños), pues justo ese día el tenor cumplía 40 años.

Davide Giusti (Rodolfo) y Claudia Pavore (Mimí) en La bohème de Giacomo Puccini en Piacenza © Gianni Cravedi

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