La Gioconda en Barcelona

Febrero 17 y 19, 2026. Una nueva coproducción en colaboración con el San Carlo de Nápoles (donde se estrenó con Anna Netrebko, Jonas Kaufmann, Ludovic Tézier y el mismo bajo del segundo reparto aquí) tuvo dos elencos con altibajos, dirigidos por Daniel Oren, que estuvo bien pero no en su mejor actuación, aunque la orquesta y los coros (también el de niños del Orfeó Catalá, preparados respectivamente por Pablo Assante y Glòria Coma) respondieron muy bien.

Los fastuosos trajes de Christian Lacroix no bastaron para la serie de tonterías de la puesta en escena de Romain Gilbert, que sigue la idea tradicional, pero agregando mimos donde no hacen falta y cambiando a los destinatarios de los diálogos. Tampoco la coreografía de Vincent Chaillet convenció ni en el primer acto ni, sobre todo, en la danza de las horas. El falseamiento de la muerte de la Cieca y su aparición final fueron de carcajada.

La obra es difícil, aunque aquí muy apreciada (pero a juzgar por las dudas en los aplausos ya no tan conocida), y al final muy aplaudida. Saioa Hernández es una buena protagonista a la que le faltan (y ahora más que nunca) las notas filadas y el grave es más fuerte pero menos natural que antes. Mejor estuvo Ekaterina Semenchuk que, aun siendo mezzo, se arriesgó con las medias voces en agudo y las resolvió muy bien sobre todo en el último acto (claro que su timbre fue siempre muy oscuro).

Michael Fabiano fue un Enzo de buen color y poco más porque su limitado agudo no resuelve las cosas con un mayor volumen y un par de veces estuvimos cerca del accidente. En cambio, Martin Muehle fue muy generoso y seguro en toda su caracterización. Ksenia Dudnikova, como Laura, demostró que es una cantante de notables medios, pero cuyo canto es más interesante en el repertorio ruso que en el italiano. Varduhi Abrahamyan, tal vez menos opulenta, cantó mucho mejor. 

Violeta Urmana, un tiempo protagonista, canta ahora la Cieca y lo hace bien, sin impresionar mucho. Anna Kissjudit exhibe su pujante voz de contralto con gran efecto. Gabriele Viviani como Barnaba es un buen exponente de la tradición baritonal italiana aunque sin exhibir ninguna condición sobresaliente en particular. Àngel Òdena no parece encontrarse muy cómodo, exagera en actuación y canto y comete errores frecuentes en el texto. John Relyea es un bajo nasal y su Alvise (por el concepto de la puesta en escena) resulta vulgar. Mucho mejor, aunque sin diferenciarse en la caracterización, el canto musical y de bello timbre de Alexander Köpeczi.

Los pequeños papeles comprimarios fueron bien cubiertos, y mimos, bailarines y acróbatas (parecíamos estar en el circo) se esforzaron en hacer lo mejor posible lo que se les indicó, y que la obra pocas veces pide. 

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