Abril 25, 2026. En el Madrid de finales del siglo XIX, cuando el bullicio de las corralas se imponía a las crónicas de altos vuelos y el “teatro por horas”marcaba el pulso de la vida urbana, nació un tipo de espectáculo tan efímero como revelador: el “género chico”. Concebido para un público ávido de historias breves y reconocibles, este teatro musical condensaba en apenas un acto las pasiones, los anhelos y las miserias de todo un pueblo. En ese caldo de cultivo castizo y vibrante vio la luz, en 1897, La Revoltosa, sainete lírico que no solo retrata con precisión costumbrista la vida vecinal madrileña de la época, sino que eleva lo cotidiano a categoría artística gracias a la inspirada conjunción de música y palabra.
La Revoltosa, con música de Ruperto Chapí y libreto de José López Silva y Carlos Fernández Shaw, se erige como una de las obras paradigmáticas del género. Coetáneo del verismo italiano, comparte con él su anclaje en la realidad cotidiana, aunque rehúye el sesgo trágico para ofrecer, en su lugar, un retrato más luminoso y cercano: una sutil mezcla de humor y emoción que refleja la vida de la gente sencilla. Todo ello se sostiene sobre un tejido musical en el que lo local —en este caso lo castizo— y lo bailable resultan imprescindibles, dotando a la obra de una vitalidad y un color inconfundibles.
Estas funciones en el Palacio de Festivales de Cantabria devolvieron la zarzuela a Santander con el sólido respaldo musical de la Oviedo Filarmonía, formación habitual del Festival de Teatro Lírico de Oviedo, en esta ocasión bajo la dirección de Lara Diloy. La joven pero ya experimentada maestra abordó el preludio como quien alza un telón imaginario, desvelando progresivamente la esencia de la obra. Y es que Chapí condensa en estos primeros compases la ternura, los celos y la pasión amorosa que atraviesan este episodio de la vida capitalina, cuyo pulso dramático viene marcado por el espíritu festivo de la verbena de San Antonio.
La lectura de Diloy destacó por su elegancia, consiguiendo articular un discurso ágil, bien equilibrado entre secciones y de notable transparencia sonora. La batuta madrileña supo, además, mantener el delicado equilibrio entre foso y escena, arropando a los cantantes sin restar protagonismo al tejido orquestal, auténtico motor de la partitura. En este sentido, la Oviedo Filarmonía se erigió como uno de los pilares de la representación, con una sonoridad brillante y cohesionada —especialmente en cuerda, metales y percusión— que propició momentos de gran relieve. El célebre dúo de Felipe y Mari Pepa alcanzó un apreciable vuelo lírico, mientras que tanto el preludio como los números añadidos fueron abordados con detalle y un cuidado sentido estilístico.
La propuesta escénica de Federico Figueroa opta por un enfoque decididamente costumbrista. La corrala, diseñada por Jesús Cordón como espacio único y funcional, articula con eficacia el desarrollo de la acción, aunque su concepción remite a modelos escénicos de otra época. Con todo, la dirección de actores funcionó a la perfección en los números de conjunto y en los pasajes cómicos, bien sostenidos en ritmo y dinámica. El vestuario, colorido y reconocible, vino a subrayar el carácter tradicional de la producción, mientras que la iluminación cumplió su cometido con eficacia. Las coreografías del Ballet de Mary Carmen Sereno —especialmente en las piezas añadidas de La Gran Vía y el número de guajiras— aportaron dinamismo escénico, aunque no lograron escapar a ese casticismo algo añejo que, no obstante, conectó con el gusto del público.
En el plano vocal, la función ofreció un resultado homogéneo y de buen nivel artístico. La soprano Rocío Ignacio compuso una Mari Pepa de buena presencia escénica. Su tendencia a oscurecer el color de la voz, que es bella por naturaleza, afectó no obstante a su dicción, la cual tampoco se veía favorecida por el amplio vibrato. Resolvió con tino la romanza ‘Yo me vi en el mundo desamparada’, tomada prestada de El juramento de Joaquín Gaztambide. Esta contribuyó a perfilar su personaje, al romper con el carácter ligero de la obra mediante la alusión a un pasado difícil. Por su parte, el barítono César San Martín cumplió con creces como Felipe, mostrando una sólida emisión y una voz bien timbrada. Si bien se ajustó al perfil castizo del personaje, supo darle un toque mucho más romántico, escénica y vocalmente.
Entre las voces femeninas destacó especialmente Lucía Beltrán como Soledad, cuya musicalidad y frescura la convirtieron en una de las presencias más luminosas de la velada. Estuvieron bien acompañados por los veteranos zarzueleros Milagros Martín (Gorgonia), Leopoldo Falcón (Cándido) y José Luis Gago (Candelas), quienes aportaron todo su saber hacer. Y no quedaron atrás los demás personajes, defendidos con eficacia interpretativa y musical por Luismel Guerra (Atenedoro), Pilar Tejero (Encarna), Alberto Porcell (Tiberio) y Martina Feito (Chupitos). El Coro Lírico de Cantabria mostró una cierta rigidez escénica si bien su aportación resultó suficiente para sostener los números colectivos. La participación de figurantes de la Escuela de Artes Escénicas del Palacio de Festivales de Cantabria contribuyó a poblar el escenario, reforzando la atmósfera vecinal.
En conclusión, esta producción de La Revoltosa se sigue con agrado. Respetuosa con la tradición y sostenida por un sólido armazón musical, hizo las delicias del público, que celebró con entusiasmo a los intérpretes tras cada número y en los saludos finales. Quedó así en el ánimo ese inconfundible poso de alegría y nostalgia que solo la zarzuela —cuando encuentra su pulso— es capaz de suscitar.


