El amor brujo y La vida breve en Bellas Artes

Abril 23, 2026. La conmemoración del 150 aniversario natal y 80 luctuoso de Manuel de Falla (1876-1946) se presentó como la coyuntura propicia para un suceso que la escena mexicana no atestiguaba desde hace cuatro décadas: el trabajo conjunto de la Compañía Nacional de Danza y la Compañía Nacional de Ópera.

El programa doble, integrado por el ballet El amor brujo (1915-1925) y la ópera La vida breve (1913), con estreno el pasado 23 de abril y que tendrá funciones los días 26, 28 y 30 de abril, así como el 3 y 7 de mayo, prometía una inmersión en la esencia del genio de Cádiz en el Teatro del Palacio de Bellas Artes. 

El resultado, sin embargo, dejó la extraña sensación de una oportunidad diluida en un montaje que, en su afán por una universalidad no del todo georreferenciada, difuminó la identidad misma de las obras. La dirección de escena y coreografía, a cargo de la española Nuria Castejón —a quien el programa de mano erróneamente consigna como directora concertadora—, apostó por una deslocalización temporal y geográfica que resultó arriesgada. 

Falla es un compositor cuya modernidad surge justamente de su arraigo; sus partituras no solo se escuchan, sino que se habitan desde coordenadas específicas. Al desdibujar de los libretos su férreo anclaje andaluz y gitano, la producción navegó en un espacio de alusiones y asepsia tempocultural donde el conflicto dramático menguó su motor primario.

La escenografía de Ricardo Sánchez consistió en estructuras de madera traslúcidas que, lejos de pintar un vecindario cultural o panorámico, evocaron invernaderos genéricos y estorbosos, cuyo alivio escénico solo llegó cuando estas piezas levitaron para limpiar el paisaje. Una pared lateral con retratos se veía solo parcialmente desde el centro de la sala y desde otros ángulos no fue visible.

En ese mismo registro alusivo se mantuvo el vestuario y maquillaje de Gabriela Salaverri, con la estable iluminación de Rafael Mendoza, elementos que funcionaron más como una suma multidisciplinaria de intenciones y referencias que como un impacto escénico real.

En los pasajes dancísticos, fundamentales en este programa, destacó la labor invitada de la española Cristina Arias, quien además de desempeñarse como bailarina solista (Candela), al lado del Carmelo del bailarín Alejandro Hidalgo, fungió como asistente de coreografía y de dirección de escena. 

Si bien la ejecución técnica de la Compañía Nacional de Danza fue correcta, el trazo coreográfico mostró una economía de riesgo al mantenerse en un nivel de dificultad elemental que privilegió la ilustración somera sobre la pasión visceral que el flamenco y las gitanerías de Falla convocan. En lugar de un estallido de fuerzas, se optó por un ritual de contención didáctico.

En el apartado musical, luego de marcar un punto de transición administrativa, debutante al frente de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes y en ballet —asumiendo la batuta tras la accidentada remoción del maestro Abdiel Vázquez, anunciado originalmente—, el concertador Alejandro Miyaki priorizó una estructura y articulación sonora segura, aunque esa lectura prudente resultó más bien laxa y plana en términos de tensión rítmica y dramática, un enfoque que terminó por entibiar el discurso de partituras que demandan sangre y fuego. 

El Coro del Teatro de Bellas Artes, en esta producción, cuenta con la dirección huésped de Rodrigo Elorduy y es en la escena de la boda y la muerte de la protagonista de La vida breve donde alcanza su mayor lucimiento.

Precisamente, la soprano Cecilia Eguiarte (Salud) llevó su instrumento a la frecuencia de color, volumen y voluntad de una soprano dramático, proyectando así la vulnerabilidad migajera, disfrazada de destino, de su personaje. En el ensayo del segundo elenco, Angélica Alejandre ofreció una interpretación que da cuenta del crecimiento vocal y escénico que atraviesa su carrera. 

El tenor César Delgado entregó un Paco creíble, desplegando la mentira pasional y el descaro que el rol exige. Alternará su colega Dante Alcalá, quien regresa al papel luego de dos décadas, con la madurez y los matices que dan a su instrumento la experiencia canora y vital acumulada desde entonces.

El barítono Genaro Sulvarán resolvió su breve intervención como el tío Salvaor con autoridad, mismo caso del también barítono Amed Liévanos en su abordaje de Manuel, mientras que el tenor Marco Tulio Hernández cumplió con solvencia en la emblemática Voz de la fragua (rol que compartirá con Ángel Ruz). Junto a la mezzosoprano Belem Rodríguez (Voz de Candela/Abuela, roles que también abordará la contralto Tatiana Burgos), Hernández se distinguió porque ambos procuraron una caracterización no solo de acento, sino de dolencia trágica.

Que hayan pasado 40 años para que la danza y la ópera nacionales colaboren de nuevo es un dato que puede celebrarse, pero que sin duda invita a la reflexión sobre la desvinculación histórica de sus proyectos institucionales. En cualquier caso, por lo que respecta a este homenaje al autor español de El sombrero de tres picos o El retablo de Maese Pedro, queda como glosa que cuando la tradición no dialoga de forma orgánica con la intemporalidad propuesta, el resultado es un espectáculo cuyas raíces flotan. Manuel de Falla, sin su geolocalización vital, se convierte en una abstracción que, aunque esmerada e ibérica, carece de ese flow que lo hace universal.

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