La Traviata en Berlín

Mayo 17, 2026. Hacía tiempo que deseaba ver esta producción de Nicola Raab y por fin me coincidieron las fechas, siendo esta la última función de esta serie. No hay mucho más que decir de una obra tan conocida, ¿no es cierto? Esa sería una forma de verlo, pero Raab ofrece una visión femenina, más introspectiva, desde adentro hacia afuera, por decir. 

Violeta aparece a un costado durante el preludio orquestal, como si recordara su pasado. La escenografía es oscura, casi claustrofóbica, y esa es quizás una indicación de cómo se ve ella en esta situación de la que no puede escapar porque ya sucedió. Su vestido está a medio poner, como reforzando la idea de que es una cortesana, de buen precio, pero prostituta al fin. Violeta mira al público como diciendo “ustedes son también cómplices”, pero no con violencia sino con tristeza y también con dignidad.

La fiesta inicial es menos convencional que de costumbre, pero los personajes son acartonados, no hay el bullicio elegante al que estamos acostumbrados a ver y sentir. Viendo la obra al revés (por así decirlo) da un aspecto de Théâtre de complicité porque hace que el público sepa de antemano algo que no debería saber (siempre debe haber sorpresas, incluso en la ópera). Claro que la mayoría del público ya lo sabe de antemano, es el arreglo cultural de la ópera; pero verlo reforzado da más impacto dramático, uno siente algo más personal, no la emoción generalizada y convencional de siempre ver una repetición. Al verlo así, el segundo acto nos deja sentir el drama en forma más directa, uno hace preguntas a los personajes, pero: señor Germont, ¿usted no se da cuenta? ¿Cómo puede ser tan ciego? 

La obra no se puede cambiar, pero se puede enfocar de otra manera y así se puede decir que triunfa la premisa de Raab: Violeta es una víctima, pero sin ser una producción woke. En cierta forma, Raab mezcla las épocas en forma sutil, los personajes están vestidos al estilo del siglo XIX, pero hay elementos modernos, como equipos de proyección, que no chocan, sino que ayudan a coalescer esta visión de antes y ahora. Mientras Violeta está por morir, ver a Germont —con sombrero— sentado sobre un sillón con su hijo a su lado —también con sombrero—, peleándose, no es una escena para estómagos débiles. Pero aun así nos hace sentir cómo la intransigencia puede llegar a ser criminal. 

Como es de costumbre en esta excelente compañía, la Komische Oper, todo tuvo un muy buen nivel musical, encabezado por la carismática Violeta de la bella soprano rusa Kseniia Proshina. Su caracterización es fuerte, actúa con intención y posee todas las notas para un rol que se las trae. Los agudos fueron nítidos en ‘Sempre libera’y en el segundo acto supo extraer real drama de su registro medio. Al lado de tal Violeta estuvo el tenor argentino José Simerilla Romero, cortando una elegante figura, tímido y enamorado, siempre en rol, la voz atractiva, lírica y de buen fraseo. 

El barítono ucraniano Andrei Bondarenko dio relieve a Gergio Germont, creando un personaje lúgubre, de mente estrecha, y con voz maleable y expresiva. Gustó mucho en su gran escena del segundo acto, ‘Di provenza’ y dio rabia verlo tan tonto en la escena final junto a un hijo débil y vaciado. Ulrike Helzel destacó una Annina decidida y fiel; Grace Heldridge dio relieve a una Flora que sabe lo que está haciendo; Ivan Turšič fue un convincente Gastone y Philipp Meierhöfer un Dottore que lo ha visto todo, pero también sabe conmoverse. 

Excelente, como siempre, el gran coro de este ilustre teatro. El director italiano Andrea Sanguineti dirigió una versión pulcra y por momentos emocionante extrayendo el drama de a poco sin cargar las tintas.

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