Il barbiere di Siviglia en Hamburgo

Junio 15, 2026. Cuando se visita la ciudad hanseática de Hamburgo hay que visitar la ElbPhilarmonie (no fue posible) y la Ópera, donde pude ver el título más popular y obra maestra incuestionable de Gioachino Rossini. El público (muy numeroso) se lo pasó en grande, yo mucho menos. Alguien estará equivocado o a lo mejor se valoran cosas muy distintas. 

La nueva producción era de la temible Tatjana Gürbaca, pero lo más que se le puede reprochar a una escenografía minimalista pero bien usada y con ritmo es que casi todo el mundo está presente casi todo el tiempo, y si eso es chocante durante las arias u otros momentos en que la atención debe concentrarse, se podría aceptar si tuviera o añadiera algún sentido. No es así. Espero que a Fiorello, Berta, y hasta un guitarrista y el oficial les hayan pagado por el tiempo de presencia y de actuación que supera de lejos aquél en que cantan y son en realidad necesarios.

En otros tiempos, el director (y más si se trataba del director musical de la casa, como ahora) intervenía. Claro que no debía dirigir Omer Meir Wellber, pero al final fue él en casi todas las funciones. La orquesta le respondió muy bien, pero además de sus improvisaciones al clavecín (que poco tenían que ver con el mundo de Rossini), alternó tiempos vertiginosos con otros en que predominó el forte y no todos los cantantes tenían las posibilidades de superar eso. Claro que aquí parece que, más que al cantante, se valora al artista, y en esto eran todos muy buenos, flexibles, dinámicos, rápidos. Pero me parece que hasta en Alemania hay que prestar atención al canto, y si estamos en una obra de los padres del bel canto, más. 

Que se haya aplaudido el aria de Berta, una Hellen Kwon que sin duda es de la casa y en sus principios cantaba bien, con unas variaciones inauditas y gritadas, escapa a mi voluntad de comprensión. El canto de coloratura, como debe ser y sin deslizarse sobre las agilidades, no estuvo muy presente en el simpático Lindoro/Almaviva de Jonah Hoskins, que tendría material para hacerlo, y sí más, pero no del todo, ni en la dipsómana y ninfómana Rosina (no parece exactamente el personaje de la obra) de Lilly Joerstad. 

Mattia Olivieri sí cumplió con todos los requisitos (voz bella, sin límites, estilo perfecto, técnica límpida), pero Figaro solo no puede salvar la ópera, y mucho menos si se le suprimen recitativos a mansalva (como a los otros: la escena de la lección de música, convertida en clase de yoga para Don Basilio, corta por supuesto la intervención de este sobre la música de otros tiempos, esencial para el personaje). Todavía me estoy preguntando por qué la primera escena (con el coro en calzoncillos y Fiorello y Lindoro con algo así como pijamas) precede a la obertura que luego sigue, sin interrupción, con ‘Ecco ridente in cielo’.

Muy correctos, o si se quiere buenos, el Bartolo de Johannes Martin Kränzle (un personaje muy alto y muy baritonal para lo que tiene que cantar, pero que no llegó nunca a recordar a sus papeles alemanes, en particular algún Wagner), y el mucho menos exigido bajo-barítono Ilia Kazakov, de buenos graves en Don Basilio (lástima que su descripción de ‘La calunnia’ fue arruinada porque todos estuvieron presentes y el afectado es Bartolo, o sea exactamente al revés de lo que pretende el maestro de música). 

William Desbiens fue un Fiorello hiperactivo y dispuesto a hacerse oír cada vez que podía. Correctos los demás y el coro. Una última cosa: si destrozar los recitativos era para agilizar y terminar antes, no sé a qué venían ciertas repeticiones de gestos o exclamaciones que volvían a alargar lo que supuestamente “se ganaba” con dichos cortes.

Scroll al inicio